El Pata Zoo de Bangkok es en 2024 un esperpento de hormigón y humo con animales encerrados en jaulas dentro. El Zoo de Maputo era un cementerio de lujo para mascotas en los tiempos coloniales, una finca de caza de personas hambrientas durante la Guerra Civil, y una prisión de bestias supervivientes viviendo entra la basura cuando lo visité en 2013. El Yaguar Xoo, en Oaxaca, México, era en 2015 un retiro y una clínica de felinos que “trabajaban” antes en circos, los encontraron heridos o nacieron en cautividad. ¿Deben los animales vivir en zoológicos?
En el medio de la capital de Tailandia, una megalópolis de más de diez millones de habitantes, a alguien se le ocurrió colocar un zoo en la azotea de un edificio rodeado de antenas, cables, cemento y la polución de los coches. En Bangkok son famosos los rooftop a los que ir a cenar o tomar una copa, y en 1983 los propietarios de un nuevo centro comercial pensaron que encerrar en el ático a tigres, simios, osos y serpientes era una genialidad que atraería clientes.
A alguien se le ocurrió que era una buena idea colocar un zoo en la azotea de un edificio rodeado de antenas
Entre esos animales llegó Bua Noi, una gorila que el último recuerdo que tiene del mundo exterior es salir de la puerta de un ascensor. Tras aquello, lleva más de treinta años encerrada sola en una celda de cemento con la sola compañía de algunos animales de dos patas que al otro lado del cristal le hacen fotos.

Bua Noi, cuyo nombre significa pequeño loto, se ha convertido en un símbolo de la lucha de los grupos ecologistas que desde hace años exigen que se la libere para que el homínido tenga la oportunidad los últimos años de su vida de vivir sin los barrotes de una cárcel de hormigón.
La visita al recinto, se entra por la avenida Somdet Phra Pinklao Road, es aún más tétrica de lo que nos habían contado. En la planta baja quedan algunos puestos que venden baratijas y el resto del inmueble parece abandonado. Tomamos el ascensor a la plata séptima, donde una mujer vende los tickets de entrada (300 bath por persona, unos 8 euros), y se accede a una azotea, desde la que se ven las terrazas del resto de inmuebles colindantes. El calor es intenso, hay jaulas con pájaros, reptiles, simios… Tiene un aire antiguo, mal conservado todo, gris, sin verde, porque todo el verde de ese lugar son alguna macetas y ramas de plástico.
La «pieza» estrella es Bua Noi. La gorila está en un pasillo, en la jaula más grande del recinto. Está sola, tumbada en un habitáculo interno. Su vida debieron ser frondosos barrancos y riachuelos ligeros, y sin embargo todo lo que ella ha conocido es algún neumático rosa y verde que cuelgan del techo y algunos troncos muertos atados con sogas.

No es diferente la escena de un orangután de borneo que está también solo justo en la jaula de enfrente. Su habitáculo es más pequeño. Descansa tirado en el suelo. Parece ido, ausente, hasta que una familia con unos niños se acerca a la reja y el simio saca la mano sabedor de que le darán comida. Pide como hacen en las calles los sapiens, alargando el brazo y esperando algo de caridad. Se mete la comida rápido en la boca. Luego, se queda un rato con la mirada perdida sujeto a los barrotes hasta que decide hacer los cinco metros que separan esos hierros de su cama de cemento.
Pide como hacen en las calles los sapiens, alargando el brazo y esperando algo de caridad
Al otro lado, Bua Noi se ha sentado. Varias familias aprovechan para contemplar a la gorila. Ella mira a la pared, sin inmutarse, bajo ese techo que es y ha sido toda su vida. No sabe a qué suena la selva, pero sí escucha con nitidez el sonido de los coches. Tampoco los ve. Su mundo es un montón de sonidos que no sabe qué son, de dónde vienen.
Los grupos ecologistas llevan años exigiendo la liberación de la simio. Nadie sabe cómo llego allí. Leí diversas hipótesis de investigadores. Parece que fue traficada antes de que las leyes tailandesas prohibieran el tráfico de especies. Los nuevos dueños del zoo alegan que moverla sería para ella ya una condena. “La gorila envejecida ha pasado su vida en el zoológico y está acostumbrada al medio ambiente y a la ausencia de patógenos naturales desde hace más de 30 años”, dicen los propietarios.

El Gobierno tailandés también intentó liberarla. Algunos hablan de llevarla a un santuario en Tailandia, en un espacio verde, que le permita antes de morir saber que es que le llueva encima y secarse después por el sol. Pero posiblemente nada de eso pasará y la anciana gorila morirá creyendo que todo el planeta posible era un ático de Bangkok.
La casa de las fieras vagabundas de Maputo
En 2013, fui a hacer un reportaje al zoológico de Maputo, Mozambique. Me habían contado que era un lugar desolador donde los pocos animales que sobrevivieron al hambre y la guerra vivían en pésimas condiciones. Aquí fue también aún peor la realidad.
“Quedan algunos grupos de monos y babuinos, dos águilas encerradas en una jaula oxidada, cuatro cocodrilos en dos distintos habitáculos que comparten espacio con zapatillas que flotan en sus aguas y botellas de plástico y dos cobras y una boa que se retuercen sobre un palo doblado en otra jaula oxidada. No hay nada más. No queda nada de aquel esplendoroso zoológico de la época colonial. ‘Los animales van muriendo poco a poco hasta que no quede ninguno’, me dijeron los trabajadores.

El recinto se creó en 1929, cuando Mozambique era entonces colonia portuguesa. Entonces fue uno de los parques más grandes del continente, con elefantes, rinocerontes, leones y búfalos dentro. Al visitar las instalaciones 84 años después hubo una escena que me llamó la atención. Dentro del zoo había un cementerio de mascotas. Las familias adineradas lusas enterraban su perros y gatos en tumbas bajo lápidas de mármol. Las tumbas costaban más dinero que las viviendas del 95% de una población analfabeta y que vivía hacinada en chozas miserables.
No había valla y mucha gente entraba y cazaba las cebras, gallinas o los antílopes para comérselos
Pero todo eso era un pasado lejano, porque la Guerra de la Independencia y la posterior Guerra Civil asolaron el país y Mozambique fue durante años el país más pobre del mundo. Eso hizo que los vecinos cambiaran el sentido del zoológico y lo convirtieran en un supermercado. “Lo peor fue después de la guerra, tras el 94, entonces se trasladó mucha gente a vivir aquí a los alrededores. No había valla y mucha gente entraba y cazaba las cebras, gallinas o los antílopes para comérselos», me explicó Paulinho, un guarda del zoo al que entrevisté. Había hambre y esos animales la aliviaban.
Recuerdo una vez que me tuve que hace una pequeña intervención en los Consultorios Médicos, una clínica humilde de Maputo, y mientras estaba en la camilla la veterana enfermera narraba al doctor aquellos años en los que se vendía carne humana en los mercados. “En los años del hambre, 1982 a 1984, durante la Guerra Civil, se vendía carne humana en los mercados. Desapareció un albino, lo trocearon y lo vendieron como carne a la gente. Entonces no había carne y sí mucha hambre. Luego la gente que compró aquello ilusionada vio el estado de la carne y supo que los habían engañado”, dijo ella. Lo contó y empezó a reírse con naturalidad mientras me daba dos puntos en la espalda.

En ese contexto, el zoo, lleno de mendigos y personas sin hogar, acabó siendo un recinto abandonado. Me enseñaron imágenes de los leones famélicos que fueron muriendo de hambre allí encerrados. El último en morir fue un macho solitario como Bua Noi. Las tumbas de las mascotas se saquearon. Se llevaron el mármol y hasta las placas de metal con sus nombres.
Justo cuando visité el recinto, acababa de morir el último hipopótamo que sobrevivió años solo en una poza inmunda. “Estaba enfermo y solo. Era triste verlo”, me dijo Paulinho.
Quedaba un enorme cocodrilo, viejo y con el cuerpo inflado, que tras una verja de metal esperaba a introducirse en un agua sucia, rodeado de botellas de plástico
Yo recorría el recinto. Quedaba un enorme cocodrilo, viejo y con el cuerpo inflado, que tras una verja de metal esperaba a introducirse en un agua sucia entre botellas de plástico. El recinto era una escombrera. Vi a cuatro niños de apariencia humilde maravillados ante la cávea de los monos. En una jaula pequeña para pájaros había una rata muerta. El resto estaban vacías menos una en la que había dos águilas.

Y resulta que todo ese espacio lo estaba intentando restaurar la Asociación de Amigos del Parque, que contaba con 500 socios. Me reuní allí mismo con Dáude Carimo, su presidente, que me habló del proyecto de recuperación. «En cinco o diez años queremos renovar todo y hacer un parque temático de aves. Grandes mamíferos no podemos tener, pero si pequeños animales que enseñen a la gente la riqueza animal de Mozambique”. El plan necesitaba una inversión, me aseguró, de cuatro millones de dólares.
A mí aquello me pareció una locura. El Jardim Zoológico de Maputo estaba enclavado en una zona bastante pobre de la capital. Alrededor del recinto, que la asociación había conseguido de nuevo amurallar, había cientos de infraviviendas. Con cuatro millones de dólares muchas de esas gente podrían acceder a una casa con cierta dignidad. “Creo que es importante respetar a los animales y enseñar a convivir con ellos. No hay porque comparar, es absurdo», me dijo Dáude cuando le expresé mis dudas sobre una inversión así apara adecuar un recinto de animales. «Es importante que este zoo exista. Los niños y personas de Mozambique deben saber los animales que tenemos. La gente puede pagar la entrada aquí (0,12 euros), pero no puede ir a los grandes parques», me dijo Paulinho, uno de los que probablemente vivían sin agua corriente ni letrina.

Los meses siguientes, ya publicado el artículo, lo hablé con diversos mozambiqueños. Por regla general, la respuesta es que apoyaban poder disfrutar de un recinto que les permitía disfrutar de una fauna que disfrutábamos por regla general los turistas extranjeros.
El mejor parque de Mozambique, el bellísimo Gorongosa NP, estaba en medio del país, necesitaba para llegar y recorrerse un 4×4, y el coste del alojamiento o de hacer camping, para lo que hace falta un equipo, era un imposible para toda esa gente.
Yagua Xoo: el refugio de los jaguares
Pero los zoos pueden ser también un refugio. En 2015, visité el Yaguar Xoo en Oaxaca. Allí exhibían jaguares que antes vivían en circos, o los llevaban allí heridos, enfermos…, pero lo hacían justamente con el objetivo de dejar de exhibirlos. “Pretendemos entrenarlos, reeducarlos y mantener sus instintos salvajes para que vuelvan a la selva, que es donde deben estar. Ojalá algún día este parque no tenga un solo jaguar, ese es el objetivo”, me explicaba Víctor, el director junto a su pareja Andrea. Yo veían entonces saltar a un hermoso jaguar al que entrenaban para que no perdiera su instinto predador poniendo carne o una caja de la que tiraban con una cuerda.

¿Deben cerrarse los zoológicos? En mi opinión, el Pata Zoo de Bangkok y el Jardim de Maputo, sí, y el Yaguar Xoo de Oaxaca no. La labor científica de preservación de algunos recintos es importante. Un informe de 2011 hecho por el Instituto Max Planck de Alemania y publicado por la prestigiosa revista Science aseguraba que un 25% de los mamíferos y un 9% de las aves en peligro de extinción sobrevivían en zoológicos.
Un 25% de los mamíferos y un 9% de las aves en peligro de extinción sobrevivían en zoológicos
Hay quien cree que eso no es importante porque en todo caso anula la libertad de las bestias a las que se debe proteger en su entorno, pero no sé si una gacela vive mejor encerrada en el cuidado y amplio zoo de San Diego que aterrada de que se la coman en el Lower Zambeze. En los muchos años que llevo visitando parques de todo el mundo he aprendido una cosa: la naturaleza es brutalmente cruel por mero instinto de supervivencia.
Bua Noi merecía vivir fuera de una jaula de un ardiente ático de Bangkok; el jaguar de Oaxaca tener la oportunidad de recuperarse y no morir abatido por un cazador ilegal que se hartó de que el felino se coma sus gallinas; el cocodrilo debe nadar libre en un agua no inmunda, y a los cuatro pequeños que miraban ensimismados la jaula de los monos en el zoo de Maputo hay que darles la oportunidad de poder disfrutar de su naturaleza. ¿Qué hacemos con los zoológicos?
