Mozambique fue mi casa durante más de dos años y medio. Un país lleno de contrastes que divagan entre diluirse o renacer. Puede ser la gran joya del sur de África si ellos deciden de verdad apostar por ello. Mozambique debe decidir lo que quiere ser.
Dos semanas antes me presenté a la consulta y a ella se le había olvidado decirme que ese día no venía el doctor. Desde entonces hemos hecho una cierta amistad que se fraguó con una sonrisa. “Supongo que a mañana llegaré vivo”, le dije para zanjar su confusión.
Hasta hace poco Mozambique era uno de los países más pobres del mundo. No me extraña. Lo que he visto hasta ahora y lo que me han contado me muestra una cara de África un poco diferente de la que conocía. Los portugueses tuvieron que marcharse en 24 horas, lo que no permitió hacer una descolonización mínimamente planificada, poco después hubo una guerra civil de quince años. El resultado es que las pocas infraestructuras portuguesas se han dejado perder.
Esa noche nos vamos casi todos al mítico Gil Vicente a escuchar un grupo de música local y algunos se animan después con el 1908, bar cool de Maputo, hasta ya tardías horas. De vuelta al hotel, en la avenida 24 de julio, un control policial intenta hacer caja. Quiere dinero porque Txarli no lleva el pasaporte. Juega a retenerme hasta que ve que no pagaré y me deja marchar. 100 metros después nos vuelven a parar otros agentes...
En un hospital siquiátrico caían bombas mientras los enfermos salían al patio a celebrar los fuegos artificiales; en un mercado un grupo de soldados que nunca piso una ciudad huye despavorido al escuchar disparos que creen que son una emboscada.
Las madrugadas en Maputo agreden a la imaginación. El viento se queda quieto a las puertas de su playa de ceniza gris mientras los perros solitarios se preparan para irse a dormir acobardados de lo que se les viene encima. Entonces la ciudad, durante los escasos minutos en los que la luz lo denuncia todo por primera vez, hierve entre el rugir de miles de personas que no saben dónde ir.
Entonces se parten las calles y las casas se inundan. Ves a gente sacando en cubos el cielo de sus casas, muebles flotando, techos hojalata que se deshacen. La ciudad se paraliza, especialmente en el Maputo de cartón, donde el cercano mar parece menos violento que el lodazal de aquellos barrios perdidos. Todo pasa con esa pesadumbre africana en la que los golpes se convierten en costumbre.
Cada día tengo delante una foto que poner en esta revista y que supongo sorprendería a muchos de los que me leen desde tan lejos. Cada día ando por un mundo de mercados que huelen a pez seco y en el que una extraña vida se desparrama ante mi vista.
Son las nueve de la mañana, no he tomado aún un café, y acabo de descubrir que la pasada noche me han robado el espejo retrovisor y los faros delanteros del coche. Son las nueve de la mañana y otro tipo con placa amenaza con joderme más el día con su placa que oficializa robos.
La ruta de Viajesalpasado, Villas do Índico y Eland Expediciones por Sudáfrica, Malawi y Mozambique pretende enseñar parte del sur de África menos conocido. Es una ruta completa en la que cruzamos por tres parques nacionales de vida salvaje; un parque nacional de islas paradisíacas en medio del océano Índico...
Quizá no era el mejor momento enseñar que en la parte de atrás iban otras dos personas, más cuando supimos después que en ese momento uno de los agentes estaba desenfundando la pistola (en medio de toda aquella tensión, que fue mucha, la situación era hasta cómica)
Maputo tiene un importante legado histórico. Cuenta, dicen, con una de las diez estaciones de tren más bellas del mundo, diseñada por Eiffel; un fuerte en el que se disputó el devenir de las colonias del sur de África; una casa de hierro tan bella como inservible y la plaza de toros más al sur del planeta. Una ciudad especial.
La ciudad se deshace como cartón empapado por la lluvia. Su robusta piel de edificios altos en el centro, de hormigón en desgana y aceras con hoyos constantes, no evita que la ciudad tenga la misma filosofía que todas las grandes urbes africanas que he visitado: en las afueras se agolpa la miseria, los tenderetes de ventas inservibles, fruta acumulada sobre maderos o zapatos desparramados por las calles. La ciudad, sin embargo, quizá por el bello sonido del portugués, parece más cercana; casi, por momentos, más caribeña que africana.