Chongoene: acampar en una playa desierta

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Salimos de Maputo siguiendo la Avenida Marginal por una estrecha y bacheada carretera de tierra de 40 kilómetros que atraviesa la conocida como Villa de los Pescadores y desemboca en la N-1. Evitamos así el tráfico de las afueras. Atravesamos el poblado de marineros en el que se agolpaban las barcas y casas en difícil equilibro. Una multitud de personas se agolpa junto a las barcazas que traen las cajas de pescado.

Hay un caos de gente que las sube, gente que las pesa, gente que dirige, gente de pie, gente que se sienta, gente que bebe. gente que recoge las velas, gente que grita, gente que contempla el mar, gente que vende ropa, gente que no hace nada, gente que cocina, gente que ríe, gente que se baña, gente que come, gente que… y todos, por un instante, en medio de aquella obra indescifrable de brazos y piernas, levantan un segundo los ojos y se convierten en una única cosa: gente que mira. Te observan desde la distancia, o quizá sea yo el que les miro, pero en el cruce lejano de miradas intuyo siempre un cierto asombro de quien no te esperaba. Sirva este ejemplo para algo que pasa siempre en África, la gente mira el pasar de la vida y te da la sensación de que no les importa que pasé también en ese juego de miradas la suya propia. En la contemplación no hay participación, es como si se conformaran con vivir vidas ajenas. Otra cultura, quizá más acertada que la nuestra, donde el éxito es un concepto atemporal.

Todos, por un instante, en medio de aquella obra indescifrable de brazos y piernas, levantan un segundo los ojos y se convierten en una única cosa: gente que mira

Al tomar la N-1, que hasta Vilanculos está perfecta, nos dirigimos a Xai Xai. Llegamos de noche y nos alojamos en el viejo hotel Halley, llamado así porque el día que se inauguró pasó el mítico cometa por la tierra. La comida que nos sirvieron fue excelente, especialmente la garopa a la plancha que pidió Dani, pero las habitaciones parece que las cerraron hace 30 años y las abrieron aquel día para nosotros. Tampoco la playa pese a su anchura y longitud nos maravilló especialmente, por lo que descartamos este lugar de nuestra ruta que haremos en agosto.

Volvimos a la carretera y decidimos ir a contemplar la deshabitada playa de Chongoene. Hay que hacer una pista de tierra de 14 kilómetros, rodeada de espesa vegetación y gente que cruzas en el camino, y se llega a un arenal inmenso y virgen. Sólo queda el esqueleto de un viejo y gran hotel de la época colonial que languidece en la arena como un buque varado.  El resto es agua, arena y algunas dunas con matorrales que se estiran hasta perderse. Como pasa siempre en este tipo de escenarios la vida existe en goteo. De pronto contemplas a unos pescadores que salen de la vegetación o a dos mujeres a lo lejos que recogen conchas y comprendes que nada está vacío en este lugar. Probablemente hay salpicadas pequeñas villas que tú no ves tras alguna duna, y probablemente aquella tranquila postal se convierta al atardecer en retiro de gentes que, estos sí, viven ya tan alejados del mundo que no necesitan ir más allá. No hay duda para nosotros: aquí vendremos con el grupo y haremos acampada libre una noche. Será como el tímido gesto de quien se asoma a un lugar prohibido. Veremos el mar, cenaremos del mar y dormiremos escuchando su ir y venir interminable.

Será como el tímido gesto de quien se asoma a un lugar prohibido. Veremos el mar, cenaremos del mar y dormiremos escuchando su ir y venir interminable

Tras Chongoene, partimos para otra playa Chindeguele, donde paramos en una inmensa  laguna de agua dulce que se crea junto al mar. Probamos la Matapa, uno de los platos típicos del país hecho a base de verdura. Luego, tras una comida y unos baños, salimos para Tofo. Cruzamos la preciosa Inhambane, hasta ahora la ciudad de Mozambique que he visto que mejor ha sabido conservar su pasado, y llegamos a Casa Barry, un lugar en el que el año pasado pasé tres noches fascinantes. (Entonces me invitaron a hacerles un reportaje y no tuve que pagar el escandaloso precio que cobran por dormir en instalaciones casi de Backpacker).

Tofo tiene una playa en forma de uve y un pequeño mercado de artesanía. Todo el resto son casitas y hoteles que contemplan el mar en escalera rodeados de palmerales eternos. Es también lugar de mochileros y expatriados (como ya conté en VaP en 2011 y como tuve la oportunidad de volver a vivir con varios españoles a los que entrevisté para un artículo en El Mundo). Pero nosotros estamos aquí y en Barra, localidad limítrofe, buscando un encuentro con un animal que supera los 14 metros y vive en estas aguas: el tiburón ballena. Este es uno de los lugares del mundo mejores para contemplarlo y nosotros pararemos aquí en agosto para poder flotar sobre su descomunal cuerpo. Cerramos todos los acuerdos para hacerlo y volvemos a partir para Vilanculos.

Estamos aquí y en Barra, localidad limítrofe, buscando un encuentro con un animal que supera los 14 metros y vive en estas aguas: el tiburón ballena

De Vilanculos y el archipiélago de Bazaruto poco más puedo explicar en esta revista. He escrito varias veces de este lugar, al que vuelvo por tercera vez, y que es uno de los sitos de playa más bellos que yo he visto en el mundo. Especialmente el Hotel Villas do Indico, del que son dueños Víctor y Ana Paula. Me siento en casa, todos nos sentimos en casa en un sitio en el que es imposible ser un extraño. Dejaré para el final de este viaje un post específico con algunas curiosidades y percepciones de este lugar al que volveremos a poner el colofón a este más de un mes de aventura. Sólo decir que la noche antes de partir al P. N. de Gorongosa, el bar del hotel se convirtió en una explosión de diversión, música y baile de cuatro amigos que zapateaban la voz y los sueños.

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Comentarios (2)

  • Noeli

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    Qué maravilla de viaje.. de lugares….
    Qué maravilla de playas….
    Qué envidia de sensaciones.

    A seguir disfrutando 😉

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