Amore y Misteria en Maputo

Por: Javier Brandoli (Texto y fotos)
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Tomamos ya de noche la carretera que lleva a Maputo, la capital, tras salir de Kruger por su puerta más al sur. Hay que pagar dos peajes, uno de 105 meticais (3 euros) y otro de 20, para entrar en la gran ciudad. Sorprendente tasa en un país que, como conté en alguna ocasión de mis anteriores visitas, en 2010 estuvo a punto de saltar por los aires por la subida del precio del pan en algo menos que 0,2 euros. La revuelta acabó con más de 70 muertos y el ejército batiendo las calles de masas cansadas de ver que el futuro pertenece siempre a los otros.

La capital tiene la misma fisonomía que el resto de grandes urbes africanas. “Aquí a las afueras le llaman la ciudad de cañizo y al centro la ciudad de cemento”, me explica Ana Paula. La distinción tiene que ver con el material con el que se construyen las casas. Las de caña afloran desordenadas como un puzle infinito en el que nada encaja, mientras que el centro mantiene su aspecto en ocasiones fantasmagórico, olvidado hace años. Sin embargo, en los once meses que hace que no pasaba por aquí he notado cambios. Sigue habiendo agujeros en las calles, árboles caídos o aceras destrozadas, pero la sensación es que hay algo más de limpieza, que se están reconstruyendo algunos edificios abandonados… En definitiva, que en aquella inmensa mole de polvo algo avanza como avanza en su lentitud el resto del sur de África.

La distinción tiene que ver con el material con el que se construyen las casas. Las de caña afloran desordenadas como un puzle infinito

Llegamos a Mandala, una pequeña Guesthouse decorada con gusto. Prefiero este tipo de alojamientos a los grandes hoteles porque es más fácil hacerlos tu casa. Por la noche salimos a cenar al Peri Peri. La comida en este país es siempre buena y la vida nocturna sigue siendo sorprendente para quien está acostumbrado como yo, en Sudáfrica, a ver calles vacías cuando cae la noche. Aquí la ciudad está llena de vida en medio de la oscuridad. No hay temor o no se verbaliza. Uno es más libre en Maputo que en Ciudad del Cabo. Me gusta este lugar, siempre he sido aquí muy feliz.

Tras la cena comenzó la que puede ser noche más divertida y extraña que he vivido en este continente. En el coche ya nos pararon unos tipos que bajaron las ventanillas y nos invitaron a una fiesta. Les dijimos que no y les vimos partir con la sensación que les quedaba por invitar a todos los coches de Maputo con los que se cruzaran. ¿Qué hubiera pasado si os vamos con ellos?

Era tan perfecto el entorno que daba la sensación de que en algún momento acabaríamos todos subiendo a alguna de las viejas locomotoras y partiendo a algún lugar de apellido Macondo

No lo hicimos y aparecimos en el bar de la bellísima estación de tren de la ciudad. Pagamos el equivalente a siete euros y nos sentamos a escuchar un concierto de un grupo de Swazilandia que cantaba con las entrañas. Era tan perfecto el entorno que daba la sensación de que en algún momento acabaríamos todos subiendo a alguna de las viejas locomotoras y partiendo a algún lugar de apellido Macondo.

Pero la perfecta noche tornó en sublime. Al acabar el concierto comenzamos a bailar. Ana Paula retaba al futbolín a un grupo de chicos; Víctor se reencontraba con viejos amigos, yo me dedicaba a convencer al Dj de que me pusiera Paradise de Cold Play y  Dani mientras había entablado conversación con una chica de nombre confuso, Misteria, que se acercó a él. Alegre y guapa tenía una facilidad pasmosa para enseñar de forma compulsiva la foto de su hijo en el móvil.

Al rato aparece otra chica muy guapa que me dice que su nombre es Amore y con la que comienzo a hablar. Ni el aspecto ni nombre de ninguna invitaba a pensar que trabajaban en una ONG pero la atmósfera era divertidísima y nuestra capacidad de discernir escasa, más con la aparición de un portugués que parecía tener más clara la profesión de Amore y que pagó las 200 rondas que yo pedía y él oportunamente abonaba (no teníamos moneda local y no funcionaba la tarjeta). No nos interesan las prostitutas (hablo también por Daniel), nunca lo han hecho, pero la situación era divertida para mantenerla como una noche graciosa. Lo era.

Las dos chicas se suben a nuestro vehículo por ósmosis. Las dejaríamos en un taxi al llegar al alojamiento, decidimos  el resto

De pronto nos dicen que cierran el bar, ya muy tarde, y cuando nos dirigimos al coche vemos que el portugués y las dos chicas se suben a nuestro vehículo por ósmosis. Las dejaríamos en un taxi al llegar al alojamiento, decidimos  el resto. Dani y Misteria, por llegar los últimos, se suben detrás, en la zona de carga, y el resto nos acoplamos aún con algunas copas en las manos en los asientos restantes. La ley de Murphy se cumplió a rajatabla y un control policial 300 metros después detuvo nuestro coche. No sé explicar muy bien qué pasó, intentábamos simular respetuosamente nuestro estado alegre, y de pronto el portugués y Amore enloquecieron y comenzó una discusión brutal con los agentes.

En cualquier país habríamos acabado todos, en el mejor de los casos, en la cárcel. El acoplado luso llegó a llamar hijo de puta y racista al policía y Amore les insultaba a gritos, empujaba y decía que no les tenía miedo. Ana Paula y Víctor intentaban templar los ánimos.  Dani me pedía que amordazara a la chica y yo veía todo en cámara lenta, como si la escena no fuera conmigo. Lo mejor fue cuando Daniel intentó bajar del vehículo para educadamente explicar a los agentes la situación y se llevó un portazo en la cara de Ana Paula. Quizá no era el mejor momento enseñar que en la parte de atrás iban otras dos personas, más cuando supimos después que en ese momento uno de los agentes estaba desenfundando la pistola (en medio de toda aquella tensión, que fue mucha, la situación era hasta cómica).

El acoplado luso llegó a llamar hijo de puta y racista al policía y Amore les insultaba a gritos, empujaba y decía que no les tenía miedo

Finalmente todo se calmó y sorprendentemente nos dejaron marchar. Nada más llegar a la Guest House ya sólo con las dos chicas de las que no había forma de desprenderse, fuimos a pedirlas un taxi. Casi no nos dio tiempo a acabar la noche con algo de normalidad mientras gestionábamos su marcha. La dueña las vio y dijo escandalizada que en su casa no entraban prostitutas. No podía ser más surrealista el momento. Amore le explicaba a la mujer que ella no era una prostituta, que Misteria sí, lo que ya con la cabeza en condiciones era como escuchar a Hitler decirle de Stalin que era una mala persona.

Nosotros ya lo observábamos todo en la distancia, con pena y diversión, tras vivir una de esas enloquecidas noches en las que te puedes meter en los viajes y que nunca olvidas. Ellas se marcharon (le costó más a Amore que se fumó algunos cigarros y se tomó varias cervezas antes de levantarse del sofá) y nosotros cuatro aún recordamos en el coche entre risas los mejores momentos de la noche en la que fuimos a escuchar un concierto a la estación de Maputo.

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Comentarios (3)

  • Ana

    |

    Jajaja. Mira que Misteria y Amore parecen nombres comunes, comunes,. eh?….

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  • ahoratocaviajar

    |

    Vaya aventura!! Pura esencia viajera la vuestra!
    Un post muy entretenido. Gracias!

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