Cien años de alpinismo (III): Mummery, el revolucionario miope

Por: Sebastián Álvaro (texto y fotos)
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El hombre más influyente en el desarrollo del nuevo alpinismo es Albert Frederick Mummery. Considerado el padre del alpinismo moderno, este inglés fue el mejor alpinista de su tiempo, a pesar de sus limitaciones, pues era algo desgarbado y bastante miope, pero tras su aparente timidez, que escondía con unas gafas similares a las que, mucho más tarde, puso de moda John Lennon, latía un impulso y una vitalidad sin límites.

A él debemos una aportación revolucionaria, que hoy nos parece obvia pero que entonces no lo era: la conquista de una cumbre no agota las posibilidades de descubrimiento de una montaña. Cada itinerario que se sigue descubre en realidad una nueva montaña. Ésa es la nueva tarea a la que se va a dedicar ya que, en su opinión, el verdadero alpinista es sólo aquel que intenta nuevas ascensiones.

Fue el mejor alpinista de su tiempo, a pesar de sus limitaciones, pues era algo desgarbado y bastante miope

Coherente con estas ideas Mummery escaló hasta en siete ocasiones el Cervino, considerado entonces el mito de lo “imposible”, por seis rutas diferentes. Además, a Mummery también le debemos una contribución vital al desarrollo del alpinismo moderno al prescindir de guías en sus escaladas (aunque al principio de su carrera alpina escalase algunas rutas en los Alpes con el magnífico guía Alexander Burgener). Para entonces Mummery ha llegado a la conclusión de que quienes quieran encontrar de verdad “las alegrías y los placeres de la montaña” sólo deben confiarse a “sus dotes y conocimientos propios”.

La evolución natural de esta nueva ética y estética del alpinismo llevará a corto plazo a la especialización. Si hasta entonces se trataba de conquistar a cualquier precio una montaña, a partir de ahora las rutas comenzarán a distinguirse por sus dificultades y el terreno donde se desarrollan, ya fuesen en roca, hielo o mixto. De acuerdo con los nuevos tiempos, en estos años y los siguientes el equipo de los alpinistas se hace más eficiente. A las botas claveteadas les seguirán los crampones.

Mummery escaló hasta en siete ocasiones el Cervino, considerado entonces el mito de lo “imposible”, por seis rutas diferentes

El innovador Óscar Eckenstein –¡que en 1902 intentará por primera vez la escalada del K2!– inventaría los crampones de diez puntas o los piolets más cortos; y con el tiempo se mejorarían también las clavijas y la vestimenta. Los nuevos materiales y las técnicas no sólo proporcionaron mayor eficiencia y seguridad sino que, al tiempo, dieron la posibilidad de acometer nuevos retos. Por ejemplo a Willo Welzembach –desaparecido en 1934 en una de las tragedias alemanas del Nanga Parbat– le debemos muchos de los primeros avances de la escalada en hielo y, junto a otros, la escala de graduación de las dificultades hasta el VIº grado.

Siempre fiel a su estilo, Mummery realizó durante más de veinte años incontables ascensiones abriendo innumerables rutas nuevas, muchas de ellas en un estilo acrobático revolucionario en aquellos años. Con un pensamiento resumiría su filosofía alpina y, quien sabe, su forma de enfrentarse a la vida: “Cuando todo indica que por un lugar no se puede pasar, es necesario pasar. Se trata precisamente de eso”. La escalada de la fisura del Grépon, que desde entonces lleva su nombre, se convertiría en un símbolo de los nuevos tiempos. Y, además, de una tendencia que el propio Mummery supo anticipar, en una célebre frase cargada de ironía: “Un pico inaccesible; la escalada más difícil de los Alpes; un día tranquilo para una dama”.

Lo más importante del legado de Mummery es la unión que realiza de la dificultad con la altitud, las dos claves del alpinismo moderno

Pero lo más importante del legado de Mummery es la unión que realiza de la dificultad con la altitud, las dos claves del alpinismo moderno que han llegado incólumes a nuestros días. El alpinista británico no buscaría exclusivamente, como otros, la alegría que proporciona una actividad atlética intensa o el gusto por la dificultad pura, sin reparar en medios técnicos.

Mummery no era un simple gimnasta. Su espíritu inquieto le llevó a buscar fuera de los Alpes otros escenarios de montañas, cada vez más altas, comprometidas y exigentes, donde desarrollar su valiente e innovador alpinismo, primero en el Cáucaso y luego en el Himalaya. En este apartado fue también un pionero al intentar en 1895, por primera vez, escalar el Nanga Parbat, una montaña de más de 8.000 metros de altitud. Y además lo intentaría por una ruta difícil y comprometida, en uno de los mayores abismos del planeta, tras explorar la montaña por todas sus vertientes y alcanzar una altitud cercana a los 7.000 metros por el espolón que en la cara oeste lleva su nombre. Desgraciadamente el Nanga sería su última montaña. Allí desapareció, junto a dos porteadores gurkas, cuando sólo tenía cuarenta años.

El Nanga Parbat sería su última montaña. Allí desapareció, junto a dos porteadores gurkas, cuando sólo tenía cuarenta años

Es probable que su ejemplo de audacia y su estilo ligero, su contención de medios, no hayan sido superados en esta montaña. Como afirma Reinhold Messner, “sus principios alpinísticos conservan integra validez en nuestros días y sirven de base al alpinismo moderno” La pérdida de Mummery causó una honda impresión en el Reino Unido, parecida a la que, poco después, provocaría la desaparición de Scott y sus compañeros en la Antártida y la de Irvine y Mallory en el Everest.

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