El reto de explorar el mundo en el siglo XXI

Por: Miquel Silvestre (Texto y fotos)
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La Ruta de los Exploradores Olvidados da la bienvenida en Nepal a un nuevo miembro. Mercedes Silvestre, aventurera de 74 años y mi madre se ha unido en Katmandú a la REO para subirse como pasajera y fotógrafa en Atrevida, la BMW GS 1200 30 aniversario. Hemos recorrido juntos el sinuoso Valle de Katmandú y alcanzado la ciudad nepalí de Pokhara, puerta de acceso a los míticos Annapurna que tantas vidas de alpinistas se han cobrado, como ocurrió con el mallorquín Tolo Calafat y el navarro Iñaki Ochoa de Olza, a quienes la REO ha venido a rendir homenaje como auténticos exploradores españoles del siglo XXI.

Alcanzar la cima debe ser parecido a lo que siento cuando alcanzo un destino lejano o difícil después de haber rodado sobre un millón de piedras

Muchos pensarán que los alpinistas están locos por empeñarse en subir montañas a riesgo de sus vidas pero yo les entiendo más allá de lo que se pueda explicar con palabras. Hay algo allá arriba. Alcanzar la cima debe ser parecido a lo que siento cuando alcanzo un destino lejano o difícil después de haber rodado sobre un millón de piedras. Hay una satisfacción especial en ello. Algo que nos saca de aquí. No sé que es exactamente, pero sé que existe y que es algo que vale la pena. Realmente, vale la pena.

Viajo en moto para explorar, exploro para escribir y escribo para emocionarme. He recorrido hasta la fecha más de ochenta países y escrito un libro de viajes por África. De Irak a Zimbabwe, de Mauritania a Kazajistán, de Siria a Canadá. Creo que a día de hoy debo ser el viajero motociclista español con más pegatinas en las maletas y, sin embargo, todavía hoy siento vértigo ante la cercanía de una nueva frontera, de un horizonte desconocido. En este oficio, pues lo mío de escribir de viajes en moto es ya profesión, uno nunca sabe lo suficiente ni termina de aprender. Lo único que hoy sé a ciencia cierta es que mañana cometeré otra torpeza, que caeré otra vez en un error, que volveré a perder el camino correcto.

Porque todavía es posible la exploración, porque es incierto y porque uno siempre es un novato en la carretera que se acaba de encontrar por primera vez

Por eso es tan apasionante viajar en moto. Porque todavía es posible la exploración, porque es incierto y porque uno siempre es un novato en la carretera que se acaba de encontrar por primera vez. El transporte aéreo ha llenado el planeta de pasajeros con billete de ida y vuelta, pero viajar en moto es, aún hoy, conquistar. El motorista solitario que se pierde tras el horizonte aparece hoy como el heredero del caballero medieval. Podría moverse de un modo más confortable, pero elige sufrir porque tragando polvo, viento y arena se convierte en nómada, en explorador, en parte del paisaje y de la historia que narra.

Y de historias se trata. De nuestra historia. Pero no de esa gran Historia que se estudia en los libros de texto sobre batallas, reyes e imperios. Me refiero a la historia de los pequeños hombres que se hicieron grandes superando adversidades. Nuestro pasado está lleno de exploradores, de quijotes, de viajeros arrojados, de héroes cuyo tiempo pareciera haberse ido. Sin embargo, sus peripecias son tan asombrosas que si les damos una oportunidad, nos apasionarán como si fueran personajes de la mejor película de acción. Son personajes como el Capitán de Cuellar en Irlanda, náufrago de la Armada Invencible que tras siete meses de fuga, logró escapar de los ingleses; o el jesuita Pedro Páez, quien en el siglo XVII fue hecho prisionero por piratas y pasó esclavo seis años en Yemen antes de poder llegar a Etiopía y convertirse en descubridor de las fuentes del Nilo Azul.

Es injusto este olvido, pero intentar rescatar su recuerdo también es una oportunidad para quienes como yo pensamos que la exploración no ha terminado ni tampoco el tiempo de los exploradores. Como los montañeros que superan sus límites y los motoristas que viajamos más allá del horizonte perseguimos el mismo anhelo de exploración, ansiamos las mismas emociones y cuando alcanzamos cumbre o llegamos al destino, paladeamos una dulce victoria, pero solo sobre nosotros mismos pues como sabían los grandes exploradores, nada más que el miedo y el olvido son nuestros adversarios.

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