En defensa de México DF

Por: Ricardo Coarasa (fotos Reo)
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Uno, que ama a México con sus virtudes y sus defectos, está ya un poco cansado de escuchar anatemas sobre la inseguridad en el DF. En un país en el que, según el siempre lúcido Enrique Krauze, el fusilamiento fue durante siglos una forma de hacer política, los datos sobre muertes violentas y demás delitos tampoco ayudan demasiado a que el resto del mundo concilie una imagen sin estridencias de la capital mexicana. No hay más que hacer una simple búsqueda en Google con las palabras “inseguridad DF”. Casi tres millones de entradas.

¿Pero es eso motivo suficiente para que un turista no pueda disfrutar sin angustias de los muchos alicientes de la ciudad? Quiero romper una lanza con estas líneas en favor del DF e, intentar, en la medida de lo posible, ahuyentar miedos a menudo infundados. Durante años (ignoro si todavía es así) Japón alertaba a sus compatriotas de la inseguridad en los alrededores de la madrileña Puerta del Sol. Jamás me he sentido inseguro en Sol, a cualquier hora del día o de la noche. Y en los años de plomo del terrorismo de ETA, no tan lejanos, un turista sorprendido por un atentado podría volverse a casa con un impresión equivocada (“En España se matan a tiros por las calles”).

Quiero romper una lanza con estas líneas en favor del DF e, intentar, en la medida de lo posible, ahuyentar miedos a menudo infundados

Estuve ya hace unos años en el DF, pero entonces sobrevolaban sobre la ciudad parecidas advertencias y el turista escuchaba, antes de subirse al avión, idénticos consejos. Uno tenía la sensación de irse a la guerra. Todas esos presagios funestos casi te abocaban a encerrarte en el hotel. ¿Salir por la noche? ¡Ni hablar! ¿Tomar un taxi? ¡Ni se te ocurra! ¿Viajar en el metro? ¡No seas insensato! ¿Pasear después de la puesta de sol? ¡Ni por asomo!

Llegamos ya de noche a Ciudad de México y antes de abrir las maletas salimos a cenar. No pasó nada. Callejeamos por los alrededores de Reforma en busca de un restaurante y sólo una pandilla de adolescentes en una calle oscura sobresaltó a Belén, mi mujer, convencida de que trataban de robarnos al descuido. Yo más bien creo que la psicosis generada por la sobreabundancia de alertas sobre la inseguridad hizo de las suyas. Y aunque así fuera, ¿en qué ciudad del mundo está un turista a salvo de un robo? Sólo me han puesto una navaja en el cuello una vez en mi vida y fue en una céntrica parada de metro de Barcelona, en la Diagonal y a plena luz del día.

Casi te abocaban a encerrarte en el hotel: “¿Salir por la noche? ¡Ni hablar! ¿Tomar un taxi? ¡Ni se te ocurra! ¿Viajar en el metro? ¡No seas insensato!”

Paseamos de noche por las calles del DF varios días más y jamás me sentí inseguro. Incluso ejercí de turista confiado con mi cámara en bandolera por las calles del centro. Y, por supuesto, me subí en un “vocho”, los populares taxis modelo Volkswagen escarabajo (a punto de desaparecer del paisaje de la ciudad) contra los que también te previenen con similar cantinela de robos y secuestros. No lo hice para colgarme ninguna medalla ni para tentar a la suerte. Habíamos ido a cenar a Coyoacán y había que regresar al centro en medio de un tormentón formidable. No había elección. Tampoco pasó nada y la carrera fue mucho más barata que a la ida, en un inmaculado taxi del hotel.

Durante la estancia en el DF, sólo tuve un percance con un taxista, y fue en un taxi oficial de la parada del CAPO (Central de Autobuses de Pasajeros Oriente). Habíamos llegado de noche en autobús desde Puebla y nos dirigíamos al hotel. Pagamos el viaje en la taquilla en función del destino y nos especificaron que el equipaje estaba incluido, pero al llegar al hotel el taxista se empeñó en cobrarnos un suplemento por las maletas. La cantidad era lo de menos, pero no tenía razón y me limité a pedirle que nos hiciera un recibo que no podía extendernos si no quería arriesgarse a perder su licencia. Se despidió de mí con un amable “¡Hijo de la chingada!”.

Paseamos de noche por las calles del DF varios días más, me subí en un “vocho” y viajé en el Metro y jamás me sentí inseguro

Tampoco me pareció oportuno evitar el metro de Ciudad de México. El suburbano es siempre una de mis debilidades en cualquier ciudad a la que llego. Sigo pensando que un paseo en metro puede enseñarte más de su ideosincrasia que unos cuantos museos. Nos dirigimos a Popotla para ver el árbol de la noche triste, donde Hernán Cortés lloró su derrota frente a los aztecas. El vagón estaba atestado de gente. No me extraña que por allí se diga que uno no sabe lo que es un buen masaje hasta que se sube al metro del DF. ¿Sensación de inseguridad? Ninguna. De hecho, rebuscando ahora en internet algunos datos para este reportaje leo con satisfacción que el metro de Ciudad de México ha pasado en sólo unos años de ser uno de los más inseguros del mundo al tercero más seguro, sólo superado por los de París y Pekín. Seguramente, ni entonces era un cuadrilátero de delincuentes ni ahora el lugar más seguro del planeta.

Es suficiente con ser precavido para disfrutar, de día y de noche, del DF a salvo de miedos infundados y angustias innecesarias

Las matanzas entre narcos han agravado en los últimos meses la imagen de inseguridad que atenaza a México y nubla el futuro de sus gentes. Muchos podrán replicarme con cataratas de cifras. Me adelantaré: según los datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el pasado mayo se registraron en el DF 3.341 robos con violencia ( 2.030 de ellos a transeúntes); 544 robos de vehículos; 80 lesiones con arma de fuego y 38 homicidios. No pretendo frivolizar: las últimas encuestas al respecto entre la ciudadanía apuntan que la ola de violencia ha llevado al 44% de los ciudadanos a dejar de salir de noche y a uno de cada cuatro a no tomar un taxi. Estas cifras siguen siendo un lastre para México, empeñada en hacer del DF una ciudad segura en 2016, ya a la vuelta de la esquina. La delincuencia y el turismo se repelen como el agua y el aceite. El nuevo presidente, Enrique Peña Nieto, lo sabe, aunque lamente que la imagen que genera el país en el extranjero sea “quizá peor” que la situación real.

Pido disculpas a quienes pueda desmoronar el mito: yo sí me sentí seguro por las calles del querido y añorado DF

No pretendo con estas líneas aleccionar la temeridad de todo aquel que tenga la suerte de viajar al DF. Simplemente, y como atinadamente dice el refranero español, cuento la feria según me fue en ella (con el mismo derecho que asiste a todos aquellos que desgranan calamidades y sobresaltos, pienso que inmerecidos, sobre Ciudad de México). Creo que es suficiente con ser precavido para disfrutar, de día y de noche, del DF a salvo de miedos infundados y angustias innecesarias. Yo al menos sí me sentí seguro (pido disculpas a quienes pueda desmoronar el mito) por las calles de la capital de México, el querido y añorado DF.

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Comentarios (3)

  • Viajes de Primera

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    Ahora que España siente en sus propias carnes el despecho de la mala (por errónea, sesgada y, también negativa) imagen internacional que de ella se da, es bueno reflexionar sobre la que nosotros tenemos (también) de otros países y/o ciudades y México (D.F.) es una buena referencia. Además de que las cifras se deben contextualizar (no para minimizarlas si no para entenderlas en su medida) no representan un peligro seguro. Se puede disfrutar, como bien dice Ricardo Coarasa del D.F. y de otros lugares del país, igual que de otros (¿todos?) rincones del mundo, con equilibrio y dos dedos de frente porque si no, salvo que se trate de un viaje por obligación o deber, ¿qué hacer uno allí?

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  • Juan Antonio Portillo

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    Por desgracia, Ricardo, la ignorancia basada en la credibilidad absoluta de toda la información o rumores que nos llegan, sin tan siquiera analizarlos o ponerlos en duda, limita a muchas personas la experiencia enriquecedora de vivir un viaje. Buen artículo. Un abrazo

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  • ricardo

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    Cien por cien de acuerdo con los dos. Gracias a ambos. Abz

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