Georgias del Sur: tras las huellas de Shackleton (II)

Por: Sebastián Alvaro (texto y fotos)
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La muerte de Scott no frenó los ímpetus de Shackleton. Por el contrario, le lanzó a concebir un nuevo desafío aún más difícil, “la última gran travesía terrestre”. Se propuso atravesar el continente antártico de punta a punta, pasando por el Polo Sur. Compró un ballenero de segunda mano, que debía trasladarles a la Antártida, y le rebautizó con el nombre de Endurance, resistencia, en homenaje al lema familiar que era “resistir es vencer”. La resistencia y el optimismo, otra de sus virtudes, fueron los pilares de su vida y la filosofía con la que la acometió todos sus proyectos.

Para reclutar a la tripulación puso un original anuncio en la prensa: “Se buscan hombres para viaje azaroso. Paga pequeña, frío intenso, largos meses en completa oscuridad, peligro constante. Regreso no asegurado. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Lo asombroso es que respondieron más de cinco mil personas, entre las que había varias mujeres, a pesar de “la paga pequeña” y de que “se buscaban hombres”. De entre ellas Shackleton seleccionó a 26, a las que luego se sumarían un polizón y él mismo como jefe de la expedición.

La historia de aquella expedición es, en realidad, la historia de una supervivencia al límite de las capacidades humanas

En el verano de 1914, casi al mismo tiempo que daba comienzo la guerra mundial, el Endurance ponía proa hacia Georgias del Sur. Mientras millones de personas perdían la vida en las trincheras de los campos de batalla europeos, Shackleton y un puñado de hombres iban a llevar a cabo una de las expediciones más extraordinarias de todos los tiempos.

La historia de aquella expedición es, en realidad, la historia de una supervivencia al límite de las capacidades humanas. Después de recalar en las Georgias el Endurance se dirigió al mar de Weddell donde quedó aprisionado por la banquisa muy cerca del continente antártico. Durante nueve meses el Endurance hizo honor a su nombre resistiendo el empuje de los hielos. Se encontraban atrapados en el peor lugar del mundo, a más de 15.000 kilómetros de casa, sin medios para comunicarse y sabiendo que nadie acudiría a rescatarles. Inglaterra se hallaba demasiado ocupada en la sangrienta contienda europea como para pensar en aquellos desdichados aventureros a los que ya se daba por desaparecidos.

Se encontraban atrapados en el peor lugar del mundo, a más de 15.000 kilómetros de casa y sabiendo que nadie acudiría a rescatarles

A pesar de estas sombrías perspectivas, era fundamental mantener la moral alta, y por eso uno de los lugartenientes de Shackleton, Frank Wild, fue el encargado de alegrar la vida cotidiana de los hombres organizando a diario partidos de fútbol, representando obras de teatro o leyendo fragmentos de la Enciclopedia Británica.

Antes de que el Endurance se hundiese en el mar de Weddell hecho astillas por la presión del hielo, Shackleton dio la orden de rescatar todo lo que pudiera serles de utilidad. Ni siquiera olvidan rescatar buena parte de los negativos expuestos de la expedición, en los que el fotógrafo, Frank Hurley (uno de los mejores de la época), nos ha legado uno de los testimonios gráficos más impresionantes de la historia de las exploraciones polares.

Durante los siguientes seis meses, los 28 hombres de la expedición viven sobre témpanos de hielo a la deriva, alimentándose de focas y pingüinos.

Meses más tarde, cuando por fin pueden echar al mar sus pequeñas lanchas, casi cascarones de nuez, se dirigen hacia el norte. Al fin logran desembarcar en Isla Elefante, un islote perdido en la punta norte de la península antártica. Después de 497 días volvían a pisar tierra firme. Pero su situación no había cambiado sustancialmente, seguían igual de perdidos.

Nuevamente Shackleton se vio obligado a tomar una drástica decisión: debía dividir el grupo, para capitanear una desesperada tentativa de alcanzar las Georgias del Sur, a 1.500 kilómetros de distancia, atravesando uno de los peores océanos del mundo. Por suerte, una de las grandes virtudes de Shackleton es que había escogido muy bien a sus hombres. Entre ellos estaba Worsley, el capitán del Endurance, que fue el encargado de dirigir la pequeña barca por un mar furioso, cuajado de témpanos, sin poder ver las estrellas y sin tomar más que alguna medición con el sextante. La distancia a salvar era tan enorme que una equivocación de un solo grado en el rumbo y se hubiesen perdido en las heladas aguas del Atlántico sur. Como los vientos dominantes en esa zona son del oeste, eran muy conscientes de que si se pasaban de largo las Georgias estarían definitivamente perdidos en el océano.

Después de 497 días volvían a pisar tierra firme, pero seguían igual de perdidos

Después de 497 días volvían a pisar tierra firme. Pero su situación no había cambiado sustancialmente, seguían igual de perdidos. Empujados por la furia del mar fueron a embarrancar en una zona atestada de arrecifes, justo al lado opuesto de las estaciones balleneras de donde habían partido casi dos años atrás. Llegar hasta allí ya había sido una hazaña increíble. Pero entre ellos y su salvación, las bases balleneras, aparecía un obstáculo infranqueable, otro más, en su camino: una sucesión de picos, glaciares y valles helados que nadie había atravesado jamás. Así pues, no les quedaba más remedio que cruzar a pie el interior desconocido de la isla. Era la última gran aventura que les quedaba por realizar: la gran travesía de Georgias del Sur.

Shackleton tuvo que dejar en la costa a tres hombres (dos enfermos que no podían dar un paso más y uno que se quedó a cargo de ellos) y emprendió la travesía con los dos que le restaban. No llevaban encima más que provisiones para tres días y una cuerda con la que sortear las grietas de los glaciares. Fue una marcha de casi cuarenta horas sin descansar. Como en otras ocasiones similares, al filo de la resistencia y de sus límites, sufrieron alucinaciones.

Después de 497 días volvían a pisar tierra firme. Les quedaba una última gran aventura: la travesía de Georgias del Sur

Cuando al fin alcanzaron la estación ballenera de Stromnes no parecían seres humanos, sino fantasmas en carne y hueso. Habían realizado la gran travesía de Georgias del sur. Aun así, lo primero que preguntaron fue si había terminado la guerra en Europa. No, les dijeron, y se enteraron de que ya habían muerto más de un millón de hombres en las trincheras.

Mientras los marinos de la estación ballenera recogían a los tres hombres que habían quedado en la costa, Shackleton organizó de inmediato una expedición para intentar rescatar al grueso del grupo, que esperaba en Isla Elefante, antes de que llegase el invierno y se helase la superficie del mar haciendo imposible la navegación. Tuvieron que retroceder dos veces ante el hervidero de témpanos de hielo que infestaba el océano.

Shackleton organizó de inmediato una expedición para intentar rescatar al grueso del grupo, que esperaba en Isla Elefante

Pero al final, gracias a la ayuda de un remolcador chileno, el Yelcho, Shackleton pudo avistar al fin el desolado islote donde había dejado sus hombres. Sus ojos recorrieron ansiosos la costa, contando mentalmente las figuras que aparecían agitando los brazos hasta comprobar que no faltaba ninguno de los veintidós hombres que aguardaban su regreso. Sólo entonces, pudo respirar aliviado y el nudo que ahogaba su garganta desde tres años atrás se deshizo y las lágrimas nublaron sus ojos. Había conseguido rescatar a todos sus hombres sanos y salvos. Aunque, desgraciadamente, bastantes de ellos llegaron a tiempo de perder la vida en las trincheras de los campos de Europa.

Pocas empresas en toda la historia de la humanidad pueden compararse con la hazaña vivida por Shackleton y sus hombres. Una aventura donde la solidaridad, el espíritu de equipo y el valor de la vida brillan por encima de todo.

 

Sebastián Álvaro y su equipo seguirán las huellas de Shackleton en Georgias del Sur realizando la misma travesía en una expedición patrocinada por Halconviajes.com y Salomba Ventures

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