Japón y su “demonios” internos

Hay un Japón que sale a la calle y otro distinto cuando cierra la puerta de casa
Ryokan, casa Tradicional Japonesa. Javier Brandoli

Japón es de los países que he conocido quizá el que me ha parecido más fascinante como viajero, y aquí convierto al viajero en el ser que duda frente el entorno. Hay un Japón que sale a la calle y hay un Japón distinto cuando regresa a casa y cierra la puerta. La soledad, entendí, envuelve la vida de los japoneses. Como si sintieran aún la vergüenza de que aquella civilización misteriosa que nadie colonizó, llena de candidez y preceptos sociales hoy, se mostró al mundo enseñando una crueldad salvaje durante la primera mitad del siglo XX. No sé si eso les hizo pensar que no podían salir de nuevo de allí o les hizo pensar que no pueden dejar que nadie entre. “Los japoneses no saben vivir con la culpa. Por eso intentan olvidar”, explica el periodista David Jiménez en su libro «Los Diarios del Opio» que le dice un amigo japonés. La culpa y vergüenza, en todo caso, son dos condimentos de la soledad.

En el país de sol naciente está todo tan mezclado y oculto entre velos de tul superpuestos que todo lo que contemplas descubres que tiene de nuevo encima otra ligera tela que retirar. La sociedad japonesa es la más educada y cordial que he conocido. Como si todos esos millones de personas tuvieran la incapacidad física de realizar cualquier acto que pudiera molestar a los demás. Y luego, cuando estás convencido de eso, mientras esperas una ordenada fila en una impoluta estación del Metro de Tokio, ves llegar el convoy y observas que hay vagones exclusivos para uso de mujeres. Entonces se cae otro velo y reafirmas que lo absoluto no existe, hasta en Japón, donde te dan las gracias cuando te dicen que no. Porque esos compartimentos sólo para féminas sirven para evitar a los que se llaman ‘chikan’, término que define a los acosadores que usan el transporte público cuando está abarrotado para manosear y restregarse con el cuerpo de señoritas y señoras.

Se llaman ‘chikan’, término que define a los acosadores que usan el transporte público cuando está abarrotado para manosear y restregarse con el cuerpo de señoritas y señoras

La “cultura” del sexo en Japón es centenaria. Su religión, el sintoísmo, carece de preceptos peyorativos o culposos sobre su práctica. Por tanto, la sexualidad ha formado parte de la sociedad japonesa durante siglos sin los inconvenientes de los tabús. Sin embargo, los japoneses viven el sexo tras un telón de privacidad, lo que genera un montón de parafilias extrañas que se realizan en la intimidad. El sexo ha empezado a convertirse para muchos en un asunto de uno más que de dos. “Muchos japoneses no están ya interesados en tener sexo con sus parejas. Especialmente en los matrimonios pasa que tras tener un hijo la pareja deja de dormir juntos. Prefieren masturbarse consumiendo porno o, los hombres, acuden a los karaokes que muchos son prostíbulos”, nos contaban en octubre de 2024 una pareja de amigos en Tokio. Ella japonesa, él italiano. Dos mundos que, entendimos, tenían sus propios equilibrios.

Hoteles de citas, Tokio. Javier Brandoli

“Cuando me encontraba cara a cara con algún miembro del sexo femenino no era raro que mis sentimientos viraran ciento ochenta grados y, en lugar de sentirme atraído por ella, notara que me invadía una extraña repulsión”, escribe Natsume S?seki en su novela “Kokoro”. Hay un documental muy divertido en Netflix que he visto en Bangkok, “Risque Business Japan”, donde unos coreanos van a Japón a descubrir cómo viven la sexualidad sus vecinos. Los coreanos alucinan con la nebulosa que envuelve las pasiones de la sociedad nipona.

Los datos confirman en todo caso esa percepción. Un estudio publicado a inicios de 2024 de la empresa basada en Tokio Raison d’être, en el que participaron 4000 personas casadas japonesas, concluyó que el 44% de los casados no tienen ninguna relación sexual. Cifras que contrastaban con un 50% de esos mismos encuestados que calificaron sus matrimonios de buenos o muy buenos. Para buena parte de los japoneses parece que el sexo y el amor son dos esferas diversas del matrimonio. El japonés parece encontrar un cierto desahogo en la soledad.

El 44% de los casados no tienen ninguna relación sexual. Cifras que contrastaban con un 50% de esos mismos encuestados que calificaron sus matrimonios de buenos o muy buenos

En marzo de 2018, nuestra primera mañana en Tokio entramos en un supermercado a comprar algo de agua para lo que sabíamos que sería una larga jornada de patear sus calles. Nos sorprendió al mirar en los estantes y las neveras que había muchos paquetes plastificados con una banana, una manzana, un muslo de pollo… Eran productos que se vendían ya empaquetados por unidades. Nunca habíamos visto algo similar.

“¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando?”, escribe el escritor nipón Haruki Murakami en su obra “Sputnik, mi amor”.

Mujeres vestidas con Kimono en Tokio. Javier Brandoli

Un artículo de enero de 2020 de la BBC que se titula “El auge de la cultura súper solitaria en Japón” habla de una costumbre que recibe el nombre de Benjo Meshi, que significa almuerzo en el baño. Algunos japoneses, ante el rubor y estigma que supone carecer de amigos en centros de estudio o trabajo, deciden encerrarse en el baño y comer sentados en la taza del váter. Algunas encuestas señalan que un cinco por ciento de los nipones admiten haber realizado algún almuerzo escondidos en el retrete.

Tampoco tiene nada reseñable. Recuerdo entrar en los baños públicos de la estación de Shibuya, en Tokio, por la que pasan más de 3,5 millones de personas al día, y encontrarlos más limpios que los de muchas casas privadas en la que he estado. “El japonés siente vergüenza de ensuciar un espacio común, nos lo enseñan desde niños”, me dijo Hayato, un japonés al que se lo comenté con el que jugaba al tenis.

Ohitorisama, que significa “una persona” o “fiesta de uno”. Se ha convertido en una nueva moda de jóvenes que salen a comer solos, se van de acampada sin amigos, o pasan una divertida velada cantando en salas individuales de karaokes

La soledad en Japón se ha hecho una epidemia que tiene dolencias específicas. Otra de ellas recibe el nombre de ohitorisama, que significa “una persona” o “fiesta de uno”. Se ha convertido en una nueva moda de jóvenes que salen a comer solos, se van de acampada sin amigos, o pasan una divertida velada cantando en salas individuales de karaokes. No creo que sea mala la práctica. Quizá todos deberíamos ejercitar la soledad. Saber estar primero solo es la mejor forma de poder estar bien en compañía después. Al menos, evita la duda de si se duerme en casa con un bulto al lado para evitar que en navidad te coloquen en la mesa de los sobrinos.

Pero la soledad puede ser también una dolencia que se agarra al pecho como las gripes del inicio del otoño. El hikikomori es un fenómeno psicopatológico que afecta a cientos de miles de japoneses que viven sin tener contacto social con nadie. Son personas que se esconden en sus guaridas para que nadie venga a importunarles con un buenos días al que deban responder. Un artículo del ‘Japan Times’ del 1 de abril de 2023 afirma que hay casi 1,5 millones de japoneses, lo que supone un 2% del total de la población, que sufren esa dolencia mental que les impide relacionarse con los demás. “Y desde entonces vivo ahí, sin haber trabajado ni una sola vez, ¡qué pedazo de gandul¡ (…) Dicho en palabras de ahora, vendría a ser un hikikomori”, escribe la japonesa Hiroko Oyamada en su obra ‘Agujero’.

Hiroshima. Javier Brandoli

Japón asemeja ser el experimento de una sociedad más avanzada que el resto. Un universo particular, genuino, con sus patógenos dentro. No quedan tantos lugares así en el globo.

Sin embargo, hay también una fachada, una sociedad escondida con graves heridas que curar. “Muchos soldados japoneses se fotografiaban asesinando, mientras reían. Enviaban las fotos a sus casa, a sus padres y sus hermanos, para ilustrar sus hazañas guerreras al servicio de la patria”, recuerda Javier Reverte en su libro “Un verano chino”, sobre la masacre que las tropas japonesas realizaron en la ciudad china de Nanking.

Las cifras de lo ocurrido son difíciles de digerir. “En Nanking murieron asesinadas, en siete semanas, a bayonetazos, quemadas vivas con gasolina, de disparos en la nuca, degüello, decapitación y fusilamientos, más de 300.000 personas, de ellas 280.000 no combatientes. Cerca de 80.000 mujeres, entre los once y los ochenta años, fueron violadas, y la mayoría de ellas asesinadas después”, escribe Reverte.

Cerca de 80.000 mujeres, entre los once y los ochenta años, fueron violadas, y la mayoría de ellas asesinadas después

Eso está en la psique japonesa. Esa culpa, esa necesidad de encontrar una armonía social para evitar caer al precipicio de los bajos instintos. Y funciona. “Me dejé una buena tablet en un tren en Japón y llamé para ver si la habían encontrada. Una semana después al regresar a Tokio me estaba esperando en el hotel que indiqué”, me contó Carlos, un amigo mexicano.

Yo cuando he ido a Japón tengo la certeza de que puedo darle al camarero mi cartera para que él se cobre sin ningún riesgo. No se deja propina en Japón, está mal visto, sería como deshonrar al profesional que ya cobra por ofrecer su mejor servicio. La propina pondría en duda eso, la honestidad del compromiso.

Y luego está lo otro, la sombra, lo que se barre bajo la cama, el grito y golpe tras la cortina. La elevada cifra de violencia en los hogares, el racismo latente, la sexualidad enfermiza…

Chicas japonesas, Tokio. Javier Brandoli

En Bangkok, donde yo vivo, hay una enorme colonia japonesa. Suelen vivir en determinadas zonas de la ciudad, ocupando condominios que convierten en patria, y luego tienen sus áreas de entretenimiento. Yo vivo cerca de la zona de Pat Pong, el primer gran barrio prostíbulo que hubo en la urbe. Sigue siendo una zona de masajes, karaokes y prostitutas. Un amigo vecino que lleva 15 años viviendo aquí me dijo: “Si tu quisieras entrar en alguno de esos clubes no te dejarían. Son para japoneses y sólo quieren que entren japoneses. Les gustan sus propias perversiones”.

Y sin embargo, pese a todo, siempre siento que hay algo de inocente en este admirable pueblo, de naif, de gentes que no entienden la reglas del resto del mundo con sus cambalaches y sortilegios. Rudyard Kipling dice en su libro “Viaje a Japón” que “un japonés será deshonesto tan solo para ahorrarse molestias. En ese sentido, es como un niño”.

Y yo, entre todas esas capas que no soy capaz de develar, siento que me fascina caminar por Tokio, a cualquier hora, en cualquier circunstancia, contemplando el respeto que tienen por el entorno, su estruendosa voz en las tabernas, el silencio del metro, la mezcla entre lo clásico y lo aún no inventado, su idolatría morbosa por ciertas figuras y cómics, la delicadeza con la que tocan todo, su soledad.

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