Lalibela: la Jerusalén negra del rey de las abejas

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje

Esta ciudad prodigiosa donde mirar hacia arriba es mirar hacia abajo, donde la tierra parece haber engullido la obra del hombre en un arrebato colérico, rebosa historia y mitos a partes iguales. Etiopía, nación entre naciones, soñó un día con una Jerusalén africana que ahorrara a los cristianos la larga peregrinación a la ciudad santa de David y Salomón. Lalibela es la respuesta. Semejante prodigio sólo podía estar al alcance de un rey coronado por un enjambre de abejas. Llegar hasta allí no fue fácil, pero el magnetismo que desprende este enclave aureolado por la leyenda es demasiado intenso para dejarse doblegar por el camino.

Nos costó nueve horas recorrer los 280 kilómetros que separan Mekele de Lalibela, nueve horas rehilando puertos por el montañoso norte de Etiopía. La ciudad asoma al fin sobre una colina, enigmática y tan lejana como si la distancia no se midiera en metros, sino en siglos. La Jerusalén negra atesora once iglesias excavadas en la roca que, con certificado o sin él de la Unesco, son una de las maravillas de este ancho mundo con capacidad infinita para sorprendernos.

Dios reveló a Lalibela que reinaría a condición de que edificara diez iglesias que emularan a los templos celestes

Fue el rey Lalibela, quien terminó dando nombre a la antigua Roha, el que se decidió a acometer empresa tan descomunal en el siglo XII. El monarca etíope fue un ser extraordinario desde el mismo momento de su nacimiento, cuando un enjambre de abejas sobrevoló su cuna sin picarle, un presagio de majestad. La legión de insectos había elegido a su rey, hasta el punto de que su madre decidió llamarlo Lalibela (“las abejas reconocen su soberanía” en lengua agaw).

Con el tiempo, su hermano mayor, destinado a reinar, intentó alterar el veredicto y mandó asesinarlo, pero una cohorte de ángeles lo ascendió a los cielos, donde Dios le reveló que no era todavía su hora y que finalmente reinaría a condición de que edificara diez iglesias que emularan a los templos celestes que había podido admirar fugazmente en ese arrebato místico. De nuevo los ángeles lo transportarían, antes de coronarse como soberano, hasta Jerusalén, donde decidió levantar una réplica en las montañas etíopes de Lasta, para que los cristianos pudiesen peregrinar hasta allí mientras la Ciudad Santa estaba en manos de Saladino. El empeño le llevó veinte años y, ocho siglos después, las iglesias de Lalibela siguen asombrando al mundo.

Pronto nos acechan los guías locale; uno, que está concienciado de que el turista es en cierto modo una suerte de ONG ambulante, no se resiste

Los templos están divididos en dos grupos separados por el río Yordanos (Jordán). A un lado, la representación del Jerusalén terrenal; al otro, el celestial. Alejada de ambos, la iglesia más espectacular, la de Bete Giorgis, excavada en honor al patrón de Etiopía, San Jorge. La primera visión, no obstante, es horripilante, pues modernas estructuras de acero cubren por completo uno de los templos, el de Bete Medhane Alem, el más grande de todos con sus 37 metros de largo y casi 24 de ancho. Su protección, seguro, es muy beneficiosa, pero estéticamente el contraste es demasiado acentuado para no llevarse un chasco. El progreso, a veces, está reñido con la lírica.

Pagamos 200 birrs por entrar y enseguida nos acechan los guías locales, que reclaman otros 150 (casi diez euros, un precio excesivo sin duda) por hacer de cicerones. Uno, que está concienciado de que el turista es en cierto modo una suerte de ONG ambulante, no se resiste. Bajamos a las entrañas de la tierra entre los recovecos donde la fe se hizo un sitio. Resulta abrumador imaginar cómo se las apañarían para ir modelando columnas y capiteles y vaciando naves hasta levantar unos templos que, a decir del primer europeo que los admiró, el capellán portugués Francisco Alvares, “no es posible que en el mundo se hallen otros tales”. Ya dentro, la luz es muy tenue y el temor a las pulgas, chinches y demás parásitos que pueblan las alfombras (a veces se les ve saltar de forma gimnástica) se acentúa cuando toca descalzarse para recorrer la iglesia, como es preceptivo en todos los lugares sagrados etíopes. En la penumbra tres tumbas están acompañadas de otros tantos nombres, y no cualesquiera: Abraham, Isaac y Jacob, nada menos, otro guiño a esta ciudad construida sobre metáforas y vínculos espirituales con Tierra Santa.

Asumo mi condición de intruso, pero sin aspavientos ni falsos remordimientos: los 200 birrs de la entrada deben contribuir, modestamente, a que esta maravilla no se desmorone

La visita se sucede entre pasadizos, túneles de roja arenisca, fosos verticales y decenas de cuevas donde los eremitas todavía buscan a Dios en la oscuridad. Oran sin descanso desatendiéndose de cualquier alimento y, al paso del turista, alguno se cubre completamente con su gabi, protegiendo su fe de la mirada extraña. ¿Qué pensaríamos nosotros si junto a los confesionarios de nuestras iglesias se detuviesen los turistas, cámara en mano, escudriñando esa intimidad espiritual? Asumo mi condición de intruso, pero sin aspavientos ni falsos remordimientos: los 200 birrs de la entrada deben contribuir, modestamente, a que esta maravilla no se desmorone un buen día por falta de recursos.

La iglesia preferida del rey Lalibela, Bete Mariam, tiene sólo tres naves y su altar, como los demás, está orientado hacia el Este, mirando a la hermana Jerusalén. Fuera hay un pequeño estanque donde las mujeres se bañan en busca de la fertilidad. Todo es mágico en este recorrido intimista por el subsuelo. Sobre nuestras cabezas proyectan sus sombras rudimentarios puentes de madera que permiten a los monjes acceder a las iglesias por arriba. Es fácil encontrarse con algunos de ellos orando en el interior de los templos, cantándole a su Dios con sus keberos (tambores) y sistros (una especie de sonajeros de piezas metálicas). Apoyados sobre los mekuanias, bastones con los que marcan el ritmo de la música, siguen con su ritual sin dejarse alterar por la presencia del visitante.

Peregrinar hasta aquí al menos una vez es una obsesión para cualquier cristiano etíope, que volverá a su hogar satisfecho con un puñado de tierra roja en el bolsillo

En Bete Golgota se encuentran los restos del rey Lalibela, pero su tumba no se puede visitar. La devoción de los fieles estuvo a punto de arruinarla por las lágrimas de emoción, la cera de las velas y las incesantes caricias que desgastaron la piedra. Inevitablemente, me acuerdo del pilar horadado por los besos de los devotos en la querida basílica del Pilar en Zaragoza. Peregrinar hasta aquí al menos una vez en la vida es una obsesión para cualquier cristiano etíope, que volverá a su hogar satisfecho con un puñado de tierra roja de Lalibela en el bolsillo.

Pero la culminación de la visita se produce al llegar a la iglesia de San Jorge, con su inconfundible planta de cruz latina enterrada en la montaña, sin parangón en el arte africano de la época. Para quienes, ingenuamente, piensan que la historia de África comienza con la colonización he aquí un inmejorable ejemplo del excepcional legado histórico y artístico de Etiopía, la nación cristiana con la que fabularon los reinos europeos de la Edad Media buscando al mítico Preste Juan, quizá el propio rey Lalibela. Cuantan que fue el enfado de San Jorge, al ver que no habían consagrado en su honor ninguna de las diez iglesias, lo que determinó al soberano a acometer la construcción del undécimo templo, el más espectacular. Cumplió con creces.

Arriba, en la superficie, se acerca a Bete Georgis una comitiva fúnebre. Se escuchan los sollozos y ayes desgarrados de las plañideras

Dentro de San Jorge, reproducimos el ritual de saludar respetuosamente al sacerdote de vistosa túnica y besar su cruz procesional, que todos exhiben orgullosos. Dos peregrinos ciegos comparten la emoción del momento. Allí arriba, en la superficie, se acerca a Bete Georgis una comitiva fúnebre. Se escuchan los sollozos y ayes desgarrados de las plañideras. La iglesia está a punto de cerrar para el funeral. Al salir, me arrodillo para coger un puñado de tierra de Lalibela.

consejos prácticos
Tras la ración de espiritualidad, no está de más aventurarse por la noche de Lalibela para beber unos tragos de teich, el licor de miel local, y cantar canciones etíopes. Nosotros lo hicimos en el “Tej House” y lo pasamos en grande entre un grupo de amharas de Dessie, la capital de la región de Wollo. Fue una noche de carcajadas y litros de teich, de gritos guturales al son del masiko (pequeño violín de una sola cuerda) y camaradería alcohólica, el perfecto contrapunto para una jornada de rebosante misticismo.

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Comentarios (2)

  • arturo

    |

    Francamente espectacular la historia. Son ustedes una de las más atractivas ventanas para asomarse a Africa. Enhorabuena de corazón

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  • Mere

    |

    Entre el sagrado augurio de las abejas y la sombra oscura del mítico Saladino… Bañas tus historias en leyenda, convirtiéndolas en relato épico y me encanta. Por eso las leo con la ilusión de una niña que devora un cuento de hadas 🙂 Gracias

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