Lohamei Hagetaot: la voz del gueto de Varsovia

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje
A sólo unos kilómetros de la frontera con El Líbano, en la Galilea Occidental que mira al Mediterráneo, se encuentra Lohamei Hagetaot, el kibbutz de los supervivientes del gueto de Varsovia. Habían logrado esquivar la barbarie nazi, pero tan importante como estar vivos y mirar decididamente hacia el futuro era perpetuar la memoria de los que se quedaron por el camino, luchar para que el Holocausto no se perdiese en los meandros del olvido.

«No quise olvidar. Es importante no hacerlo, pero no para enfangarme en el pasado, sino para mirar hacia el futuro». Quien así habla es Havka Raban, 84 años, aparentemente una mujer frágil vencida por la vida. Pero nada más lejos de la realidad. Havka es una de las últimas supervivientes del Gueto de Varsovia. Una mujer dura como un pedernal, una heroína en toda regla con la memoria intacta y la palabra certera. Nacida en Varsovia, tras la invasión nazi se integró en los grupos de resistencia del gueto en 1941. Trabajaba como mensajera entre los distintos guetos. Pasaba de Varsovia a Cracovia con identidad falsa con diarios clandestinos que alimentaban la resistencia de los judíos polacos.

Havka es una de las últimas supervivientes del Gueto de Varsovia. Una mujer dura como un pedernal, una heroína en toda regla con la memoria intacta y la palabra certera

En 1942, sus compañeros partisanos colocaron una bomba en la cafetería Cyganeria, frecuentada por oficiales de la SS. A ella no le dejaron participar, pero esperó a los autores del atentado en un piso franco «con comida caliente». Alguien les delató y los arrestaron a todos. Condenada como colaboradora, fue trasladada a Auschwitz, donde le raparon y le tatuaron el número que todavía luce en su brazo izquierdo. Se adentró durante dos años «en un mundo que no es mundo». «No olvidaré nunca el olor a carne quemada ni el humo que salía de las chimeneas de los crematorios», confiesa con una entereza que paraliza. Terminada la guerra, fue canjeada por prisioneros alemanes en Suecia a través de Cruz Roja Internacional. Cuatro años después, se convirtió en una de las fundadoras de este kibbutz. «La idea surgió en el guetto, cuando empezamos a pensar en la insurrección y en que los que sobreviviéramos creásemos una comunidad en Israel», recuerda. Havka se deja fotografiar, enseña su número tatuado con el orgullo de quien ha mirado cara a cara a la muerte y ha vivido para contarlo. Sigue residiendo en el kibbutz y cualquiera que se acerque hasta allí debería tener el privilegio de escucharla.

Un kibbutz contra el olvido

Havka, como otros cuarenta partisanos y sobrevivientes del Holocausto (la mayoría proveniente del gueto de Varsovia), se asentó aquí en abril de 1949. Con el empeño de preservar la memoria del dolor (tan necesaria para no reincidir en la ignominia) juntos levantaron el primer museo que se edificó en el mundo sobre esa gran tragedia. Visitarlo hoy es una deuda pendiente para cualquiera que piense que mantener viva la memoria es el único antídoto para no repetir las páginas más desoladoras de nuestra historia.

Todo gira en torno a la Casa de los Combatientes del Gueto (Beit Lohamei Hagetaot). A simple vista, lo primero que sorprende al viajero es un imponente acueducto que parece proteger al museo. Fue construido hace casi 200 años por los otomanos para abastecer de agua a los habitantes de San Juan de Acre (Akko) desde los manantiales de Kabri. A su lado, un anfiteatro con capacidad para 15.000 personas ahora vacío, donde cada año se conmemora el Día del Recuerdo del Holocausto.

Las salas del museo se recorren con el estómago atenazado y el corazón triste. El visitante tiene ante sí, por ejemplo, el cubículo donde fue juzgado a principios de los 60 Adolf Eichman, el responsable de que los trenes que llevaban a los judíos a la muerte no se detuvieran. El Mossad, los servicios secretos israelíes, le siguieron los pasos durante más de diez años. Se había refugiado en Argentina bajo la identidad de Ricardo Clemen, pero finalmente fue capturado y en mayo de 1960 llegó a Tel Aviv para ser juzgado. Muchos de los testigos que declararon contra él vivían en el kibbtuz Lohamei Hagetaot. Para el pueblo de Israel fue una especie de exorcismo: una cuarta parte de la población era superviviente de la Shoa (el término hebreo que define el Holocausto).

Dejadme seguir siendo niño

Lohamei Hagetaot está lleno de frases que te llegan al corazón con la fría precisión del horrror. El Museo de los Hijos de Yad Layeled habla a los niños del Holocausto. ¿Están nuestros pequeños preparados para entenderlo? El recinto, un enorme cilindro de hormigón, se recorre en sentido descendente. Es un viaje en el tiempo a través de los guettos, de la atmósfera opresiva del nacismo y un homenaje, a la vez, al millón y medio de niños que sucumbieron a la barbarie. «Nunca habría querido crecer. Es cien veces mejor seguir siendo un niño», se lee en una de las paredes. Una reflexión entre un millón de esos niños a los que el Holocausto no dio opción de añorar su niñez.

Psdta.- En el momento de escribir estas líneas los obituarios de los periódicos informan de la muerte, a los 97 años, de otro superviviente del Holocausto, Jacques Stroumsa, “El violinista de Auschwitz”, a quien tuve el honor de conocer y escuchar en Jerusalén, gracias a la amabilidad de Casa Sefarad de España, hace ahora un año. Vaya desde aquí mi homenaje sincero a un hombre extraordinario, sobre el que VaP escribirá más adelante el reportaje que se merece.

el camino
Desde Tel Aviv hay que tomar la Ruta 6 (que une el norte y el sur de Israel). Pasado Haifa, el kibbutz de Lohamei Hagetaot se encuentra entre las ciudades de Akko y Nahariya, a dos horas por carretera de la capital.

una cabezada
El viajero puede dormir en la cercana Akko, donde la oferta hotelera es amplia, pero VaP recomienda pernoctar en la hospedería del kibbutz, Bayit ve-Kayit, que ofrece alojamiento y, sobre todo, la oportunidad de disfrutar de una experiencia única en una de estas comunas agrícolas sobre las que se asentó el moderno Estado de Israel.

a mesa puesta
El restaurante del kibbutz, La Paz, está regentado por una pareja de judíos argentinos, lo que garantiza buenos asados. El desayuno, copioso y con productos típicos hebreos, es especialmente recomendable. La apertura de este local hace un par de años no estuvo exenta de controversia, pero supuso una fuente de ingresos más para una comunidad a la que la crisis tampoco ha dejado indemne y que vive inmersa en un cúmulo de contradicciones entre su fidelidad sentimental al socialismo agrario en un mundo regido por la economía de mercado. Como confiesa Nora, una de sus vecinas, «tuvimos que vender nuestra alma al diablo». Una fábrica de productos vegetarianos es ahora su principal fuente de ingresos. Un guiño al capitalismo que viven con resignación.

muy recomendable
-Es sorprendente admirar en el museo alguna de las 4.000 obras de arte elaboradas en el gueto de Varsovia, que demuestran que el ingenio siempre es más fuerte que el terror y la adversidad.
Darse un vuelta por el kibbutz y sentir el pálpito de los cambios de una experiencia de vida comunitaria, donde la propiedad privada no existía, sacudida ahora por los nuevos tiempos. Charlar con los pioneros sobre los primeros años en el kibbutz y percibir el recelo con el que algunos hablan de los árabes (todavía no permiten vivir dentro ni a los palestinos que trabajan en el kibbutz).

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Comentarios (3)

  • Iris

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    Estremecedor testimonio. Que lindo que esta gente siga teniendo fuerzas para dar testimonio de esa barbarie. Es importante que no olvidemos. Su pagina es muy interesante, no conocia

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  • Nora

    |

    No deberiamos hacer conocer mas sobre el Holocausto a las nuevas generaciones, para que este tipo de genocidio y barbarie de pueblos que se creen tan cultos no vuelva a suceder?

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  • ricardo

    |

    Pues eso pretendemos con reportajes como éste. Recordar las páginas más negras de nuestra historia para que no se repitan. Muchas gracias por asomarte a VaP

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