Madeira, la isla donde se pisan las nubes

El cruce de caminos entre dos mundos
Acantilados de Madeira. Foto: Sergio Cuadrado

Apenas hemos salido de Funchal, la capital de esta pequeña perla que una erupción prehistórica sacó a la luz en pleno Atlántico, cuando nuestro coche alquilado comienza su diaria escalada por caminos de desniveles imposibles. Después de cada curva, y no crean que hay muchas, aparece otra pendiente más absurda que la anterior. A fin de cuentas, debieron pensar los ingenieros, ¿quién necesita curvas si puede poner rectas formato montaña rusa?

Media hora y tres toneladas de estrés después, cuando nos detenemos al fin en el aparcamiento del Pico de Arieiro, que vamos a visitar, escucho una exclamación: “Mira, ¡estamos por encima de las nubes!”. Normal, pienso yo. Y no nos habremos quemado las alas, como Ícaro, por poco. Y más asusta pensar en la bajada. Si un día vivo en Madeira, montaré una fábrica de frenos.

Acantilados cortados a espada, plantas endémicas prehistóricas, nubes que abren paso a una visión del océano que impresiona

Bromas aparte, el paisaje es embriagador. Como por ensalmo hemos pasado, en apenas dos ratitos, de un día soleado a una niebla cerrada de invierno y vuelta, tras cruzar el mar de nubes, al sol de justicia.

Pero eso no es todo. La caminata que nos espera, que comunica dos de los picos más altos de la isla, cercanos a los 2.000 metros, no es apta para enfermos de vértigo ni aquejados de síndrome de Stendhal. Acantilados cortados a espada, plantas endémicas prehistóricas, nubes que abren paso a una visión del océano que impresiona. Pienso en que así, como yo ahora, debió sentirse Núñez de Balboa cuando se convirtió en el primer occidental en posar sus ojos en el Pacífico. Luego recuerdo los seis millones de turistas que han pasado por aquí, dos o tres mil de los cuales están hombro con hombro conmigo en este momento, y se me baja el calentón aventurero.

Mar de nubes. Foto de Juan Ignacio Sánchez

Madeira, descubierta por Joao Zarco en los albores del siglo XV, es una isla que vive para el turismo, que nutre el 30% del PIB y en el que se emplean dos de cada diez habitantes. Sin embargo, esto no siempre fue así. En sus primeras etapas tras el descubrimiento portugués, la isla se convirtió en una de las primeras productoras mundiales de azúcar, que se exportaba a todo el mundo.

Luego los negocios se diversificaron, tomando la agricultura, especialmente de viñedo, el relevo del azúcar. Los vinos de Madeira se hicieron conocidos en todo el mundo. Más aún cuando se descubrió que las largas travesías por mar no solo no lo dañaban, sino que le hacían bien, y los ingleses lo llevaron masivamente a sus colonias americanas. Al parecer, hay fuentes fidedignas que aseguraron en su día que cuando el Congreso de los Estados Unidos firmó su Declaración de Independencia el famoso 4 de julio de 1776, fue con vino de Madeira con el que brindaron los Washington, Jefferson, Franklin y compañía. 

Hay fuentes fidedignas que aseguraron en su día que cuando el Congreso de los Estados Unidos firmó su Declaración de Independencia el famoso 4 de julio de 1776, fue con vino de Madeira con el que brindaron los Washington, Jefferson, Franklin y compañía

Y no son los padres de la patria del tío Sam los únicos personajes relevantes vinculados a Madeira. Junto al parque de Santa Catarina, en pleno centro de Funchal, se enseñorea una estatua dedicada a Sisí, la gran Emperatriz de Europa, que pasó aquí una larga temporada en la segunda mitad del siglo XIX en su lucha contra los problemas respiratorios. Esto le dio gran notoriedad a la isla como destino de salud y lujo para la aristocracia europea, y fue el pistoletazo de salida de una explosión turística que ha sido ya imparable desde mediados del siglo XX.

Un sobrino nieto de Sisí, Carlos I, triste protagonista de los libros de Historia por ser el último Emperador de Austro-Hungría, murió exiliado en Madeira en 1922. Y el polifacético Winston Churchill tiene una bonita colección de cuadros pintados a orillas de la isla.

Pero, sin duda, el nombre propio que el imaginario popular asocia a Madeira es el de Cristiano Ronaldo. No necesita presentación porque el fútbol es en nuestro planeta lo que más rápido se propaga después de la luz, y el hombre lleva dos décadas haciendo goles de todos los colores.  

Mercado del pez. Foto de Sergio Cuadrado

Como es un personaje tan controvertido, decidimos hacer una encuesta de andar por casa sobre su figura. Así que, en cada restaurante, en cada lugar turístico, en cada bar… soltábamos la pregunta: ¿Y Cristiano Ronaldo qué tal? ¿La isla está con él? Hubo unanimidad en dos conclusiones. La primera: todos piensan que Cristiano cae mal a muchos, pero aseguran que a ellos no, que precisamente a ellos les cae muy bien. Alguno incluso se jacta de reconocer cuánto bien le ha hecho su figura a la isla, y destacan lo proclive que es a gastar su dinero en ayudar a los necesitados…

Destacan (de CR7) lo proclive que es a gastar su dinero en ayudar a los necesitados…

La segunda conclusión es que Cristiano será lo que sea… pero su familia… ¡Ay que ver con su familia! Toda ella, además; madre, hermanas, primos… son garrapatas que le sacan la sangre y viven a la sopa boba sin dar un palo al agua y paseándose por la isla con aires de grandeza. Madeirenses dixit.

Lo de las playas…

Resuelto el dilema, y agradeciendo a Cristiano Ronaldo la cantidad de excusas que nos dio para acercarnos a la barra de un bar y pedirnos una Coral bien fría (espumosa y con cuerpo, la cerveza local, por cierto), hay que comentar otra de las grandes sensaciones de una isla que, con más de 260 kilómetros de costa, apenas tiene siete u ocho playas…por llamarlas de alguna manera.

El mar de Madeira. Foto de Sergio Cuadrado

Como buena isla volcánica, la inmensa mayoría de su costa es un cinturón de acantilados -el de Girao es el más alto, con casi 600 metro sobre el nivel del mar- donde predominan los basaltos y las lavas solidificadas. La única playa de arena en la que se puede uno bañar no alcanza el ancho del arenero de mi gata. Un desastre. Nada que ver con el paraíso con el que uno sueña cuando piensa en irse de vacaciones a una isla en mitad del océano… 

Una isla que, con más de 260 kilómetros de costa, apenas tiene siete u ocho playas…por llamarlas de alguna manera.

Y uno tiende a pensar que debería ser más listo y haber sabido antes algo tan básico como que en Madeira no hay dónde nadar más allá de la piscina… Pero cuando, después del primer día, aparecíamos en el comedor del hotel vestidos de montañeros dispuestos a explorarlo todo y veíamos desayunar a esas lindas parejitas con sus conjuntos playeros y su actitud playera, no podíamos evitar esos aires de superioridad de los malos viajeros que se las dan de enterados por lo que descubrieron hace un rato.

Eso sí… Para compensar los disgustos de las playas, la naturaleza caprichosa dotó a la isla de unas cuantas piscinas naturales, formadas originalmente por lava volcánica solidificada que creó pozas en contacto con el mar, y que, pese a haber sido adaptadas para la comodidad humana, conservan su atractivo natural y seguro para el baño. Las más famosas están al norte, en Porto Moniz y Seixal. Damos fe de que es un baño de lo más agradable.  

Bosque de Laurisilva. Foto de Sergio Cuadrado

Ahora bien, si la puerta quedó semi cerrada para los bañistas en Madeira, las ventanas se abrieron de par en par para los amantes de la naturaleza. Por resumirlo: no es fácil concebir cosas tan bellas en tan corto espacio de terreno. Porque Madeira es una isla relativamente pequeña, que no se tarda en recorrer demasiado, pero que esconde en su interior secretos impensables. La cresta que recorre los Picos de Arieiro y Ruivo es una de ellas que ya comentamos.

Pero hay muchas más. Hay una ruta que corta el macizo central como un cuchillo, atravesando su valle por un bosque de laurisilva de tanta frondosidad y tan poco mancillado por el hombre, que tiene uno la sensación de haber viajado hacia atrás en el tiempo cuando se interna en él. Tanto es así, que la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1999.

Para los amantes del senderismo la isla entera es una fiesta

Para los amantes del senderismo la isla entera es una fiesta. Hay rutas muy masificadas -porque su belleza es extrema- como la del Caldeiro Verde, o la de las 25 fontes. Pero otras que no requieren demasiada destreza y que vienen con el regalo de estar poco concurridas.Lo de las flores…

Lo de las flores…

Y si el senderismo es de locos, para los aficionados a las plantas y, sobre todo, las flores, la isla es como un enorme parque de atracciones. Yo, que tengo la suerte de viajar con una botánica sin título, no podía dejar de sonreír cuando se me informaba permanentemente de la existencia de árboles, plantas y, sobre todo, flores que, por lo que se ve, con gran dificultad y trabajo se cultivan en España pero que, en Madeira, crecen salvajes por todos lados; enormes, de todos los colores, con frutos que sobrepasan la lógica del tamaño y las formas.

Madeira, la isla de las flores. Foto de Sergio Cuadrado

Vimos crecer en los bordes de la carretera agapanthus, plumerias, aves del paraíso, bromelias, jacarandas, costillas de Adán con gigantescos frutos comestibles, heliconias, jengibres kahili y orquídeas autóctonas de la isla. En palabras de mi compañera en éxtasis: “es como mezclar la flora del norte y del sur, todas ellas exuberantes y hermanadas en el Atlántico”.

«Es como mezclar la flora del norte y del sur, todas ellas exuberantes y hermanadas en el Atlántico»

De hecho, y pese a que de todo se podía ver de forma natural y espontánea por todos lados, hay en la isla varios jardines botánicos, uno de ellos de un tamaño casi similar al Retiro de Madrid, donde se cultivan cientos de tipos de flores y de árboles distintos.

Solo cabe destacar, para cerrar, que también en la isla de Madeira existe un enorme turismo de deporte acuático -seguramente para compensar la falta de playas-. Se puede, con un poco de tiempo y un mucho de recursos económicos, alquilar una piragua, salir en barco a descubrir el entorno marino, montar en una carabela como las que Colón utilizó para descubrirle América a los europeos, o hacer snorkel y buceo.

La isla es un cruce de caminos entre Europa y América. Sergio Cuadrado

Y, aunque debo confesar que de eso no obtuvimos experiencia alguna, también hay un turismo de lujo con inmensos y exclusivos hoteles y restaurantes en los que comer y probar todo tipo de caldos en cuidados y extraordinarios jardines.

El éxito de unas vacaciones es no querer que acaben. Es difícil hacerse a la idea de salir de Madeira. Para ayudarnos, nos envolvimos, la última noche, en música, estrellas y poncha, esa bebida de aquí que mezcla zumo de naranja y de limón, miel y aguardiente de caña de azúcar… Y que tiene el encanto de la dulzura y el instinto de los asesinos de neuronas.

El «jardín» de Madeira. Foto de Juan Ignacio Sánchez

En el avión de vuelta a casa te sientes algo extraño. No sabes siquiera bien cómo explicar un lugar que no es un retiro de playa, ni una cordillera, ni un jardín tropical, ni un monte en el que perderse por empinados caminos, ni el sitio donde fallecen los vientos alisios, ni la tierra de los viejos vinos dulces, ni el lugar donde caminas sobre las nubes. Madeira es todo eso a la vez.

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