Mandela o Rolihlahla: tirando de la rama de un árbol

¿Qué pensaría Mandela cuando quizá pensaba que su vida se le iba encerrado esta vez en la cela de un hospital? ¿Quién es y qué significa Mandela para los sudafricanos? ¿Es posible este enloquecido e imposible país sin su figura? Yo hablo de mis impresiones. Esta vez no hablo de mi vida en Sudáfrica, hablo de como entiendo a Rolihlahla.
Cárcel de Robben Island

Vivir en Sudáfrica la muerte de Mandela es algo que he imaginado desde que llegué aquí la primera vez el año pasado. Recuerdo que en la final del Mundial, cuando antes del partido salió en un cochecito de golf a dar la vuelta al campo, tuve la sensación de estar viviendo un momento único. “Sólo por ver esto ya merecía la pena estar aquí”, comenté con mis amigos Daniel y Alberto.

El personaje me enloquece, su vida, su manera de inventar un país. Una forma de vivir en armonía que sin él parece algo más que un milagro. Sudáfrica, la Sudáfrica de hoy, es un invento suyo, de sus palabras. Escribía en un artículo que me pidieron en El Mundo sobre el futuro de Sudáfrica “¿qué puede haber más radical que su perdón?”. Un tipo que se pasa 27 años en la cárcel, apartado de su familia, sufriendo todo tipo de torturas y que cuando toma el mando proclama una idea, que borró el manual de respuestas de sus opositores, de mirar al futuro y olvidar los arañazos.

Mandela es Dios en este país. Su figura es querida y respetada por casi todos como si fuera la de un padre. Una sombra para desmanes insensatos que ensombrece a los amantes de aparecer en los libros de historia. Los futuribles Mugabe saben que con él mirando de reojo nada es posible. Su palabra retumba en los oídos de todos los sudafricanos: “Miraremos al futuro y viviremos en una sociedad donde la raza no sea un factor determinante”.

Cerca de la Mandela Square, se agotan en los restaurantes las botellas de champán entre grupos de la incipiente y reducida nueva guapa clase negra sudafricana.

Pero, ¿cómo mirará Madiba su obra? Supongo que con una cierta tristeza y con un cierto orgullo. Tristeza de no haber conseguido borrar la miseria en la que vive la mayor parte de la población negra. De ver como esa extraña coalición que es el ANC, su partido, se ha convertido en muchos casos en un cuerpo de políticos corruptos que pasean en flamantes deportivos por los mejores calles de Sandton, en Johannesburgo. Allí, cerca de la Mandela Square, se agotan en los restaurantes las botellas de champán entre grupos de la incipiente y reducida nueva guapa clase negra sudafricana. Enfrente, compartiendo espacio, que no mesa, los blancos siguen atesorando la mayor parte de la riqueza. No muchos kilómetros más allá la pobreza se agolpa sobre las barriadas de Soweto, caldo de votos del partido en el gobierno. Cuidado, hay mejoras, muchas, como la indispensable de ser libres, pero la tierra prometida para la gran mayoría está aún muy lejos. Sudáfrica sigue siendo un espejo cóncavo en el que mirar el tiempo.

Sería demagógico decir que el blanco es culpable de trabajar y prosperar, pero el golpe más certero que dio el régimen del apartheid para aniquilar a la población de color lo dio en la escuela. Borraron para los negros, por ejemplo, las matemáticas, e hicieron casi un sueño imposible su llegada a la universidad. 17 años después de la democracia inventada por Mandela los niveles educativos siguen siendo escasos, ínfimos, regalando aprobados por color de piel y creyendo que repartiendo títulos y puestos de trabajo de alto rango se termina con la opresión. Falta preparación cultural y desempolvar complejos entre la antigua clase oprimida.

¿Y el futuro? De nada sirve que el directivo de una empresa sea un negro por decreto -que las leyes actuales son racistas a favor de los negros-, si no está preparado para el cargo. Qué se puede decir si el presidente del país es un hombre sin estudios y aficionado a gastar millones en su numerosa familia o en invitar a destacados dirigentes africanos en la final de la Copa del Mundo a una fiesta en la que salieron a un gasto de más de 100.000 euros por cabeza (la noticia se publicó esta semana en la prensa). Entre los invitados dirigentes estaban personajes de gran calado humanístico como Mugabe u Obiang.

Cuando se va a la playas de Cape Town, bajo un hilera de chalés de lujo que ascienden por la montaña, y se observa que los únicos negros que hay en la arena ponen sombrillas o venden agua, parece imposible que no haya habido un baño de sangre.

Mandela supongo que se entristecerá también al ver las altas cifras de sida del país. Ahí tiene una responsabilidad directa su Gobierno y los posteriores. En un principio se miró a otro lado e incluso se llegó a decir que la enfermedad era un invento de los blancos. ¿Resultado? El contagio se extendió geométricamente mientras el presidente Mbeki decía que se curaba con medicinas naturales y mantenía la idea de la conspiración y su sucesor, Jacob Zuma, hablaba de curas con duchas o circuncisiones. Mandela tampoco le prestó especial atención durante su mandato, aunque al menos el bueno de Madiba entendió el error y su Fundación comenzó a recaudar fondos para la lucha contra el sida.

Estos son las pocas lágrimas que imagino en el rostro de Mandela en su cama del hospital Milpark de Joburg. El resto de su vida es sencillamente un ejemplo para toda la humanidad. Cuando se va a la playas de Cape Town, bajo un hilera de chalés de lujo que ascienden por la montaña, y se observa que los únicos negros que hay en la arena ponen sombrillas o venden agua, parece imposible que no haya habido un baño de sangre. Luego, uno va a la playa de Kalk Bay, plagada de familias negras comiendo en la arena, haciendo hogueras y barbacoas y observa que no hay ningún blanco en el horizonte. ¿Cómo viven tan cerca y tan lejos? Por el impulso de un hombre, que afortunadamente parece que saldrá también de esta, que decidió que su utopía era posible. Y lo será si se le da tiempo a las nuevas generaciones, las que no estarán marcadas por la huella del apartheid, y que un día se sentarán en la misma mesa a comer sin saber que ese milagro se debe a Nelson Rolihlahla Mandela. Rohlihlahla significa en xhosa “tirando de la rama de un árbol”. Que acertado es su nombre.

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