Hoy debería estar en República Centroafricana

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Hoy debería estar en República Centroafricana. Debería haber llegado ayer tras pasar 12 horas en Addis Abeba  y una escala de cuatro horas en el aeropuerto de Douala, en Camerún. Hoy debería despertar en Bangui, tras una noche en la que debería haber dormido poco en el piso compartido en el que me alojo por las inquietudes propias de los lugares extraños. La cama, la luz, los ruidos indescifrables, el miedo a joder el sueño a los demás si voy al baño y enciendo la luz o tiro de la cadena. Esas pequeñas cosas que incomodan siempre el llegar.

“Para Javier, para, que aún tienes 12 días”, me diría en voz baja

Hoy debería levantarme y comenzar a intentar comprender el caos. Con prisas, sería con prisas, que en los inicios de las buenas historias la ansiedad por entenderlas siempre aparecen pese a que los años te enseñaron algo a domarte . Me acordaría de aquella frase de Napoleón que dice “vísteme despacio que tengo prisa”. Tarde, como siempre, lo recordaría tarde, sin hacer ningún caso de su sentido hasta que por enésima vez la vida volviera a demostrarme que es cierto. “Para Javier, para, que aún tienes 12 días”, me diría en voz baja. Me imagino que me pasaría, cómo me pasó ya tantas veces, con mi cámara aún guardada en medio de un lugar donde aún poco entiendo y todo me es aún indescifrable.

Sería entonces, justo en ese instante, en el que comenzaría mi gran debate interior: las imágenes. Hago fotos, necesito buenas imágenes. Y entonces comenzarían las dudas por el respeto a no invadir y el inevitable deseo de captar aquel instante. Eso sí lo calmé un poco con los años. La fotografía aprendí que no es disparar mucho, es saber cuándo hay que disparar mucho. Esperaría, llegaría el momento en el que mi objetivo de 300 milímetros me permitiría captar una secuencia natural, sin poses, que son mis fotos favoritas. “Joder, la tengo”, me diría feliz mientras miro una y otra vez la pantalla de mi Canon para confirmar que es buena, que la imagen habla. Otras veces, sin embargo, pasaría por delante de una situación cualquiera que sé que debería haber fotografiado. No lo haría, seguiría caminado sin detenerme para no despertar recelos o lo vería todo desde le ventanilla de mi coche con un “detente” que nunca dije quemándome en la garganta. “Coño Javier, esa era buena cojones, déjate de gilipollleces y saca la cámara”, me diría con cierta rabia.

La fotografía aprendí que no es disparar mucho, es saber cuándo hay que disparar mucho

Entonces comenzarían las palabras. La clave. Sin ellas como contador de historias no eres nada. No creo en los que sólo miran, no creo en sus historias, ya no. Mirando sólo hay percepciones no hay certezas. Yo vine aquí a intentar contar algo lo más próximo a una posible verdad, si es que eso fuera posible, si es que hay una. “Búscala Javier, búscala”. Entonces me pasaría que comenzaría a entender que hay muchas, demasiadas. Todas valen. ¿Cómo no puede ser así en un lugar donde las personas se matan por cientos y se hacinan bajo la única protección de unos misioneros o unos médicos? Ellos tienen miedo, pánico a morir, a quedarse con aún menos de su miserable nada.

La muerte fue siempre una historia, con el amor probablemente las dos más universales. Para ponerlo en perspectiva desde el segundo término, desde el amor, debería estar en este momento contemplando una prolongada orgía de hombres y mujeres desnudos practicando sexo en medio de los bosques. Queriéndose y amándose, sin reglas, todos, unos sobre otros, enamorados hasta de sus sombras, con alevosía, doliendo cada embestida, huyendo de sus consecuencias, de su castigo. Debería estar viendo eso, probablemente, no sé, desde el otro lado, el otro tema, la muerte. Una bacanal de odio, de sin razón perpetua, de abusos que envilecen… y yo en el medio, allí, contemplando, intentado entender, intentado explicar.

Todos, unos sobre otros, enamorados hasta de sus sombras, con alevosía, doliendo cada envestida

Hoy debería estar en República Centroafricana esperando las dudas, los miedos a equivocarme. También me enseñaron hace años los mejores que conocí en este oficio que sólo los malos periodistas no dudan frente al teclado. Sin emociones, sin dudas, es probable que no llegue a contar ninguna historia que no viniera ya en el avión conmigo. Por primera vez viajaría en estos casi cuatro años de África con un encargo de un medio de comunicación muy concreto, específico. Mi trabajo será desmontarlo si la realidad no lo sostiene. No lo escribiría si lo que veo no dice eso que está ya pactado. Parece posible que sea cierto, la previa invita a pensar que es posible, pero ahora me toca comprobar si la realidad lo sostiene.

Da igual, me digo, mientras pasan los días entre aquel caos, mientras mando alguna pequeña historia, lo que vine a hacer lo estoy haciendo: contar un buen relato que nadie está contando. Eso me empujo a venir aquí, el olvido. Me gustaba, quizá por ego, quizá por mi pasión por viajar y descubrir nuevos lugares de este continente, quizá por inconformismo, quizá por echar una mano y denunciar tanto cabrón olvido, quizá por todo a la vez… Me gustaba. Hoy debería estar en República Centroafricana.

Y ahí llegan los tópicos porque la muerte y el odio ya se contó muchas veces, se está contando

Son sólo 12 días para contar un caos, un conflicto. Intentaría huir de tópicos hasta que releyera tres veces un texto que sin evidencias no vale nada. Y ahí llegan los tópicos porque la muerte y el odio ya se contó muchas veces, se está contando. No dependería de mí, seguiría buscando, hablando, preguntando, hasta que diera con esa historia que tanto nos gusta a los periodistas y que explica todo desde un escorzo. La búsqueda de lo original, de lo distinto. “Hay que medir Javier, hay que medir”, me diría mientras repaso las notas e intento contener el periodista que sabe que aquella original historia con la que tropecé vale oro y no cuenta nada. Equilibrio, debate, no sé qué haría estoy muy lejos de saberlo sin palparlo.

Hoy debería estar en República Centroafricana. Aceptando la aberración de pagar yo de mi bolsillo dinero para hacer mi trabajo. Eso me quemaría, me llevó ya quemado, pero el escozor se pasaría en cada día donde tocara aquella historia y me entrara el brutal cosquilleo del periodista que sabe que tiene algo bueno que contar. “Que les den, Javier, que les den, ya no son tiempos para este oficio”, me diría también en algún momento de bajón anímico quizá propiciado de forma indirecta por aquel entorno. Entonces volvería a enumerar en mi cabeza todos los planes que tengo para dejarlo, mis viajes desorganizados, mis libros, mis fotos, Viajesalpasado… Me falto el respeto cuando acepto trabajar en estas condiciones… Y entonces aparece en mi cerebro la historia, lo que veo y miraría por la ventana de la misión en la que duermo y contemplaría a las 30.000 personas allí refugiadas tiradas con plásticos por el suelo… Esa es mi paga, mi sueldo, verlo muy por encima de contarlo… Y otra vez comenzaría ese eterno debate de mi cabeza entre lo racional y lo sentido.

Me falto el respeto cuando acepto trabajar en estas condiciones…

Hoy debería estar en República Centroafricana. Casi contra la opinión de todos. A pocos les interesaba esta historia, al menos cuando pregunté si alguien ayudaba a pagar los gastos (mejor hablar claro, sin eufemismos). Entonces te contestan a un email que mandas llenos de ganas diciéndote que “no hay dinero”, que “no interesa el tema”. Cierto, no lo hay para estas historias, para nada. Y aun así tú pagas los 1500 dólares del billete. Y entonces surge otro  problema estúpido porque todo es tan débil que se quiebra en los gestos, en los tiempos, en las garantías y recelos que te exigen los que te ayudan, en las palabras no claras, en tus bobos compromisos, en los tonos de los otros que se te hacen insoportables en medio de tanta cosa que aceptas sin comprender. Y tu viaje se suspende porque en algún momento de esta locura decides poner algo de mínimo orgullo.

Y te levantas esa mañana y escribes algo de Zimbabue o de Malaui. Y recuerdas, para sobreponerte, que tienes otra gran historia que habla de tráfico de niños. La tienes, está allí, esa también la puedes tocar. Y haces cálculos porque necesitas hacer en tu coche 300 kilómetros y quizá pasar una noche en una pensión de mala muerte en el interior de Mozambique o Sudáfrica, y comer, y anhelas hasta esa estúpida idea de comer al día siguiente con lo que te paguen por tu buena historia de ayer. Pero nadie te dará un céntimo para ir allí, no hay dinero te contestan a una pregunta que ya ni haces, y entonces tienes que volver a decidir si te vuelves a denigrar como profesional y pagas tú otra vez por hacer tu trabajo.

No hay dinero te contestan a una pregunta que ya ni haces

Y probablemente te pueda la historia porque lo quieres ver, porque quieres contarlo y calculando son sólo otros 50 euros que perderás. ¿Para qué ser periodista en África si no vas a contar esas historias? Y cuando vuelvas en el coche por un instante volverán las dudas, los proyectos de libros, de fotos, de desorganizar viajes con los que ganarte la vida. Y recordarás aquel proyecto de República Centroafricana y pensarás de nuevo en el sentido que tiene todo lo que haces con la mezcla en el estómago del buen relato que traes y lo fuera que te encuentras profesionalmente ya de la única cosa que sabes y te gusta hacer.

Hoy debería estar en República Centroafricana, eso dice el billete que tengo junto a mí y que no he usado.

P.D. Ese billete, perdiendo 120 euros, conseguí cambiarlo por uno a Etiopía, a Addis Abeba, ciudad en la que aterrizo el 4 de diciembre. Voy a celebrar mi cumpleaños. Seguro que hay algo que contar.

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Comentarios (4)

  • Daniel Landa

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    “Que les den, Javier, que les den, ya no son tiempos para este oficio”. Tienes toda mi comprensión ¿Pero qué pasa con los periodistas que quedan? Ese es el drama, hay periodistas huérfanos de Periodismo.

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  • Javier Brandoli

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    Hay hoy mejores periodistas que periodismo e, incluso, que lectores

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  • Goyo

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    Que grande eres Javi, África te ha hecho más valiente. Disfruta donde quiera que estés

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