En México puede que sea cierto lo que decía Olguín y haya un convivir cruel y enfermizo con cuerpos calcinados y matanzas que se narran con tanta precisión que el hombre del tiempo pareciera que va a explicar después del telediario si habrá que llevar paraguas, abrigo o pasamontañas a los próximos funerales.
Al mirar su boca abierta me pareció ver el mismísimo infierno. El gran tiburón blanco gobierna las aguas entre el océano Atlántico y el Índico, como si quisiera someter la vida de todos los mares. Se mueve con la calma de un asesino en serie y tiene los ojos inertes, negros, como la muerte.
¿Qué pensaría Mandela cuando quizá pensaba que su vida se le iba encerrado esta vez en la cela de un hospital? ¿Quién es y qué significa Mandela para los sudafricanos? ¿Es posible este enloquecido e imposible país sin su figura? Yo hablo de mis impresiones. Esta vez no hablo de mi vida en Sudáfrica, hablo de como entiendo a Rolihlahla.
En dos días he visto a dos personas tiritar de pánico. Pensé que ambos podían morir, ellos también. Su cuerpo temblaba hasta impresionarme su aparente fragilidad... La naturaleza en África es dura, las condiciones para enfrentarse a ella también.
(...) Ha sido un milagro no haberlos matado a todos. Los intrusos en el asfalto que casi provocan su propia muerte arrastran un carro. Sobre él hay un bulto tapado con una sábana de colores. Se adivina que es un cadáver humano (...)
Un médico español que se quedó solo mientras el resto huía por la llegada de la guerrilla. Una noche curando gente y viendo cómo la mataban. Salvó decenas de vidas. Pasó miedo, mucho miedo, pero decidió no abandonar. La historia de un héroe.
Pedimos dos copas de vino. Viene. Las pone en la mesa y de sopetón dice en voz muy baja “baby is gone” (el bebé se ha ido). Lo dice a bocajarro, como escupiendo la tristeza, mientras nos fijamos que sus manos le tiemblan compulsivamente. No pierde la media sonrisa hasta anunciando que su hijo se ha muerto.