Noches desenfocadas en Dublín

Por: Daniel Landa (texto y fotos)
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Llegué a Dublín de madrugada. Esa fue la última vez que vi la ciudad en silencio. Me desayuné con salchichas y bacon y zumos y café aguado en el Bed & Breakfast que elegí al azar por Internet. Salió el sol para desafiar al tópico y mostrar recios los puentes que cruzan el río Liffey.

Dublín tiene la actividad propia de las grandes ciudades: sus autobuses turísticos, sus restaurantes de comida rápida, sus estatuas para contar la historia con un gesto petrificado, sus adolescentes hablando a voces en las aceras, sus pobres tendiendo la mano para pedir una compensación a su desdicha…

Anduve confuso con un callejero en la mano sin disimular mi condición de turista, torpe y sonriente. Visité las iglesias y los castillos, las fachadas grises y solemnes de la Universidad, con sus jardines y sus campos de rugby. Pero sólo en los descansos del turista uno deja de serlo.

En el interior de los pubs, los irlandeses han conseguido extender el concepto de hogar, más etílico tal vez, pero igual de acogedor

Viajaba sin compañía y por lo tanto sin debates. Era libre y contaba con el anonimato que otorga una ciudad nueva. Aún así sentí cierto recelo a entrar a beber solo a las once de la mañana, pero no lo podía evitar. Me atraían de forma irresistible los letreros de madera de los pubs irlandeses, sus barras relucientes, su manera de hacerte sentir bien. Pedí una pinta de Guinness y en ese instante tuve la certeza de que podría vivir en aquel lugar. Era un pub cualquiera, sin más lustre que otros, pero es que en el interior de los pubs, los irlandeses han conseguido extender el concepto de hogar, más etílico tal vez, pero igual de acogedor que la casa propia.

Condicionado por la experiencia amarga, espumosa y asequible de una cerveza negra, decidí visitar la fábrica de Guinness y unos tres cuartos de hora más tarde me planté junto a un grupo de turistas en uno de los edificios más emblemáticos del país. Feo por fuera e interesantísimo por dentro. Un recorrido de planta en planta nos llevó por los procesos de recolección de la cebada, el tostado, la selección de la levadura, la fabricación de los barriles y todas esas cosas que se acaban olvidando, mientras se degusta una de esas pintas mágicas en lo alto del museo, en un mirador de cristal, desde el que se puede contemplar toda la ciudad.

El Temple Bar es el barrio más irlandés de Irlanda y por eso está lleno de guiris que lo “desirlandizan”

Pero Dublín no es una ciudad con vocación contemplativa. A Dublín hay que vivirla desde dentro y para ello es imprescindible integrarse en el Temple Bar. Es el barrio más irlandés de Irlanda y por eso está lleno de guiris que lo “desirlandizan”. Si uno es capaz de dejar a un lado la paradoja, lo pasará bien.

Yo llegué allí como había empezado el día: confuso, torpe y sonriente. E hice lo que supongo que hacen todos los que cruzan estas calles por primera vez, me dejé llevar. La música marca el camino: solitas virtuosos, bandas de rock, guitarras imposibles… y todo ello regado con cerveza. La noche convierte el hogar de los pubs en una fiesta. Cuando cae el sol, Dublín está de buen humor, y resulta contagioso. Mi timidez de viajero solitario se fue disipando con las pintas de Guinness, con el empujón musical y con el desfile de borrachos. Cada bar es un museo, un recinto sacro en el que olvidarse de la lluvia y de la crisis. Y así, con la noche apurando sorbos, uno acaba más confuso, más torpe y más sonriente que al principio. Tal vez la noche de Dublín se ve percibe mejor cuando está desenfocada. Después, me esperaba un camino de vuelta al Bed & Brakfast algo más largo que el camino de ida.

Al día siguiente quise redimirme de aquel exceso acudiendo a un espectáculo de música y bailes irlandeses, de los de verdad, de esos en los que chicos y chicas levantan mucho los pies y una banda toca instrumentos celtas. Y fui. Y aplaudí mucho junto a unos ciento treinta turistas que habían decidido ver un espectáculo auténtico alejado de los turistas del Temple Bar. Las tradiciones sobreviven en muchos casos gracias a los extranjeros.

Fue un trayecto verde. Tan verde que me dieron ganas de ponerme a pastar

Me había divertido en Dublín, pero quise salir a respirar el aire de la campiña y cogí un autobús para cruzar el país hasta la costa occidental. Fue un trayecto verde. Tan verde que me dieron ganas de ponerme a pastar. Praderas verdes, campos verdes y hasta algunos ojos verdes que ya miraban el mar desde las costas de Galway. Irlanda está llena de ruinas, de cruces celtas y de tumbas ancestrales que parecen brotar con la lluvia entre tanto verde. Imaginé las hordas de vikingos atracando en estas costas, a los normandos y a los celtas. Y entonces el viaje se acabó en los acantilados de Moher, lo más abruptos que yo había visto nunca. Irlanda se termina de repente y hacia abajo.

Junto a los abismos se alza la Torre de O’Brian, tan solitaria que da pena ver su perfil, su desamparo. Desde allí sólo podía dedicarme a mirar un paisaje agreste, la tierra indómita y el mar abierto. Horas después volvería al refugio del Temple Bar para despedirme de Irlanda con un brindis antes de volver a casa.

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Comentarios (2)

  • Ana

    |

    Genial Temple Bar…

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  • olom

    |

    qué bueno… “tan verde que me dieron ganas de ponerme a pastar…”

    me gusta mucho como escribe este autor… esa chispa que constantemente ameniza la descripción…

    a seguir así…

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