Rutas en coche….
Umbría está en el medio de dos gigantes: Roma y Florencia-La Toscana. Y entre dos gigantes del arte y la historia siempre hay prisas por ir de un lado al otro. Eso hace esta región invisible para muchos viajeros que pasan por esas tierras en tren, deprisa, leyendo la colección de catedrales y museos por visitar e intentando recordar todo lo que ya visitaron. Otros van en coche, y quizá paran a comer a Orvieto, puede que algún osado se desvíe a Asís, y siguen deprisa que les oscurece en el Coliseo o en el Ponte Vecchio.
Los años que viví en Roma, Umbría se convirtió en refugio, en escapada. La fui descubriendo poco a poco. Marrón en verano, verde en primavera, rojiza en otoño, gris en invierno. Me encantaba ir en el estío a contemplar sus campos dorados y sus aves trepando por los árboles. Me encantaba ir en invierno a oler a madera quemada. No sé si allí habitan dioses, pero si el de los cristianos existe no creo que ande muy lejos de aquella Basílica de San Francisco de Asís con sus frescos de Giotto que demuestran que los milagros son policromáticos.
Orvieto
Una ruta en coche por Umbría podría empezar por Orvieto. A medio camino entre Florencia y Roma, la localidad está cerca de la autopista. Si se va los fines de semana, mejor ir pronto. Se llena de turistas y los aparcamientos son escasos. Sólo Orvieto merece un viaje. La descubrí hace muchos años, justamente parando en un trayecto entre Roma y Florencia. Su catedral fue un disparo en la sien. Caminas por una calle estrecha, entre restaurantes y tiendas, y de pronto ves unas rayas negras sobre mármol con unos pináculos altos. Y eso desemboca en una plaza donde contemplas uno de los duomos más bellos de toda Italia. Es un tríptico con mosaicos dorados. Qué mas da lo que yo describa, es un sitio majestuoso, imponente, estéticamente bello.

El pueblo tiene además el encanto de tantísimas localidades italianas. Un país de mil países, donde todos levantaban sus fortalezas y sus altares para adorar a vírgenes y artistas. No deben perderse tampoco el Pozo de San Patricio. Está a la entrada, cerca de los principales aparcamientos. Es una obra maestra de la ingeniería hidráulica del siglo XVI. La encargó en 1527 el Papa Clemente VII, tras el famoso saqueo de Roma de las tropas del Emperador Carlos V, para asegurarse el abastecimiento de agua de la Fortaleza de Albornoz donde el Pontífice pensó que podría tener refugio en caso de nuevo ataque a la Ciudad Eterna. ¿Y qué hace tan especial al Pozo? Que se trata de una doble escalera de caracol de 53 metros de profundidad que no se cruzan. Se baja por un lado y se sube por otro sin que entiendas cómo. Los pasillos están además iluminados por ventanucos que convierten la obra en un sugerente colmena, a claroscuros. Un descenso al purgatorio.
Perugia y Gubbio
Dese Orvieto nos vamos a Perugia. La capital de la región es un buen lugar para probar o comprar su afamada trufa. Si son amantes de este caro hongo, en toda Umbría encontrarán una completa oferta gastronómica que la incluye. Pero es que además, la ciudad tiene un centro histórico recogido tras sus intactas murallas. La Plaza IV de Noviembre, la fortaleza de la Rocca Paolina, la catedral de San Lorenzo o la Fontana Maggiore son suficiente patrimonio para detenerse allí.
Luego, el camino nos lleva al norte, a la noble Gubbio. La localidad, de cargado patrimonio artístico histórico, está junto a una característica colina en el periodo navideño porque dibujan un inmenso árbol de luces de colores en su ladera.

Tiene también otra onomástica célebre. El 15 de mayo celebran la Fiesta “dei Ceri” en honor a San Ubaldo, su patrón. El festejo data ya de casi 1000 años de historia y tiene una génesis pagana. Ceres, hija de Saturno, era la diosa de la agricultura. Hoy, tras el huracán católico, los Ceri, unos artefactos de madera de cinco metros de altura y casi 300 kilos de peso, son relacionados con los santos de las tres corporaciones de la urbe: San Ubaldo patrón de los obreros, San Jorge patrón de los comerciantes y San Antonio Abad patrón de los agricultores.
Durante la fiesta, cada congregación carga a su santo, que portan los ceraioli, en una carrera que acaba en la Iglesia de San Ubaldo. Es un espectáculo al que van miles de personas, así que conviene planificar la visita.

En todo caso, Gubbio merece una visita por sus calles viejas, sus palacios, muros, iglesias y fortalezas, en cualquier época del año.
Spello y Spoleto
Regresando hacía el sur, hay dos pueblos de nombre similar que merecen una parada. El primero es Spello, una pequeña localidad sobre una colina. Amurallada, empedrada, con sus techos de teja y sus muros de piedra, me gustaba por su tranquilidad. No tiene las grandes catedrales de otras localidades de Umbría, sino una colección de pequeñas iglesias entre las que sobresale Santa María Maggiore, lugar de culto que data del siglo XII. Pero a mí lo que me fascinaba de este lugar era su aire medieval, sus murallas y viejas puertas, los mosaicos en el suelo, las fachadas de arenisca con geranios, la vida lenta. Alguna vez decidí dormir allí, contemplando las llanuras, los olivos y las vides. Me vuelve loco esa Italia, para mí la más interesante, casi nostálgica y romántica, con su pasado de siglos intacto. Por tradición, por apego y, también, por desgana.

Luego, a 35 kilómetros, encontramos Spoleto. Esto ya son palabras mayores. La localidad conserva un patrimonio abrumador. El alemán Goethe escribió en su Viaje a Italia de este lugar que “he estado en el acueducto, que al mismo tiempo es un puente entre una montaña y otra. Los diez arcos que dominan todo el valle, construidos con ladrillos, se mantienen firmes a lo largo de los siglos mientras el agua fluye perenne”. No fue el único mito de la historia enamorado de estas tierras. Miguel Ángel Buonarroti, Stendhal, William Turner… sintieron lo mismo.
El pueblo conserva sus murallas, y dentro de ellas un patrimonio deslumbrante que va desde la Antigua Roma, con su teatro aún visible, al medievo, renacimiento y barroco. Se pasea, incluso han hecho para personas con problemas de movilidad unas cintas mecánicas desde el parking, y se come, se bebe, se contempla, se aprende, se calla, se mira, se oye…

Vayan, sin duda, y si les gusta el arte moderno, reserven con mucha antelación plaza hotelera para acudir al festival Internacional de Arte, “Dei Due Mondi”, que se celebra allí cada año a finales de junio y principios de julio. La oferta es variadísima y acuden algunos de los mejores artistas del mundo a mostrar su música, danza, pintura, teatro… en un marco incomparable.
Asís
Asís es un milagro. Debió pasar algo allí mágico porque no se entiende nada. Yo no soy creyente y allí creo. Otra vez una localidad de corte medieval, sobre una colina, amurallada, por la que se deslizan callejones empedrados, casas señoriales, plazas con pozos viejos, balcones y arcadas.
Pero da igual, podría no haber nada de todo eso, ser un agujero seco, vacío, y habría que ir allí también a contemplar los frescos de Giotto en la Basílica de San Francisco De Asís.

Los textos de viajes a veces caen en lo repetitivo del epíteto. Es difícil no caer en ello, el viaje es más adjetivo que sustantivo, pero aquí no hace falta. Los frescos de la Basílica de San Francisco, tanto la inferior como la superior, no necesitan nada que no sea ir, verlos y disfrutarlos.
Fin del viaje. Pueden hacer esta ruta en un fin de semana. Dos o tres noches. Y luego ir a Roma o Florencia, a tomar un vuelo, a regresar a casa o a continuar el viaje. Pero paren en Umbría, merece la pena.
