Nueva York te la sabes antes de venir. Al principio, lo difícil es encontrar algo que te sorprenda. Esta ciudad al natural sale aún mejor que en las fotos y es tan consciente de ello que no se preocupa por esconder sus muchos defectos. Cero maquillaje. Ahí están las ratas grandes como nutrias paseándose por el metro, los enganchados al fentanilo y el sol del atardecer babeando sobre los rascacielos. Las estrellas de cine a tiro de colleja, el agua sucia a la que llaman café y los locos de Times Square que anuncian el fin del mundo. También la energía de fiera, las masas trotando con un Starbucks en la mano, los taxis amarillos y esas encantadoras escaleras de incendios que no llevan a ninguna parte. Has visto tantas películas que no hay mucha decepción o sorpresa porque, como ya he dicho al principio, casi todo es como te lo imaginas.
La Nueva York que pides es la que te llega, no hay versiones de Aliexpress ni lugar para devoluciones. Y eso genera a veces cierto desasosiego y hasta desconfianza. Sopesas el producto, tiras el libro de instrucciones, (total… ¿para qué? si ya sabes como funciona), recorres la ciudad, comparas con el catálogo (check, check, check…) y no ves nada sobre lo que quejarte. Y casi que te jode un poco, tanta fiabilidad llega a parecer irreal y a rebajarle algo de encanto al asunto. Ni Alicia Keys recordándotelo mil veces en buche evita que a veces tengas que pellizcarte para recordar que estás aquí realmente y no frente a una pantalla con un paquete de palomitas en la mano. Dicho esto, luego pasan los días, te vas manchando un poco de ciudad y descubres que hay que revisar algunas cosas.
Ni Alicia Keys recordándotelo mil veces en buche evita que a veces tengas que pellizcarte para recordar que estás aquí realmente y no frente a una pantalla con un paquete de palomitas en la mano
No es tan grande como parece, la supuesta capital del mundo de hecho es bastante abordable. Incluso puede resultar canija si la comparas con El Cairo, Sao Paulo, Ciudad de México o cualquiera de esas megaurbes asiáticas. Los trayectos de más de una hora son raros, las muchedumbres no son para tanto y se puede sobrevivir sin coche gracias a ese subway lleno de roña que funciona abierto día y noche. Esta ciudad a la mínima que puede se hace pueblo o incluso tercer mundo y te enseña jardines en los que la gente se descalza para leer o se sienta a jugar al ajedrez o al parchís, son frecuentes los mercadillos callejeros de fruta, hay barrios enteros que huelen a gasolina y a chile con carne y en los que el pequeño comercio sobrevive bajo las uñas de los edificios.
Se puede escuchar cantar a los pájaros y no es raro que se te cruce una ardilla. En Harlem (donde vivo) hay botellones y viejas cotilleando en las escaleras y junto a mi casa abre una lavandería en cuya puerta los vecinos se ponen cada tarde a charlar. Los miro desde mi ventana, parecen tener todo el tiempo del mundo mientras vigilan como dan vueltas sus calzoncillos sucios.

Los neoyorquinos de verdad casi no existen, son poquísimos o puede que en realidad sólo seamos nosotros, millones de paletos opositando con mayor o menor empeño a ganar una plaza fija en este sitio. Así ha sido durante siglos y así sigue siendo. La ciudad está atestada de gente provisional, que llega de todos los rincones del imperio. Para un mes, tres meses, o décadas enteras. Oleadas de inmigrantes que antes cruzaban el Atlántico con un puñado de harapos y llenos de piojos, ahora llegan en American Airlines con su ESTA en la mano a aprender idiomas, a hacer un máster, sacarse una Green Card o amasar un pelotón de dinero.
A estrenar una vida y a contarlo, claro. Todo suena mucho mejor si dices que lo has hecho en Nueva York, y hay cierto placer vergonzante en pronunciar palabras como Brooklyn, Manhattan, Broadaway o Madison Square Garden con la familiaridad con la que dirías Fuente Real o Plazuela ancha… Y puede que hayas viajado por medio mundo, pero lo reconozco; si no me vigilo, el paladar saliva lleno de orgullo y de tontería cada vez que digo “nos podemos ver las 5 piem en Central Park” ¡Oich!
Si no me vigilo, el paladar saliva lleno de orgullo y de tontería cada vez que digo “nos podemos ver las 5 piem en Central Park
Cuando la gente llega lo primero que hace es meterse a vivir en sus littles rodeados de compatriotas. Aquí siempre hay una littlealgo, no solo las clásicas littles italias o chainatowns etc, esas están hasta pasadas de moda, por debajo de ellas empuja un magma identitario que asciende desde todos los rincones del planeta, Litle Burkina, Little Bangladesh, Little Corea, Little Senegal… Para un loco de la diversidad como yo, esto es una tienda de caramelos: hay una Little para cada país de la tierra, Little Pakistán, Little Brasil, Litle Burkina… Un impresionante muestrario del surtido humano expuesto en avenidas como estantes cuadriculados. En cada calle hay unos cien compatriotas que han decidido juntarse para reproducir su vida local en Nueva York, seguir sus normas, comer su comida, y hablar en su lengua mal de los nuevos compatriotas que llegan. En Nueva York puedes viajar en un día de Ghana a Puerto Rico, pasando por Pekín, Ucrania o Ciudad de México. Lo más parecido a una babel contemporánea en la que (sólo a veces) la gente se acuerda de hablar el mismo idioma.

Porque tras asegurarse de estar bien rodeado de congéneres la segunda preocupación de los recién llegados es aprender inglés. Pero lo sorprendente es que a la gente parece darle un poco igual como lo hables. Hay “neoyorkinos” que llevan años aquí y a duras penas mascullan el globish, una especie de inglés incomprensible que se habla a medias con la voluntad y a medias con las manos. Aquí todos son extremadamente tolerantes con las guarradas que hago con su idioma y eso me emociona, no lo niego. ¡Esto es Nueva York, chico!-¡no te preocupes por eso!, me dijo una alumna cuando- agotado tras una clase- pregunté si alguien había entendido algo de lo que había dicho. ¡Da igual, yo sí te he entendido!- repitió. Me faltó poco para echarme a llorar y abrazarla allí mismo, en lugar de eso largué otro speech balbuceante con más de diez phrasal verbs inventados y salí de allí convencido de que los idiomas en realidad son sólo un estorbo, cicatrices innecesarias entre el entendimiento y las personas y que después de todo dentro de poco la IA o la telepatía arreglarán toda esta vaina.
Hay “neoyorkinos” que llevan años aquí y a duras penas mascullan el globish, una especie de inglés incomprensible que se habla a medias con la voluntad y a medias con las manos.
Esa sensación te asalta a veces, luego ves como entre el globish y el real english se abre una zanja de más de un cero en los salarios y se me rebaja un poco la euforia. A cambio de mi acento horrible, dejo gustoso que me presenten en cada clase como “Enrique Voquerizo”, “Henry Voquerizer”, “Domingo Vocairizou” o “Mister Henry fron Spain”. Poco precio me parece por andar por esta vida sin un proficiency.
Hay festividades absurdas para cada día del año, la zona cero del capitalismo se entrega a cualquier excusa para llenar sus calles de gente borracha. Ponerse un sombrerito por Pascua, ponerse un antifaz por el Año Nuevo Chino o ponerse hasta las trancas por San Patricio, la globalización ofrece también mil oportunidades inclusivas para una ciudad sin tradiciones relevantes. Este país es tan nuevo que cualquier moda se convierte en tradición y una anécdota en Historia. Aquí no se viene a admirar monumentos sino a reconocer fotogramas y a editarlos para producir tu propia película. A veces me recuerda un recipiente vacío al que le puedes echar cualquier ingrediente pero que termina por maridar razonablemente, como esos pokehs de ensaladas colorinescas que se comen los oficinistas en los parques.

Ya que estamos: la comida, otro tema. Si te dejas llevar un poco vuelves a España rodando, el glutamato de sodio inunda los carteles por toda la ciudad, fotos chillonas con colores trucados de trozos de pizza, hamburguesas brillantes y esos carritos de comida por toda la ciudad verdes y.naranjas hasta arriba de cosas con curry. El caso es que te pasas todo el día comiendo. La comida te entra por los ojos a golpe de Photoshop y luego te resbala por el aparato digestivo poniéndolo todo perdido de grasa: tacos, quesadillas, kebabs, falafels, bagels rebosantes de huevo y bacon, donuts colorinescos, ¡Y esos maravillosos sándwiches de pastrami de Kaatz!. La ciudad (siempre inclusiva) al no contar con gastronomía propia se ha entregado con entusiasmo a un compendio de todas las comidas más calóricas del planeta. Los restaurantes no cierran en todo el día por lo que puedes atracarte a todas horas, normalmente de pie. Sorprendentemente en general la gente parece estar en buena forma. Las preocupaciones, las carreras y los horarios de trabajo interminables drenan el colesterol a todo trapo. El otro día una anciana me comentó casi con pena que la televisión estaba haciendo mella, que la gente ahora comía más saludable y que ya no se veía “gente gorda y amable like in old times”.
El otro día una anciana me comentó casi con pena que la televisión estaba haciendo mella, que la gente ahora comía más saludable y que ya no se veía “gente gorda y amable like in old times”
Trump, es lo que une a casi toda la ciudad. El villano oficial de Gotham City. Con apenas el 30% de los votos, la peculiar personalidad de su presidente llena internet y las conversaciones. Nueva York es uno de los reductos antitrumpistas que resiste en el país. Aquí se lleva con orgullo ese carácter de isla cultural “¡Trump, no te preocupes esto es Nueva York, chico!”.
Resulta curioso que además sea neoyorkino. Cada sábado voy a un grupo de intercambio de idiomas que tiene lugar en el patio delantero del Trump Tower. La ciudad le obligó a ceder ese espacio para uso público. Ese patio y los baños del edificio, así que cada vez que vamos a mear desfilamos por unas escaleras mecánicas con una bandera estadounidense tan grande que dan ganas de cantar el himno al bajarnos la bragueta. Así chinos, uzbecos, birmanos, ucranianos, algún centroamericano ilegal… todo el mundo libre u oprimido utiliza el inodoro de Trump y deja cada semana sus gotitas en la tapa del váter.

Los neoyorkinos en general son sorprendentemente amables, salvo los taxistas (pero ese es un gremio aparte). La gente es directa y algo ruda pero te atienden y se ríen con fuerza por las calles. Ya ha habido un par de veces en que me han llevado en coche al preguntar por una dirección, sólo porque hace un par de años alguien lo había hecho con ellos. Para invertir en el karma. A nadie parece importarle lo que hagas. Casi nadie hace preguntas. Un lugar ideal para ocultarse aquí por un tiempo, lamerse las heridas y enterrar crímenes o recuerdos.
Los neoyorkinos por la noche vuelven a sus casas deshechos, nunca he visto una ciudad con tanta gente durmiendo en el metro. El verdadero rey de la ciudad es Bad Bunny. Omnipresente en cada rincón de Nueva York.
Tendrás unos catorce años, no lleva zapatos, pero entre los dedos como un lapicero siempre hay un tubo para esnifar metanfetamina
Cada día veo a un chico dando vueltas por el barrio. Tendrás unos catorce años, no lleva zapatos, pero entre los dedos como un lapicero siempre hay un tubo para esnifar metanfetamina. Apenas puede articular palabra y revuelve los cubos de la basura. A casi nadie parece importarle.
Sólo van unos meses y aún sigo abriendo la caja, pero esa Nueva York de confirmaciones y sorpresas ya es un lugar al que puedo llamar casa.
