El viaje
Son las ocho de la mañana, pero en el bar del hotel no cabe un alma. Decenas de etíopes se arraciman para ver un partido del Real Madrid en diferido. Cada uno ha pagado un par de birrs (unos 15 céntimos de euro) por la entrada. Nadie consume nada. Ni un café. Ni un vaso de agua. Nadie quita ojo de la pantalla, de apenas 24 pulgadas. Nosotros revisamos mientras la comida que nos han preparado para afrontar la larga jornada: un bocadillo de tortilla, un huevo duro, una patata cocida y un botellín de agua. Vamos hacia las montañas de Simien, una de los lugares más fascinantes de África, en busca de los babuinos Gelada (en amárico, la lengua local, “corazones que sangran”), una especie que sólo se encuentra en estos parajes etíopes por encima de los 3.000 metros de altitud.
Debark prepara sus tenderetes para un animado día de mercado. Un todoterreno nos conduce por una pista de montaña hacia el lugar de partida, situado a casi 3.300 metros de altitud. A 15 kilómetros se encuentra la entrada al parque, donde comprueban que todos nuestros permisos están en regla, y siete más allá echamos pie a tierra junto al Simien Lodge, que se autocorona como el hotel situado a mayor altitud de toda África. Aquí se acaba la pista. Sólo se puede seguir caminando.
Simien nos recibe envuelto en brumas, como es de esperar en plena temporada de lluvias. A cambio, caminamos en soledad
El paisajes es típicamente alpino: las piedras y arbustos van ganando terreno paulatinamente a los árboles. Simien nos recibe envuelto en brumas, como es de esperar en plena temporada de lluvias. A cambio, caminamos en soledad (7.000 turistas visitan Simien cada año). Muy pronto empiezan a acompañar nuestros pasos decenas de babuinos Gelada que no nos quitan ojo. Sobre el pecho, los machos lucen una mancha roja en forma de corazón invertido que explica su sobrenombre. Esta manada no pasa del medio centenar, pero algunas superan los 700. Como cualquier mamífero, reaccionan con violencia si se sienten amenazados. Uno no camina absolutamente tranquilo, la verdad. Sobre todo, porque la neblina hace que los babuinos aparezcan y desaparezcan de nuestra vista como por ensalmo mientras bordeamos un circo natural que arropa un valle que se intuye centenares de metros más abajo.
En Simien no sólo habitan los babuinos Gelada. También es territorio propicio para otras dos especies endémicas: el chacal de Simien y el íbice de Abisinia
En África nunca estás solo. Ni siquiera en estos paisajes inhóspitos. Un grupo de niños harapientos brotan de la niebla, acentuando la magia de estos parajes, agitando sus baratijas: gorros de lana de cabra, cestas de mimbre y “jwiraf”, los látigos con los que conducen al ganado, una tarea titánica en estas tierras de barrancos y precipicios. Haciéndolos restallar en el silencio de la montaña para ahuyentar a los monos se ganaron la reprimenda del ranger, mientras yo me preguntaba si no acabaríamos haciendo aflorar su agresividad. La niebla acaba por tragarse a los precoces ambulantes.
En Simien no sólo habitan los babuinos Gelada. También es territorio propicio para otras dos especies endémicas: el chacal de Simien y el íbice de Abisinia, una cabra montesa de poderosa cornamenta. De éstos, mucho más cautos, no vimos ninguno. Los babuinos, sin embargo, nos acompañaron durante casi todo el recorrido. No es de extrañar, teniendo en cuenta que aquí viven casi 8.000. A veces los veías, despiojándose con parsimonia en solidaria hermandad, otras los intuías y, a menudo, escuchabas sólo sus gruñidos guturales. El macho dominante dirigía la orquesta (los babuinos son tremendamente gregarios y están habituados a seguir al jefe de la manada). Alzado sobre sus patas traseras, se encaramaba a una piedra desplegando toda su autoridad ante sus congéneres y, de paso, auscultaba nuestros movimientos y nos recordaba que estábamos en su territorio.
El macho dominante dirigía la orquesta. Alzado sobre sus patas traseras, se encaramaba a una piedra desplegando toda su autoridad
El sendero discurre a veces al borde del precipicio, por lo que conviene no perder de vista los pasos del ranger, armado por si acaso, sobre todo cuando la lluvia empieza a enlodar el camino. Es un paisaje primitivo, de alta montaña, que rompe una vez más esos estereotipos occidentales de la Etiopía de horizontes desérticos y sequías devastadoras.
Coronamos un collado tras varios minutos de respiración entrecortada. A nuestros pies hay un pequeño poblado de aspecto fantasmagórico. Como espectros desgajados de la niebla, varios niños corren hacia nosotros saludándonos en inglés. Caminan con los pies descalzos y las piernas al aire, pese al frío que hace, agitando sus gabis andrajosos y las mantas raídas. Orillando las adversidades, sonríen como si la vida no les debiese nada. Sus manos cuarteadas por el viento, frías como una piedra desnuda, palpan las nuestras y escrutan las mochilas. Es un momento de dicha envuelto en la bruma. Decenas de babuinos nos observan, orgullosos quizá de habernos traido hasta aquí.
Dejamos atrás los desfiladeros de cortados espeluznantes y nos adentramos en paisajes de matorrales y bosques donde se camina con placidez entre lobelias y brezos
Aprovechamos para descansar y comer algo en una loma. A partir de aquí, iremos perdiendo altura hasta Sankaber, el campamento donde comienzan las principales rutas a pie por las montañas de Simien, que a nosotros, por falta de tiempo, que no de ganas, nos están vedadas esta vez. La culminación es hacer cumbre en el Ras Dashen, con sus 4.260 metros la tercera cima más alta de África. Dejamos atrás los desfiladeros de cortados espeluznantes y nos adentramos en paisajes de matorrales y bosques donde se camina con placidez entre lobelias y brezos enmohecidos por la humedad, entre caballos de negras crines que pastan sin inmutarse por nuestra presencia. Tras casi tres horas de caminata salimos a una pista con abundantes desprendimientos donde los montes cercanos aparecen y desparecen, como los inevitables babuinos, al capricho de las nubes bajas.
Una mujer nos invita a entrar a su choza y el milagro se produce: dos botellas de cerveza Dashen para sonreír a la vida
Por fin vemos a un íbice de Abisinia, pero sólo pintado en un cartel descolorido que anuncia la proximidad de Sankaber, un puñado de chozas donde, cuatro horas después de empezar a andar, almorzamos nuestras frugales provisiones a 3.200 metros de altitud. Hace un frío que entumece los músculos. Una mujer nos invita a entrar a su choza y el milagro se produce: dos botellas de cerveza Dashen para sonreír a la vida.
Cuando nos reencontramos con el conductor, que ha venido a buscarnos con el todoterreno, emprendemos el camino de regreso. Aquí, como en toda África, no se puede desaprovechar una plaza. La hermana del guía y su hija aprovechan el viaje para que les llevemos a Debark y se acomodan en la parte trasera. El bebé, de apenas dos años, ni siquiera pestañea con el zangoloteo del vehículo montaña abajo. Una lección para nuestros niños occidentales, abonados al llanto al primer contratiempo. Miro hacia atrás. Un solitario babuino nos observa a un lado de la pista. El jefe de la manada quiere asegurarse de que nos marchamos de sus tierras.
Consejos prácticos
-Para evitar sucumbir a los alardes administrativos africanos, conviene dirigirse el día anterior a las oficinas del parque (situadas a la entrada de Debark) para conseguir los permisos necesarios. La entrada al parque y los servicios de un guía y un ranger armado sale por 270 birrs (menos de 20 euros), mucho más barato que comprar un mapa de las montañas de Simien (300 birrs).
-En Debark, los alojamientos son escasos. Nosotros dormimos en el Simien Park. Que nadie piense en un hotel al uso, sino más bien con un modesto hostal que, en estas latitudes, es todo un lujo (las habitaciones tienen baño y a veces, si hay suerte, hasta agua caliente).







