Una larga carretera de tierra precede al Parque. Un pasillo en el que la espesa vegetación abre paso a nuestro coche. Un portón, un ranger y, por fin, estamos en el Parque Nacional de Gorongosa.
Es curioso que el olvido que de alguna manera cubre todo Mozambique se vea también reflejado en sus espacios naturales. El país guarda esa imagen tan española que tenemos de Lisboa, salpicada de una decadencia que resalta más sus virtudes. La madre patria portuguesa se dejó aquí parte de su alma impregnada hasta en casas abandonadas de los tiempos de la colonia y que pasaron a ser morada de leones. Luego llego el horror, la guerra, y no quedó espacio para la vida en el Parque que más densidad de vida salvaje tenía de toda África.
Gorongosa es un mito para los amantes de la naturaleza africana. El antiguo edén lleva cinco años de fuerte trabajo para devolver el esplendor de los bramidos a su larga llanura
Gorongosa es un mito para los amantes de la naturaleza africana. El antiguo edén lleva cinco años de fuerte trabajo para devolver el esplendor de los bramidos a su larga llanura. No es un parque más, es un parque especial, sin apenas turistas y con un paisaje diferente. Dicho de otra manera, es un parque con personalidad única entre las decenas de espacios protegidos que ya he visto por estas tierras. Nosotros acampamos en Chitengo. El Parque no ha abierto aún sus puertas por la temporada de lluvias que anega los caminos pero nuestra condición de periodistas nos facilita un permiso especial. Yo voy buscando la historia que días atrás escuché en un espectacular documental que National Geographic ha hecho de este sitio: “Los elefantes nacen sin colmillos por el recuerdo de las matanzas que sufrieron en los tiempos de la guerra en los que los aniquilaron para vender su marfil y comprar armas”. Es cierto que a partir del inicio del conflicto que hubo en Mozambique entre las huestes de Frelimo y Renamo el antiguo edén se convirtió en campo de batalla cruel. Había más de 2.200 elefantes en el parque y cuando terminó la guerra quedaban sólo 70. En realidad, todo el parque había sido pasado a cuchillo por los hombres. La extraña e inexplicable mutación genética consistiría en que los propios paquidermos habrían cambiado su genética hastiados de comprobar que su marfil era sinónimo de muerte.
La visita al parque fue especial por hacerla con gente que tiene recuerdos entre la maleza. Ana Paula había estado en este parque de niña y recordaba la conocida como casa de los leones. Se trata de una serie de bungalows que se construyeron junto a la gran llanura de Gorongosa y que cuando fueron abandonados los ocuparon los leones. El propio director de comunicación del parque, Vasco Galante, nos enseña videos en los que se ve a los felinos subiendo las escaleras de la que convirtieron en su casa. Hoy es sólo un bloque de cemento abandonado que mira a la gran llanura con desdén. La estampa es preciosa si se entiende que tras aquel muro hubo mucha vida y nosotros, Daniel y yo, tenemos la suerte de que alguien nos meta en vena sus recuerdos.
Arrancan, abren sus orejas y elevan sus trompas en señal de advertencia. Se suceden escenas increíbles
Luego, por la tarde, tras una mañana en la que cruzamos con multitud de vida salvaje, pequeñas lagunas, árboles en escorzo y pájaros que brotan del cielo, salimos en busca de los míticos elefantes de Gorongosa. Tras casi dos horas aparece una enorme manada de casi 50 ejemplares. Comprobamos que era cierta la leyenda del miedo que aún tienen al hombre. Los paquidermos no dejan de amenazar con cargar contra nuestro vehículo. Arrancan, abren sus orejas y elevan sus trompas en señal de advertencia. Se suceden escenas increíbles , pero hay un momento donde ocurre lo sublime. Toda la manada crea un círculo perfecto para proteger a sus crías. Como si obedecieran una orden militar adoptan una perfecta figura de defensa. Es uno de los momentos más bellos que he vivido en los safaris africanos. Todo tiene una armonía salvaje, todo se sucede ante nuestras cámaras convertidas en ojos.
Con ese chute de adrenalina volvemos a nuestro campamento, en el que al final pasamos tres noches, y contemplamos un atardecer en el que se partían las nubes entre la luz y la noche. Luego, a la mañana siguiente conocimos a uno de los tipos más fascinantes con los que me he tropezado: Pedro Muagura, el hombre que ha plantado cien millones de árboles, el hombre que adiestra gatos para matar cobras.






