Abu tiene trece años, la sonrisa tímida y unos ojos que buscan constantemente el suelo. Abu no se atreve a mirar cara a cara al mundo, seguramente porque ya ha visto demasiado. Hijo de una familia humilde de una pequeña aldea cerca de Makeni, en Sierra Leona, su vida dio un giro de ciento ochenta grados el día que cayó al río desde un puente en el que se encontraba pescando. Y al caer, el infortunio quiso que se perforara la uretra con una rama.
África convive con la muerte de una forma más natural que los occidentales. Para ellos la muerte es el vecino de abajo viniendo a pedir azúcar. Para nosotros es una brecha en el cielo de la que inmisericordemente sale un demonio o ángel que nos viene a joder el alma.
Pagamos, le dimos 200 meticais (5 euros). Me sentí fatal. Estoy éticamente en contra de todo este tipo de arreglos de mierda que destrozan esta tierra. ¿Qué hacer? ¿Cómo jugar las cartas en un mundo sin reglas?
En un hospital siquiátrico caían bombas mientras los enfermos salían al patio a celebrar los fuegos artificiales; en un mercado un grupo de soldados que nunca piso una ciudad huye despavorido al escuchar disparos que creen que son una emboscada.