¿Cómo muere Dios?

África convive con la muerte de una forma más natural que los occidentales. Para ellos la muerte es el vecino de abajo viniendo a pedir azúcar. Para nosotros es una brecha en el cielo de la que inmisericordemente sale un demonio o ángel que nos viene a joder el alma.

(Quizá cuando lean este post que dejo escrito el 8 de julio él haya muerto. Hoy cumpliría 95 años. Quizá nunca muera o lo haga yo antes. Quizá sea cierto que es inmortal; al menos lo será su obra. ¡Amandla Madiba!).

Llevo más de tres años queriendo vivir esto. ¿Cómo muere un Dios? Sólo queda uno en todo el planeta, uno nada más. Tengo curiosidad periodística por contarlo y personal por vivirlo. Llegué en marzo de 2010 a Sudáfrica con esa pregunta en mi cabeza: ¿cómo muere un Dios? Yo soy además parte de la tribu, de los que le adoran. Tres años esperando un momento inevitable que siempre está y nunca llega y ahora que estoy frente a él¿qué me encuentro?

He visto muchas veces a los sudafricanos celebrar derrotas con arrebatos de locura

Me encuentro demasiadas realidades para resumir en una. Me encuentro el sincero homenaje de un pueblo en el hospital de Pretoria y me encuentro también un gran circo, un plato de bobos, freaks y oportunistas. Las cámaras de televisión rodean al chamán que en calzoncillos intenta honrar su memoria tan borracho como despeinado ante un éxito mediático que se basa en esas dos variables. Uno siempre tiende a imaginar en su mente estos momentos con cierta épica. Imaginaba cantos, he visto muchas veces a los sudafricanos celebrar derrotas con arrebatos de locura: el Mundial, las protestas por los denigrantes retretes, las revueltas  mineras, pero no este semi-circo montado bajo la ventana del hombre sagrado. Hay también mucho amor y respeto, pero el tiempo ha ido arrinconando las buenas intenciones.

Imaginaba también a un país parado, pero yo soy un imbécil que no termina nunca de entender que afortunadamente la vida nunca se detiene. Lo hará cuando muera, su funeral será un estruendo de dolor y amor que estremecerá al mundo durante días y que acabará con bailes y una gran borrachera. Se celebrará el llanto. África convive con la muerte de una forma más natural que los occidentales. Para ellos la muerte es el vecino de abajo viviendo a pedir azúcar. Para nosotros es una brecha en el cielo de la que inmisericordemente sale un demonio o ángel que  nos viene a joder el alma.

La vida y la muerte en África es un círculo: de los ancestros a los ancestros

He estado en funerales en esta tierra en los que el silencio caía como un aguacero  durante más de una hora y de pronto rompían todas las mujeres a llorar como si la vida no les cupiera en la boca para cinco minutos después volver a sentarse y compartir una comida con un silencio que ya tenía más de rutina que de otra cosa. Creo que así será la muerte de Mandela y así debe ser. Así es con las madres y los hijos. Mandela es eso, un padre, pero de millones de personas, al que devolver a sus ancestros. La vida y la muerte en África es un círculo: de los ancestros a los ancestros.

Lo que desde luego no imaginaba es el bochornoso espectáculo que está dando su familia. Yo, de la tribu de Dios como he reconocido, he tenido por momentos, con las decenas de artículos que me ha tocado escribir, la necesidad de subir a aquella habitación de hospital a sacarlos de allí a patadas. Contaba en un estupendo artículo John Carlin hace unas semanas una anécdota terrible. Dice que un buen amigo de Mandela llegó a su casa y se encontró a dos hijas hablando junto a Madiba, sentado en un sofá, sin ya apenas percibir nada. Cuando se acercó las escuchó hablar acaloradamente de cómo iban a repartirse las vajillas y muebles de la casa de su padre”.

Mandela cuando se dio cuenta de que perdía la memoria comenzó a tomar notas de lo que se hablaba en la reuniones familiares

Más dura aún es la anécdota que relata un íntimo de amigo de Dios y portavoz del ANC, Mac Maharaj, en la que explica que “Mandela cuando se dio cuenta de que perdía la memoria comenzó a tomar notas de lo que se hablaba en la reuniones familiares para que después no le engañaran”. Supongo que es jodido tener que ir a hablar con tus hijas con luz y taquígrafos.  Desmond Tutu, como siempre, lo dice mejor y más claro que nadie y pide a los familiares de su amigo que “dejen de escupir en su cara”. (Mi adoración por Tutu es igual a la que siento por Mandela).

Imaginaba, en fin, un silencio casi permanente, una respiración contenida, una oscuridad sensata a plena luz del día. Pero no, Sudáfrica sigue. En Soweto las mujeres salen a vender su fruta; en Sandton pasean los ejecutivos sus maletas bajo la estatua gigante de Madiba en  la Nelson Mandela Square sin ni siquiera girar la mirada; en Parkhurst los pequeños restaurantes están llenos de clase media que charla sobre sus monótonas vidas. Y mientras, yo, un periodista español que vine a contar como muere Dios, en un impasse de no hacer nada tras el almuerzo, me acerco a un Zara que he descubierto a ver si hay algún jersey que me tape la garganta. La vida sigue aunque Dios se vaya.

 

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