Me parecieron personas especialmente valientes y fuertes. Me percaté de que no habían dicho nunca una sola mala palabra de nadie, incluso de aquellas personas cercanas o lejanas que les destrozaron la vida. Siempre narraban todo sin rencor.
En cada planta, en el centro, hay decenas de adolescentes de aspecto, con un simple tanga, bailando en una jaula sin apenas mover el cuerpo por falta de espacio. Alrededor hay siempre decenas de hombre bebiendo y mirando. Todas llevan un número en la braga. Están marcadas.
Quizá no era el mejor momento enseñar que en la parte de atrás iban otras dos personas, más cuando supimos después que en ese momento uno de los agentes estaba desenfundando la pistola (en medio de toda aquella tensión, que fue mucha, la situación era hasta cómica)