Mientras navegamos por las frías aguas de la bahía de San Francisco, “la Roca” apenas asoma entre la bruma, como avergonzada por su pasado de grilletes y celdas de castigo.
Parece difícil una escenografía más perfecta para una cárcel de máxima seguridad, seguramente la más famosa de todos los tiempos. La niebla matinal envuelve el Peñón de Alcatraz en un estéril intento de aislarlo de miradas curiosas. El muelle ya está a la vista. Es extraño llegar a un lugar del que todos querían irse. Y casi siempre con nuestro aliento, al menos en la ficción, porque en las películas del Oeste íbamos con los vaqueros, pero en las carcelarias deseábamos que los reclusos pudiesen fugarse, no importaba el delito que los hubiera llevado a pasar una temporada entre rejas. El viaje tiene algo de huida (a veces hay que irse lejos para mirarse de cerca) y quizá por eso solemos ser benévolos con los fugitivos de las películas.
El antiguo fuerte militar y temida penitenciaría, hogar forzoso de Al Capone, se levanta en una isla descubierta por un español, Juan Manuel de Ayala, en 1775. Él fue el encargado de bautizarla ante la abrumadora presencia de alcatraces que sobrevolaban las aguas. Ese pasado español de “la Roca” está reconocido en una de las salas del museo de Alcatraz, donde una bandera rojigualda con el viejo pendón de Castilla recibe a los visitantes, que son legión.
Alcatraz cerraba como cárcel de máxima seguridad en marzo de 1963. Cuentan que el último preso en abandonarla sólo pudo mascullar el epitafio que nadie querría para su entierro: “Nunca hizo ningún bien a nadie”
La historia de Alcatraz está escrita en el recuento de sus fugas, catorce, de las que sólo la penúltima justifica la atención preferente que le ha prodigado la gran pantalla. Ya saben: los tres presidiarios que, con la infinita paciencia del que tiene todo el tiempo por delante, excavaron con cucharas un túnel hacia la libertad. Clint Eastwood dio vida en el cine al cabecilla, Frank Lee Morris, quien junto a los hermanos Anglin consiguió, en la madrugada del 11 de junio de 1962, el pleno al 15 con el que todos los internos soñaban: demostrar que se podía huir de Alcatraz. Como Sansón sin cabellera, como el mago al que por fin han descubierto su truco estrella, la prisión más temida de los Estados Unidos languideció después de la evasión. Un año después, el entonces fiscal general Robert Kennedy se encargo de administrarle la extremaunción. Alcatraz cerraba como cárcel de máxima seguridad en marzo de 1963. Cuentan que el último preso en abandonarla sólo pudo mascullar el epitafio que nadie querría para su entierro: “Nunca hizo ningún bien a nadie”.
Nada más poner un pie en el islote nos damos de bruces con un edificio de ladrillo, antiguo cuartel militar, refugio antiaéreo en la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, vivienda de los guardias de la prisión y sus familias. Llegó incluso a albergar un casino. Se me ocurren pocos lugares más sórdidos para cantar bingo. A la derecha del muelle sobrevive todavía una de las seis torres de guardia desde las que centinelas armados permanecían ojo avizor para evitar cualquier fuga. ¡Cuántas veces hemos deseado que el cañón de luz que escudriñaba en la oscuridad desde un torreón como éste no iluminase al fugado de turno!
Para llegar a la penitenciaría hay que caminar por una pista que deja atrás el cuartel de guardia (el edificio más antiguo de la isla), el taller de reparaciones eléctricas y la capilla (su nombre no debe llevar a engaño: se sabe que albergó unos talleres y que, a la postre, se convirtió en la residencia de los guardias solteros). Los muros de Alcatraz ya están a la vista. Frente a su fachada sur, por donde entraban los presos, lo primero que veían era la imponente casa de estilo renacentista del director y el faro, el primero de la costa del Pacífico e inaugurado en plena fiebre del oro. Ambos fueron devastados por el gran incendio de 1970.
Los reclusos escuchaban la misma frase de bienvenida: “Usted tiene derecho a recibir comida, ropa, albergue y atención médica. Cualquier otra cosa que reciba es un privilegio”
Ya estamos dentro, en la sala de visitas de Alcatraz, pertrechados con unos audioguía que van desgranando la historia de la prisión. Aquí, los presos sólo podían recibir visitas una vez al mes y sin ningún contacto físico, a través de un grueso cristal. Resulta angustioso sentarse en uno de esos taburetes y, acercándose el auricular al oído, intentar imaginar la resignación de los interlocutores. Enfrente, la avenida principal de la cárcel, flanqueada a uno y otro lado por dos pisos de celdas, era conocida como Broadway. Rejas y más rejas. Habitáculos calcados unos a los otros. Tan cerca unos de otros y tan lejos a la vez. Las celdas están como las dejaron sus últimos inquilinos, vacías de ilusiones y rebosantes de resignación. Porque de Alcatraz no se podía escapar. Ésa era una de las primeras cosas que aprendían los reclusos que llegaban hasta aquí (procedentes de otras cárceles en razón de su especial peligrosidad) y escuchaban la misma frase de bienvenida, el omnipresente artículo 5 del reglamento de la prisión: “Usted tiene derecho a recibir comida, ropa, albergue y atención médica. Cualquier otra cosa que reciba es un privilegio”.
Fieles al concepto estadounidense del espectáculo, en los camastros de las celdas que ocuparon Morris y los hermanos Anglin hay unas caras de cartón tapadas con mantas, similares a las que construyeron para burlar a los guardias (gracias a su trabajo en el taller de la cárcel). Tras salir a cielo abierto por el túnel excavado con cucharas se echaron al mar con unos rudimentarios flotadores elaborados con chubasqueros. Nadie sabe qué fue de ellos. Aunque las fuertes corrientes, las aguas gélidas y los tiburones que merodean por la bahía permiten presumir que no lo consiguieron, lo cierto es que ese día la temperatura del agua era “sólo” de 12 grados y las corrientes no estaba alborotadas. Sus cadáveres nunca se encontrarían, alimentando la leyenda
Si hay un lugar donde uno tiene la sensación de estar en Alcatraz es en el patio, donde Clint Eastwood agitaba la pernera del pantalón para vaciar de tierra los bolsillos
Otros ilustres moradores de Alcatraz también tienen sus celdas señalizadas. Robert Stroud, “El hombre pájaro de Alcatraz”, llegó a tener más de 300 en la prisión de Leavenworth, pero en la isla se contentó con profundizar en sus estudios ornitológicos. En cuanto a Al Capone, condenado por evadir impuestos, pasó más tiempo en la enfermería y, de hecho, acosado por una enfermedad mental, finalmente abandonó Alcatraz (tras casi cuatro años y medio) y murió en su casa de Miami.
Pero si hay un lugar donde uno tiene la sensación de estar en Alcatraz es en el patio, allí donde Clint Eastwood (Frank Morris) agitaba la pernera del pantalón para vaciar de tierra los bolsillos. Era la tierra del túnel que les devolvería la libertad. Hay que sentarse en las gradas de escalones y, con el viejo depósito de agua a un lado y rodeado por el Pacífico, rememorar la conversación de un recién llegado Eastwood con el mandamás de los reclusos negros. Éste le recrimina a Morris que no se haya querido sentar a su lado. “O me tienes miedo o es que odias a los negros”, venía a decirle. Eastwood, con ese rictus inconfundible del que está acostumbrado a aguantar el tipo, le susurraba: “Es que odio a los negros”.
En un extremo del patio parte un sendero por el que se puede descender la cara oeste de “La Roca”. El oleaje bate con fuerza contra las piedras y la bruma cala los huesos. Por uno de estos terraplenes descenderían atropelladamente Morris y los hermanos Anglin para sumergirse en el agua, quién sabe si para siempre. Hoy sonreirían al ver Alcatraz convertida en reclamo para turistas.





