Narva: la estatua olvidada de Lenin

Por: Ricardo Coarasa

Narva es el nombre de una ciudad estonia. Es, también, el río que desde la Alta Edad Media ha delimitado la frontera entre Rusia y Estonia a un paso del Golfo de Finlandia. Dos castillos, a una y otra orilla, emergen como recelosos centinelas de piedra.

Desde mayo de 2004, los confines nororientales de la Unión Europea se asientan en esta tierra donde dos castillos, el ruso de Ivangorod y el estonio de Hermann, se vigilan mutuamente a una orilla y otra del Narva. Viajar desde la capital, Tallin, hasta Narva es recorrer a orillas del Báltico 215 kilómetros de la historia reciente de Europa, que aquí se escribe con los bombardeos de la Gran Guerra, con los esfuerzos aliados por contener el avance de las tropas nazis en la segunda contienda mundial, con el medio siglo de dominación soviética todavía sin cicatrizar y con los ecos de la alocada carrera nuclear de la guerra fría.

El viajero, pues, pone rumbo a la región de Ida-Virumaa, fronteriza con el gigante ruso, donde los naturales del país vecino superan el 90 por ciento de la población, con el afán de escudriñar en ese pasado convulso que, inevitablemente, ha forjado la personalidad de los estonios, ahora prohijados por la Unión Europea. La carretera avanza entre ocasionales humedales y grandes extensiones de bosques de coníferas. No en balde, casi la mitad del territorio estonio está poblado de árboles. Una postal idílica que no esconde una realidad nada bucólica. Durante la dominación soviética, las grandes empresas químicas encontraron aquí su particular Eldorado: el esquisto bituminoso, una pizarra camuflada en la roca caliza de la que se obtiene energía por combustión. Todavía hoy, Estonia cubre con este recurso natural casi el 90% de sus necesidades energéticas. La otra cara de la moneda son los severos daños medioambientales que provoca la extracción del esquisto, paliados en parte con fondos europeos.

Sillimäe: “Eldorado” del uranio soviético

Pero si hay una ciudad que ilustra a la perfección los desmanes de la antigua URSS en territorio estonio ésa es Sillimäe. Situada a orillas del estuario del río Sötke, en el siglo XIX era una ciudad vacacional de la burguesía de San Petesburgo, que apreciaba sobremanera su fresca brisa marina (que dio nombre a la ciudad) y su ambiente tranquilo. El compositor Chaikovski fue uno de los que no pudo resistirse a sus encantos. Pero las dos grandes guerras borraron de un plumazo esos días de vino y rosas. En la Segunda Guerra Mundial, las divisiones del Ejército rojo y de la Waffen SS se enfrentaron en la campaña de Narva y la zona fue un enclave destacado del tablero de ajedrez de la contienda.

Desde comienzos de los años 30, Sillimäe emergió como ciudad industrial borrando su pasado turístico en beneficio de la ciudad balneario de Narva. La posterior ocupación soviética certificó esa mutación. El hallazgo de uranio, necesario para alimentar la carrera nuclear, la convirtió en un importante centro industrial a partir de 1946, cuando Stalin impulsó la construcción de la primera fábrica de producción del combustible nuclear. Sillimäe se convirtió, de la noche a la mañana, en una ciudad cerrada donde el secreto militar lo envolvía todo como las hidras descontroladas de una enfermiza obsesión. Hay serias sospechas, incluso, de que la primera bomba atómica soviética se elaboró con uranio de Sillimäe. Un triste motivo para hacerse un hueco en las hemerotecas.

Pasear por la costa hasta esta mastodóntica sepultura radioactiva es una experiencia inquietante

El viajero recorre hoy las antiguas fábricas nucleares, un laberinto de kilómetros de tuberías que se elevan por encima de las cabezas de los visitantes, con la sensación de hacerlo por una ciudad fantasma descascarillada por el silencio. Sólo las gaviotas se atreven a revolotear entre el paisaje de moles de hormigón. Tras la independencia, los estonios tuvieron que construir junto al Báltico un gran cementerio nuclear para embalsar el agua con restos de uranio. Pasear por la costa hasta esta mastodóntica sepultura radioactiva es una experiencia inquietante. Pese a que está sellada a conciencia para evitar emisiones radioactivas, el viajero respira con prevención, como si le sobrase la mitad del aire que le entra en los pulmones.

Lenin mira a Rusia

La pesadilla nuclear se esfuma en cuanto se llega a Narva. Allí, desde los recios muros del castillo de Hermann, construido por los daneses en el siglo XIII, se contempla una maravillosa vista del río Narva y de la fortaleza medieval de Ivangorod, levantada en el siglo XV en la orilla rusa. Siglos de recelos y desconfianzas contemplan los muros de ambos enclaves en la trastienda oriental de la Europa comunitaria.

Aquí, en un patio del castillo de Hermann, una estatua de Lenin blanqueada por los excrementos de las gaviotas, que no tienen ningún reparo en aliviarse sobre el padre de la revolución rusa, parece una broma pesada de la historia. Situada anteriormente en una céntrica plaza de la ciudad, los estonios (o quizá sería mejor decir los rusos, que aquí representan el 94% de la población) no han encontrado al monumento mejor acomodo que este rincón de su territorio, como quien arrumba un objeto inútil en el cuarto trastero sin intención de recuperarlo jamás. Lenin, que viste un abrigo largo desabotonado, extiende su brazo izquierdo en actitud paternalista mirando hacia Rusia, como suplicando una evacuación urgente. Durante la ocupación soviética, ese mismo brazo señalaba a las repúblicas bálticas, la metáfora de un sueño de prosperidad que terminó en pesadilla.

Las secuelas de medio siglo de dominación son difíciles de borrar. Los estonios, aquí y en muchas localidades de la región, son minoría y su venganza consiste en imponer su idioma como obligatorio para conseguir la ciudadanía. La recalcitrante oposición de muchos rusos hace que el número de “pasaportes grises” (apátridas) sea considerable. Pero los más jóvenes apuestan por la inevitable convivencia. “Hay que llevarse bien con los rusos porque al fin y al cabo, los vecinos no se pueden cambiar”, se escucha decir a más de uno haciendo gala de un incontestable pragmatismo.

Psdta. VaP quiere agradecer la desinteresada colaboración del Ayuntamiento de Narva para ilustrar este reportaje.


Se puede volar hasta Copenhague, Helsinki o Estocolmo y desde allí enlazar con un vuelo a Tallin de Estonian Air (www.estonian-air.ee). Desde estas dos últimas capitales también es posible llegar en ferry cruzando el golfo de Finlandia. Una vez en Tallin, lo mejor es alquilar un coche y desplazarse hasta Narva por carretera (apenas dos horas).


Si preferimos dormir en Narva, el hotel Inger, situado a diez minutos a pie del castillo de Hermann, es una posibilidad (a partir de 65 euros la habitación doble). Si por el contrario optamos por pernoctar en Tallin, el viajero se decanta por el Radisson Sas (Ravala Puistee, 3), un hotel inaugurado hace ocho años desde el que se llega a pie al casco antiguo. Es interesante alquilar una bicicleta (preguntar en recepción) y recorrer la ciudad pedaleando. Si buscas algo más barato, no lo dudes: el Old House (Uus, 22) es tu hotel.


Dejarse caer por el Möökkala (Kuninga,4 ) es una buena elección, si no eres alérgico al pescado, para saborear el pez espada que da nombre al restaurante y que se pesca en las aguas del Báltico. Para los carnívoros recalcitrantes: Kuldse Notsu Kôrts (Dunkri, 8), que ofrece sabrosas recetas de comida tradicional estonia. Los platos estrella son el verivorst (similar a nuestra morcilla) y el codillo de cerdo con chucrut (col agria). Buenos licores para rematar la faena.


La vista de la fortaleza de Ivangorod desde las murallas de su vecino castillo de Hermann, en Narva, transporta a los visitantes a la Edad Media. Más información: www.narva.ee.
En Tallin, recorrer el casco antiguo de la vieja ciudad medieval amurallada, que se ha ganado a pulso el sobrenombre de la “Praga del Báltico”, es una experiencia única, igual que disfrutar de las vistas de la ciudad desde la colina de Toompea, una ciudadela que ahora alberga la sede del Parlamento de Estonia.
Para quienes deseen rastrear los vestigios de la ocupación soviética una visita obligada es la del antiguo cuartel de la KGB (en la esquina de las calles Pikk y Pagari). Una placa recuerda que en ese edificio comenzó “el camino del sufrimiento” de muchos estonios.

Búsquedas realizadas:

No hay artículos relacionados.

  • Facebook
  • LinkedIn
  • Twitter
  • Meneame
  • Share

Comentarios (1)

  • carlos Hdez.

    |

    Destino poco conocido. Muy interesante la propuesta. ¿Sale muy caro?

    Contestar

Escribe un comentario

Exposición - Thailandia desde un I-Phone · Lolasartphoto

  • Calles de Bangkok
    Calles de Bangkok
  • Motorista en Chiang Mai
    Motorista en Chiang Mai
  • Gotas de lluvia en la selva
    Gotas de lluvia en la selva
  • Costa de Koh Samui
    Costa de Koh Samui
  • Playas de Hat Sadet
    Playas de Hat Sadet (Koh Samui)
  • Wat Laem Saw
    Wat Laem Saw (Koh Samui)
  • Buda acostado
    Buda acostado
  • Tatuadores
    Tatuadores
  • Tuk Tuk en Chiang Mai
    Tuk Tuk en Chiang Mai
  • Tailandés
    Tailandés en Bangkok

Últimos tweets