El hotel de los árboles y las palabras

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Hay lugares en los que las palabras, los gestos, están muy por encima del paisaje.  Eso le pasa al Sikumi Tree Lodge, un hotel precioso, cuyas habitaciones penden de los árboles, enclavado a las puertas del Parque Hwange, desde el que se contemplaba un abrevadero y un inmenso pasillo verde que se hacía infinito a la vista y los animales.

Pero Sikumi es la casa de un matrimonio, ella holandesa y él zimbabuense, que desprendía calma, amor, alegría y respeto. “Decidí que no me gustaba mi vida, cerré mi restaurante de Ámsterdam y me fui a EE UU. Allí me acabaron denegando el visado y vine a Zimbabue a ver a una amiga. Entonces conocí al hombre más maravilloso del mundo y me casé y me quedé a vivir”, explica ella. Lo decía sin aspavientos, sin lecciones. Lo decía con la rotundidad de quien se recorrió medio planeta sin trazos en los mapas y encontró su lugar en el mundo. Viajes, historias de los viajes, en los que siempre te tropiezas con gente que se perdió y se encontró detrás de una desconocida frontera.

Hwange es un parque, como todo Zimbabue, en desuso. Frondoso, lo que dificulta ver animales, pero lleno del encanto del vacío humano. De las dos noches que allí pasamos me quedo con el safari a pie. Salimos con Kent, un cazador blanco con una repleta historia de cicatrices made in Mugabe. Seguimos una manada de elefantes de cerca, escuchando casi su respiración. Él tiraba tierra para controlar el viento, cargaba su escopeta y miraba que no nos viéramos rodeados de los paquidermos. En medio de la selva, a pie, sin defensas, y controlando el crujir de las hojas que hacían alfombra en el suelo. África.

Y al final, sin bajar la cabeza, decía: “Éste es mi país, yo soy zimbabuense, y mi piel no me hará marcharme”.

Kent fue parte del grupo de gestos y palabras que hizo de aquel lugar un sitio especial. Por las noches, junto a la gran hoguera, narraba los tiempos en que su familia, de origen escocés, se trasladó hasta las entonces tierras de Rhodesia del Sur (cuarta generación). Su abuelo fue el primer hombre en construirse una piscina en la cercana ciudad de Bulawayo; su padre dueño de una azucarera y creador de una primera escuela mixta de razas que inauguró como primer alumno su hermano. Recordaba, ya casi entre bromas, el horror de los años anteriores, del pasado-presente. Los tiempos en los que se pedía la comida y la cuenta a la vez en los restaurantes porque la inflación era de un dos por ciento por minuto; en los que se iba al banco a hacer un ingreso con cajas llenas de billetes que no valían nada. Hablaba de las fincas que perdieron los suyos en la espiral de odio que ha podrido al país, de la corrupción de una clase política emergente que tomaba gratis lodges de lujo semi-abandonados y practicaba la caza sin restricciones para los nuevos amos. Y al final, sin bajar la cabeza, decía: “éste es mi país, yo soy zimbabuense, y mi piel no me hará marcharme”.

Para entonces, el viaje había ya colocado los grupos. El mío era el pequeño, el individual, donde las fuertes amistades se fraguaron desde la necesidad de distancia y de respeto. Berni, el guía portugués, Fernando, el sevillano trotamundos y yo, junto a los tres zimbabuenses que trabajaban en el camión, Lion, Jenson y Benson, formábamos un grupo de bromas y curiosidad. Es la curiosidad lo que más nos unió. Curiosidad por intentar entender, por mezclarse con la gente local sin necesidad de tener una foto que lo atestigüe, por noches al abrigo de un whisky en las que acabar callados y escuchando la nada tras toda una sucesión de risas al peso.

Sikumi fue la primera despedida triste. Me dolió macharme de aquel hotel donde todo el mundo se esforzaba por hacerte sentir tú y no vosotros. Aún hoy intercambió algún email con alguno de los personajes que he narrado arriba. Aún hoy recuerdo la tarde en la que decidí quedarme en el hotel y no ir a hacer un safari en coche viendo el sol desplomarse en el horizonte con una copa de vino que compartía con una fauna que me miraba de reojo. Hay lugares por los que pasas y lugares en los que te quedas un poco. Sikumi Tree Lodge pertenece a los segundos.

Este viaje forma parte de la ruta de la agencia Kananga por Zimbabue.

Ruta Kananga: http://www.pasaporte3.com/kananga.php

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Comentarios (3)

  • Marga García

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    Muy bonito. Sí que parece un lugar especial tal y como lo describes

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  • MereGlass

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    Tu amigo Kent debía ser un tipo realmente auténtico ¿a qué sí? curtido por el aire tórrido a pleno sol, apegado a la tierra y a sus raíces… en parte le envidio, ahora que la mayoría ya no somos de ninguna parte

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  • javier

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    Es un tipo especial sí. Es gente que ama la naturaleza, su país, su tierra… fuera de estereotipos de blancos y negros. Esa es la magia ser y no ser de ninguna parte.
    Gracias MereGlass

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