Cádiz: los fuertes del mar

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje

Cádiz es una de esas ciudades de las que uno nunca se querría ir. Su privilegiado enclave ha sido, a lo largo de la historia, objeto de asedios y saqueos. El peligro casi siempre venía del mar. Un recorrido por sus fortificaciones y baluartes defensivos es un viaje en el tiempo con unos inmejorables cicerones: el Atlántico y las tabernas del viejo Cádiz.

Para los pueblos que aprenden de sus errores el futuro es un aliado, nunca un enemigo. Cádiz despidió el siglo XVI con un gran asedio, el de la armada británica comandada por el almirante Howard, ávida de apoderarse de los galeones españoles prestos para zarpar a las Indias. La ciudad fue saqueada e incendiada en julio de 1596 (como nueve años antes por el pirata Drake) y las autoridades entendieron que debían reforzar sus defensas para evitar otro desastre. Durante los siguientes tres siglos se pusieron manos a la obra y, todavía hoy, esas fortificaciones son uno de los símbolos de la Tacita de Plata.

Nos asomamos a ese pasado de la ciudad en la avenida del Campo del Sur, donde el viento de Levante alborota el olor de la mar y las cañas de los pescadores se elevan al cielo suplicando una mañana propicia. Los políticos decidieron un buen día cambiar el nombre a esta vía que la sabiduría callejera había bautizado, con plena justicia, como Paseo del Vendaval. Ellos sabrán. A un paso de la popular playa de la Caleta, la mirada al mar del no menos célebre barrio de la Viña, se encuentra el Baluarte de los Mártires, levantado en 1676 para reforzar las murallas defensivas. Restaurado hace apenas veinte años, ha cambiado su antigua artillería por los fogones, pues en la actualidad alberga un conocido restaurante.

En un extremo de un pequeño itsmo unido a la ciudad por un estrecho malecón de más de un kilómetro asoman las murallas del castillo de San Sebastián, levantado precisamente tras el saqueo inglés. En este mismo lugar estratégico, en realidad dos diminutos islotes, se levantó en el pasado un templo fenicio y una atalaya musulmana. Se llega hasta allí a través de la inconfundible Puerta de la Caleta, escoltada antiguamente por dos torres vigía junto a las que, a mediados del siglo XV, un grupo de venecianos edificaron la ermita de San Sebastián, que da nombre al castillo.

A mediados del siglo XV, un grupo de venecianos edificaron la ermita de San Sebastián, que da nombre al castillo

Caminar por este coqueto malecón, ahora calle de Fernando Quiñones, es una delicia. Hasta el siglo XIX, cuando la marea subía el castillo de San Sebastián quedaba aislado del resto de la ciudad hasta la pleamar. Frente al viajero, al otro lado de la ensenada, se levanta el castillo de Santa Catalina, el otro guardián centenario de la playa de la Caleta. Las parejas se arrullan en la arena, grupos de chavales se zambullen en cabriolas imposibles desde el malecón y el viento zarandea un puñado de cometas en rebeldía. A nuestra espalda refulge la cúpula dorada de la catedral nueva, vigilada por sus inmaculadas torres de piedra ostionera (elaborada con restos de conchas marinas).

A un paso de la Puerta de la Caleta, en el número 15 de la calle San Félix, está uno de los templos gastronómicos del viejo Cádiz, El Faro, donde el viajero se acoda en la barra (sentarse a comer está sólo al alcance de los bolsillos más desahogados) y busca una tregua placentera -caña, salmorejo y banderilla de langostino rebozado- a tanta historia.

Reconfortado el estómago, continúo por la avenida del Duque de Nájera, la corona urbana que ciñe la playa de la Caleta, en dirección al castillo de Santa Catalina, que exhibe su farallón de piedra por encima de las barcas de pescadores mecidas con secular pereza por el mar que lame la orilla. Levantada en 1598, dos años después del malhadado ataque inglés (aunque las obras se prolongaron durante más de veinte años), esta fortificación es la más antigua de la ciudad y debe su nombre a la capilla consagrada a la santa en este mismo lugar a principios del siglos XVI. Ya antes de construirse el castillo era un baluarte defensivo bajo el reinado de Felipe II, que atendió los consejos de Antonio Zapata, el jovencísimo obispo de Cádiz (alcanzó esa dignidad eclesiástica con solo 37 años), y reforzó las defensas de la ciudad. Con los años, Carlos III lo utilizó como cárcel militar.

Para llegar a otro de los baluartes, el de la Candelaria (1672), hay que continuar caminando por el Parque Genovés. Como guardián natural del puerto, este promontorio ha sido a lo largo de los siglos el principal damnificado de los ataques marítimos a la ciudad, hasta el punto de que ha precisado de numerosas reconstrucciones. Hasta hace unos años albergaba el Museo del Mar y mucho antes fue el hogar de las palomas mensajeras del Cuerpo de Ingenieros, pero en la actualidad es un centro de ocio y espectáculos.

Desde la Alameda de Apodaca, con el baluarte de La Candelaria a un lado y la Muralla de San Carlos al otro, mirar al Atlántico apoyado en el pretil es trasladarse a una época en la que Cádiz era habitual punto de partida de las expediciones al Nuevo Mundo. El murmullo del mar empequeñece las preocupaciones cotidianas y la mirada se pierde en el horizonte de agua, allí donde naufragaban los sueños de los marinos.

El otro baluarte que defendía la entrada a la bahía, el de Santiago, situado a espaldas de la estación de tren en la Cuesta de las Calesas, sirve de parapeto a un aparcamiento. Peor suerte corrió la muralla de San Roque, que a través de la Puerta de Tierra daba entrada al viejo Cádiz. Fue parcialmente derruida en los años 40 del pasado siglo para mejorar las comunicaciones viarias de la ciudad.

Muy cerca del Paseo de la Apodaca, el viajero despide el recorrido por la historia de los fuertes de Cádiz en Cumbres Mayores (Zorrilla, 4), que pasa por ofrecer a sus clientes la más suculenta carne ibérica de la sierra de Huelva. Preferí, no obstante, acompañar las cervezas con unas gambas al ajillo. Me pareció más oportuno como modesto homenaje al bravo océano.

el camino
Las principales compañías aéreas ofrecen vuelos frecuentes al aeropuerto más cercano, el de La Parra de Jerez de la Frontera, situado a 35 km de Cádiz.
Por carretera, la ciudad está conectada con la A-4 (autovía de Andalucía) y la N-340. Desde Sevilla se llega en apenas una hora (125 km) si los atascos del área metropolitana de la ciudad hispalense no se cruzan en tu camino.

una cabezada
La oferta hotelera es amplia. VaP no tiene ninguna recomendación que hacer al respecto.

a mesa puesta
En la Plaza del Tío de la Tiza (barrio de La Viña), el restaurante del mismo nombre merece una parada en su soleada terraza protegida por un mosaico de la Virgen de las Penas. La tortilla de camarones, casi una obligación. Este rincón del Cádiz antiguo lleva el apodo del compositor Antonio Rodríguez Martínez, un referente del carnaval gaditano del siglo XIX, que tiene en estas calles su centro neurálgico.

muy recomendable
Callejear por el barrio de La Viña es imprescindible para empaparse de la ideosincrasia gaditana. El viejo Cádiz donde la gente todavía se saluda cuando se cruza por la calle, el de las tabernas donde los clientes parecen familia y el de los bares añosos en los que todavía te hacen la cuenta a mano. Déjese llevar sin rumbo ni mapas. Todo un lujo, ya digo.
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Comentarios (3)

  • Magico

    |

    Musssssssho Cai!!

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  • macdilus

    |

    Precioso el reportaje, me ha encantado.

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  • Keka Márquez de Castro

    |

    Que buen recorrido, Cádiz no se merece menos.

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