Rongbuk: cuando cae la noche

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
Previous Image
Next Image

info heading

info content

En Rongbuk, los ojos centelleantes de los perros salvajes acechan al turista que se aventura en la oscuridad; ponerse una lentilla es un espectáculo de magia negra; cualquier comistrajo, un manjar y dormir, empeño imposible. Cientos de botellas de cerveza vacías -a 5.000 metros de altura, afortunadamente, también se da de beber al sediento- se amontonan formando un muro con las mejores vistas del mundo: un amanecer en el Everest.

He pasado aniversarios de boda en lugares ciertamente singulares pero éste en Rongbuk, sin duda, optaría al oro. Nunca imaginé que nos veríamos en apuros para llegar a la hospedería desde el campamento base del Everest, una caminata de hora y media sin dificultad ninguna siguiendo la morrena pedregosa de la lengua del imponente glaciar. Pero la falta de hidratación va a suponer un contratiempo añadido. Eso y que, inevitablemente, se nos ha hecho tarde y las sombras y el viento empiezan a enseñorearse de este privilegiado valle.

Es doloroso dar la espalda al Everest, que luce ya su característico penacho de nubes deshilachado hacia el este, así que es obligatorio girarse de vez en cuando con un adarme de nostalgia. Un carricoche baja a trompicones con la pareja de turistas suizos que estaban en el campamento base. Nadie más baja andando. Los goraks, cuervos del Himalaya, sobrevuelan el silencio de Rongbuk. Casi cinco horas después de partir hacia el campamento base, tenemos de nuevo a la vista la hospedería, pero Belén está agotada, debilitada por la falta de agua. Yo también me sorprendo de notarme excesivamente cansado para una caminata tan poco exigente. La altitud, obviamente, lo complica todo. Nos tenemos que parar tres veces para recuperar el aliento, gracias a Dios cuando ya casi acariciamos la meta. Me pregunto qué hubiese pasado si en lugar de tener que salvar apenas 200 metros de desnivel hubiésemos tenido que caminar el doble. Nos habríamos visto en apuros, creo.
Ya en la habitación, bebemos agua y zumo de naranja con la avidez de un náufrago. Son casi las siete de la tarde y ya está oscureciendo. Salvados por la campana. Buda es grande. El arroz frito con verduras que nos sirven en la hospedería es el mejor reconstituyente y todos los males se esfuman de repente cuando vemos aparecer a Richard, nuestro querido iron-man, que acaba de llegar tras doce horas de pedaleo desde Shegar. No ha encontrado habitación en la hospedería y sólo ha le han brindado cobijo en el monasterio. Va un poco justo de dinero y el cajero más cercano está en Shigatse, a dos jornadas de aquí. Es un placer invitarle a cenar. Nos cuenta que se quiere acercar al campamento base del Shisha Pangma a saludar a dos amigos de “Al filo de lo imposible”, Juan Vallejo y Ferrán Latorre.
La charla se prolonga hasta las once de la noche. Hay muy pocas esperanzas de dormir. Las perspectivas no son muy halagüeñas. Tengo muy presente el relato de Alec le Sueur en “El mejor hotel del Himalaya” sobre su infernal noche en el monasterio de Rongbuk.

Es doloroso dar la espalda al Everest, que luce ya su característico penacho de nubes deshilachado

“Un viento helado se colaba por entre las grietas de las paredes del monasterio, y los perros salvajes aullaban a la luz de las estrellas (…). A mí me parecía que estaba en el espacio sideral. Sentía un martilleo en la cabeza y respiraba de manera irregular (…). Estaba tiritando aunque iba completamente vestido en el interior del grueso saco. La temperatura había descendido a 20 grados bajo cero (…). Agucé la vista en la oscuridad y distinguí el brillo de las estrellas en los ojos de una manada de perros que se abalanzaban por la escalera del monasterio hacia mí (…). Pasé la peor noche de mi vida asomándome apenas a la puerta para respirar, manteniendo a raya a los perros con un palo ardiendo y avivando el fuego para conservar el calor de la habitación”

Un escenario perfecto, como se intuye, para pasar un aniversario de boda con tu pareja

Imaginando que lo que le espera a Richard es peor, le ofrecemos dormir en nuestra habitación, donde sobra una cama. Tras un inicial momento de duda, rechaza el ofrecimiento, temeroso quizá de importunarnos en nuestra noche de aniversario. Pero aquí no hay mucho margen para el romanticismo. Hay que preocuparse de asuntos más prosaicos. La puerta de la habitación no se puede cerrar por dentro y uno de los cristales situado encima de ella ha desaparecido. Tenemos que taparlo con una almohadilla. Después toca repasar con celofán las grietas en el ventanal por las que se cuela el gélido aire de las cumbres del Himalaya. Antes de echarse a dormir, o intentarlo al menos, salimos al exterior para desaguar. Linterna en mano, nos alejamos a una distancia prudencial de la hospedería, al igual que hacen otros tantos turistas huyendo de la hediondez de los baños comunes. Los haces de luz se entrecruzan hasta hacer complicado acertar con un metro cuadrado de intimidad del que no haya tomado ya posesión otro turista acuclillado. Muy pronto, los ojos de los perros salvajes acostumbrados a rapiñar las sobras de los huéspedes centellean en la oscuridad. Pocas veces he meado en circunstancias tan angustiosas.

En la habitación, no hay manera de apagar la luz, así que no queda otra que irse a dormir con la bombilla incomodando nuestro descanso. Y eso que nos habían advertido que la luz se apagaba en todas las habitaciones a las nueve y media. Realmente, la noche se hace dos horas y media después.
La verdad es que poco importa. La cabeza está a punto de estallar, los músculos, atenazados y la mente demasiado alterada por el impacto de las emociones. Hace frío. Imposible pegar ojo. Dormir a 5.000 metros de altitud es no dormir. Cada mínimo movimiento sobre el jergón es un lamento de las rústicas tablas que parecen a punto de descoyuntarse. Veo pasar las horas una tras otra hasta que a las cinco de la mañana me sumerjo bajo las mantas y, ayudado por la linterna, me pongo a leer el libro de Conrad Anker sobre el hallazgo del cuerpo de Mallory en mayo de 1999.

A las siete de la mañana salto de la cama como quien se libera de un grillete. No me quiero perder el amanecer por nada del mundo, un maravilloso espectáculo que se prolonga durante más de una hora. Belén se aleja unos pasos para ponerse las lentillas. Un monje tibetano le contempla ensimismado a apenas un palmo, preguntándose que diantres se está metiendo en el ojo la joven turista, como si las lentes fuesen paranormales. Es una escena pintoresca en el lugar habitado a mayor altitud del planeta. En la distancia vemos aparecer una silueta fatigada. Es Richard, que ha pasado la noche sobre un banco rodeado de monjes viendo la televisión. Está molido y ha decidido quedarse una noche más y bajarse mañana con un camionero hasta Tingri, bici incluida (que espera vender en Katmandú).
Antes de irnos visitamos el modesto monasterio. El original, en estado ruinoso, fue destruido durante la Revolución Cultural. ¿En nombre de qué cultura se puede llegar a 5.000 metros de altura para dar matarile a un monasterio? ¡Cuántas locuras han anidado a lo largo de la historia en el corazón de los hombres! Aquí los monjes conviven con una docena de monjas. Una de ellas, dos ojos diminutos rodeados de arrugas, nos enseña el recinto, donde sorprendemos a la comunidad en sus rezos matutinos. Aún nos da tiempo a hacer el kora, apenas diez minutos, donde las vistas del Everest, ya desperezado, son sublimes.

La camioneta sale a las diez de la mañana. Está repleta de turistas. En Pasum nos reencontramos con “Macario”, nuestro conductor novato, 45 minutos después. Tingri nos espere, aunque la pista principal está cortada y hay que recular hasta el Pang-la, donde las vistas ya no son las del otro día, pues la neblina oculta el Makalu, el Lothse y el Cho-Oyu y sólo deja asomar parcialmente la cima del Everest. Bajando el puesto nos cruzamos con una expedición malaya de casi 30 todoterrenos. Media hora después de abandonar Pasum tomamos el desvío hacia Tingri. Por delante, 60 kilómetros y casi dos horas de pista. Incluso tenemos que parar a ayudar a un todoterreno que ha pinchado. La vida en las alturas discurre muy lentamente.

  • Share

Comentarios (4)

  • Jaime Cárdenas

    |

    Que relato tan conmovedor, tan sencillo, tan revelador. He seguido este blog desde el principio y el viaje es tan fascinante que creo que me he decidido a hacerlo yo también (por eso comencé a leerlo, porque estaba dudando entre Himalaya o Machu Picchu. ¿Sabe si en este lugar se puede dormir en tienda de campaña? ¿Se puede hacer la ruta acampando?
    Gracias y un abrazo

    Contestar

  • ricardo

    |

    Gracias, Jaime. La ruta se puede hacer acampando, aunque ignoro si hay que gestionar algun permiso (los chinos son muy puntillosos para el papeleo). Esa opcion no plantea problemas (solo escuche a un turista que se habia dejado las botas fuera de la tienda y a la mañana siguiente se las habian llevado), pero ten en cuenta que la ruta es de por sí bastante dura y dormir en tienda la complica aun mas, aunque compensa acampar en parajes tan desbordantes de vida y naturaleza, yo me quede con las ganas.
    El Machu Pichhu es tambien una buena opcion, pero este es un viaje de una vez en la vida y mucho mas complicado (por el tema de los permisos, que hay que gestionarlos con tiempo). Si te interesa tengo un buen contacto en Nepal, que ademas habla español, que podría echarte una mano. Mi mail de VaP es rcoarasa@viajesalpasado.com.

    Contestar

  • Blog en Blanco

    |

    Excelente relato. Imposible no conmoverse en esos parajes. Yo dormí en el campamento, aunque utilicé tu hospedería para ir al retrete. Dormir arriba tiene un toque romántico pero probablemente las vistas del amanecer son mejores desde abajo. Te dejo mi relato, aunque no está tan bien escrito como el tuyo, espero que lo disfrutes y te traiga buenos recuerdos. http://www.blogenblanco.com/2012/05/durmiendo-en-la-cima-del-mundo-el.html

    Contestar

  • Ricardo Coarasa

    |

    Desde luego que me ha traido muchos recuerdos tu relato, aunque veo que en ambos casos lo de pegar ojo a 5.000 metros es casi imposible. Las vistas del amanecer desde el monasterio las recuerdo espectaculares, pero seguramente arriba estas más tranquilo. Si yo hubiera tenido la oportunidad, hubiera dormido arriba sin dudarlo. Un saludo y gracias por tu comentario.

    Contestar

Escribe un comentario

Últimos tweets