Ya ha anochecido cuando entramos en la Ciudad Santa. Llevamos casi dos horas y media de carretera desde la Galilea Septentrional. Miles de luces brillan en la oscuridad. Jerusalén es más grande de lo que imaginaba. El hotel Moriah Gardens, un rascacielos entrado en años, pide a gritos una legión de manitas. La grifería es antigua y el mobiliario parece disecado en los setenta. Hay días por delante para recorrer la ciudad vieja, pero tras cenar algo ya estamos en un taxi camino de la Puerta de Jaffa, junto a la Torre de David. En pocos lugares del mundo la historia pesa tanto como aquí. Me siento un intruso asomándose a un viejo grabado bíblico. Y eso que las restauradas murallas tienen un cierto aire a museo, a ciudadela mil veces rehabilitada, a piedra lavada con esmero.
Descender a estas horas por el dédalo de callejuelas del barrio árabe hacia el Muro de las Lamentaciones, con los puestos del zoco ya cerrados, es caminar por el tuétano de una ciudad dormida donde, sin embargo, late con fuerza su milenario pasado. Es una noche de gatos despistados y rabinos de paso acelerado. Es fácil perderse, así que pronto aceptamos la ayuda de un adolescente para llegar cuanto antes, propina mediante, a nuestro destino.
Descender a estas horas por el dédalo de callejuelas del barrio árabe, con los puestos del zoco ya cerrados, es caminar por el tuétano de una ciudad dormida
A la vuelta de un recodo, tras descender un tramo de escaleras, surge allá abajo el venerado muro de los tiempos de Herodes, el paño de lágrimas del pueblo elegido (donde llorar la pérdida de Jerusalén), la nostalgia de piedra del desaparecido templo de Salomón. Me siento realmente abrumado. La explanada está prácticamente vacía, pero un grupo de rabinos sigue rezando a sus pies, como si no quisiesen dejarlo solo. Antes de llegar hay que pasar un control de seguridad, donde soldados israelíes te registran a conciencia. Un pellizco de realidad que nos recuerda que estamos a punto de entrar en el corazón de la ciudad más disputada de la historia.
La piedra, iluminada por los focos, acentúa aún más la rotundidad del momento. Jerusalén está en silencio. Se percibe ese halo intangible que envuelve a los lugares sagrados, que la cercanía de la mezquita de Al Aqsa no hace sino realzar. El muro y la mezquita. ¿Quién vigila a quién?
A la vuelta de un recodo, tras descender un tramo de escaleras, surge allá abajo el venerado muro de los tiempos de Herodes
Los rabinos bisbisean sus salmos con devoción, aproximando sus cabezas -en un rítmico balanceo- mientras sostienen con ambas manos el libro de oración, lamentándose todavía por una pérdida tan dolorosa. Éste es uno de esos sitios que no te cansas de admirar. La atmósfera nocturna, además, le sienta bien.
La diferencia entre los grandes bloques de la época de Herodes, situados en la base, y las piedras más pequeñas, casi ladrillos, de la restauración musulmana en el siglo VIII es evidente. La convivencia entre judíos y musulmanes siempre parece un río a punto de desbordarse, pero conviene recordar que quien propició que esta parte occidental del muro de sujeción del templo se convirtiese en lugar de culto para los judíos fue, precisamente, Solimán el Magnífico, quien en el siglo XVI -en plena dominación musulmana de la ciudad- promulgó un edicto permitiendo a la comunidad judía situar a sus pies un lugar de oración. La leyenda dice que el propio Solimán limpió con agua de rosas el muro para purificarlo. Hasta ese momento, el lugar preferido de los peregrinos judíos que acudían a Jerusalén era el monte de los Olivos, pero no el actual muro de las lamentaciones (donde se situaba el mercado), como apunta Karen Armstrong en su excepcional “Historia de Jerusalén”.
Fue Solimán el Magnífico quien, en plena dominación musulmana de la ciudad, propició que el muro se convirtiera en lugar de oración para los judíos
Ya es medianoche y la ausencia de turistas explicita aún más la presencia extranjera. Somos los otros y nos comportamos como tales. Una vez abajo, a unos metros del muro, toca lavarse las manos en una fuente circular de varios caños, ahora con grifos, ayudados de unas jarras de plástico. Primero una mano; luego, la otra. Sin secarlas. Cumplir con la liturgia del lugar también obliga a cubrirse la cabeza con una kipá de cartón, blanca para más inri, que subraya con mayúsculas nuestra condición de entrometidos en un escenario repleto de kipás negras como el hollín. Por si fuera poco, su peso liviano hace que no se sostenga sobre la coronilla, por lo que hay que sujetársela continuamente. Esa prevención no evita, sin embargo, que de vez en cuando ruede por el suelo ante la indiferencia de los rabinos orantes, que como mucho miran de soslayo como haríamos nosotros en el tendido de sol al paso de un guiri con bermudas y vaso de sangría.
Algunos rabinos nos miran de soslayo como haríamos nosotros en el tendido de sol al paso de un guiri con bermudas y vaso de sangría
Únicamente se escucha el murmullo de los fieles. La presencia de la piedra es apabullante. Ella es la verdadera protagonista. No es sólo roca tallada. Es, sobre todo, refugio; asidero espiritual; fortaleza frente a la adversidad; totem hebreo; rescoldo del viejo reino del viejo rey sabio; una bandera que nunca se arría en una tierra de reivindicaciones permanentes donde cualquier gesto es un símbolo y un metro cuadrado, una provocación. Es, también, testimonio vivo de una obra faraónica, la de la reconstrucción del templo de Jerusalén, que se prolongó durante casi 80 años y en la que se emplearon 18.000 obreros y que únicamente el empeño de Herodes consiguió llevar a término (aunque no vivió la suficiente para ver los trabajos completados). Sólo el muro occidental, frente a cuyos restos nos encontramos ahora, medía casi 500 metros de largo.
La noche cerrada saca lo mejor de estas piedras que irradian espiritualidad y son una página de la historia de la humanidad
A plena luz del día, el tumulto de turistas quizá reste emoción al encuentro. No lo sé; me cuidé mucho de no comprobarlo para no estropear la intimidad de este encuentro nocturno, cuando la noche cerrada saca lo mejor de estas piedras que irradian espiritualidad y son una página viva de la historia de la humanidad. A la izquierda, bajo techo, los rabinos comentan, rodeados de jóvenes, la Torá (el Pentateuco). Apenas se ve a alguien vestido de paisano. Las estanterías están plagadas de libros. Un joven alumno graba la lección de su maestro con una cámara de vídeo y descarga las imágenes en la Red en tiempo real, esparciendo su magisterio a fieles hebreos de todo el mundo. Este alarde tecnológico casi parece inapropiado junto a la verdad desnuda de la piedra.
Al salir, un rabino de barba cana me aborda chapurreando unas palabras en balbuceante español. “Mi abuelo es español, de Barcelona”, sonríe orgulloso. Y por si hay alguna duda, remata: “Me gusta mucho el flamenco”. Me cuesta un mundo, la verdad, imaginármelo arrancándose por bulerías.





