El brillo eterno de Luang Prabang

Por: Daniel Landa (Texto y fotos)
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-No salgáis a cubierta, os podrían disparar!

Quién nos avisaba era uno de los tripulantes del barco que surcaba las aguas del Mekong. Habíamos decidido descender el río para acercarnos a la ciudad de Luang Prabang. La embarcación era muy alargada, como lo eran todas en esta parte del río. Varios hombres accedieron a llevarnos por un buen precio desde la localidad de Xieng Kok.

Navegamos entre orillas que cambiaban de dueño. Laos a babor y a estribor se alternaban los territorios de Myanmar y Tailandia. La primera parte del viaje era la más arriesgada según nos decían los tripulantes mientras daban cuenta de un arroz con carne y vegetales. No hubiera sido el primer caso en que los piratas birmanos atacasen embarcaciones en el Mekong.

-Te disparan desde la orilla, aquí es mejor esconderse un poco, por si acaso.

Te disparan desde la orilla, aquí es mejor esconderse un poco

Horas después, a nuestra derecha, la tranquilidad de Tailandia sucedió a las tierras birmanas, pero a mi me parecía que la naturaleza era tan densa en uno como en otro país.

Desde Huayxay, un pueblo donde desembocan viajeros en busca de aventuras, monos o meditaciones, tomamos un autobús en el que había que compartir un camastro durante quince horas. Pablo y yo ordenamos el espacio como pudimos mientras Yeray viajaba abrazado al equipo de cámara. Tuvimos que comprar un pasaje extra para las cámaras, trípodes, multicópteres…

Agotados de esta mudanza interminable llegamos a Luang Prabang. Nos alojamos en un hostal confortable y salimos a pasear la cámara por una ciudad que resplandece en sus más de cincuenta templos. Luang Prabang es de esos lugares cuya paz te llega a inquietar. Uno no sabe por dónde empezar a encuadrar los tejados que acaban en punta, los monjes pelados o los budas de oro.

Luang Prabang es de esos lugares cuya paz te llega a inquietar.

La luz de Luang Prabang resaltaba el brillo de los templos budistas. La cámara retrató las filigranas del Wat Xieng Thong y asistimos a las oraciones de Wat Mai y visitamos otros templos, abrumados por la armonía budista de la que fuera capital del Reino de Lang Xang.

Junto al Palacio Real, el museo de la ciudad mostraba imágenes que nos hacían lamentar no haber llegado allí un par de siglos antes, cuando reyes y exploradores montaban elefantes y las mujeres bailaban en los palacios. Luang Prabang tiene un pasado ostentoso, bañado en el oro y en el lujo de un reino del que hoy quedan sus templos, apuntando al cielo.

tuve la impresión de que era imposible apagar la luz que ilumina el alma de los budistas

La ciudad sigue siendo el centro religioso de Laos y cada amanecer un desfile de monjes recorre en procesión las calles pidiendo limosna. Si bien los turistas se suman a las ofrendas, la tradición es demasiado antigua como para despreciarla por el flash de las fotografías.

Había que regresar al Mekong, alejarse un poco de la ciudad para alcanzar uno de los templos más extraños y envolventes del país. Pak Ou es un santuario cavado en una roca, una cueva venerada durante siglos que alberga más de mil figuras de buda. Allí, en la penumbra de la gruta, junto al río más importante del Sudeste Asiático los devotos encendían velas y me tuve la impresión de que era imposible apagar la luz que ilumina el alma de los budistas. Caen los reinos, se extinguen los elefantes y se pueblan sus calles de turistas, pero en la devoción de sus fieles uno entiende que Luang Prabang es una ciudad eterna.

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