El laberinto copto

Por: Miquel Silvestre (texto y fotos)
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Recorro el mundo en moto para encontrar historias. Historias reales e intensas. Historias sin adulterar por los medios, la propaganda o la distancia. Por eso he visitado personalmente las comunidades cristianas de Asia Central, Persia, Mesopotamia, Oriente Medio y el Magreb. He entrado en sus iglesias, he compartido su comida y he escuchado sus palabras. Y como cantaba el grupo de rock duro Los Suaves, la de los cristianos en esas tierras adversas es una historia que es verdad, pero como todas las historias que son verdad, es una historia triste. Una historia que muchas veces olvidamos o pretendemos olvidar por ignorancia o comodidad.

Pero fue el solar inmediato al nacimiento de Jesucristo el primero en ser cristianizado. Durante los seis primeros siglos el Cristianismo se extendió desde el Mediterráneo hasta la India. Pero los Árabes, islamizados por Mahoma en la segunda mitad del siglo VIII, derrocaron a los debilitados imperios Bizantino y Persa y penetraron en África, Europa y Asia. No consiguieron extirpar el cristianismo. Hay asirios, caldeos, maronitas, católicos y ortodoxos en todos esos países que hoy miramos en el mapa y consideramos de fe islámica. Quizá no sean muchos, pero existen. Y no quieren irse ni desaparecer, aunque en algunos lugares, como en Irak, lo que no consiguió el alfanje lo está consiguiendo el terrorismo. En el Kurdistán pude conocer las tristes casas prefabricadas donde se almacenan las vidas sin futuro de miles de cristianos que huyen de Bagdad o Mosul.

Los coptos egipcios temen que ese sea su futuro ante la indiferencia de occidente y la hostilidad del Gobierno Egipcio, que estima su número entre un 8 y un 10% de la población. Cifra que los propios coptos tachan de incierta. Para ellos, que se consideran directos descendientes de la gente de los faraones, estaría alrededor del 25%. Los recientes sucesos de Edfu, donde una turbamulta destruyó una iglesia ante la pasividad del gobernador, y El Cairo, donde los blindados embestían a una multitud desarmada hasta matar a 24 personas, no son hechos aislados. Su propio patriarca, Shenouda III habla abiertamente de persecución. Pero las cosas se están agravando. El 1 de enero explotó una bomba en una iglesia de Alejandría durante la celebración de la misa de Año Nuevo. Yo acababa de abandonar el país en dirección a Libia. Poco después Occidente se alborozaba con la esperanza de las revoluciones en el mundo árabe. Contemplé los movimientos populares con escepticismo. Como me dijeron mis acompañantes iraníes un día que en la ciudad de Tabriz al ver a unas niñas mendigando, revolución es solo una palabra. Una palabra, añado yo, qué puede significar cualquier cosa y también su contraria.

Mubarak era ya solo un síntoma. Un anciano aislado, un leño seco. La enfermedad, en realidad, se llama Egipto

¿Qué significa hoy esa revolución para los coptos? Si algo ha cambiado es que hay más inseguridad y desgobierno. “Antes estábamos mal”, comenta un copto al salir de misa por los muertos de El Cairo, “pero ahora estamos peor”. Y es cierto que no hay mejora. Lo compruebo nada más poner pie en el país. La misma burocracia interminable, la misma suciedad que parece comerse las calles, la misma corrupción generalizada. El sistema persiste por sí mismo, como una hidra. Mubarak era ya solo un síntoma. Un anciano aislado, un leño seco. La enfermedad, en realidad, se llama Egipto. Y para los coptos, la gangrena generada parecer querer comérselos a ellos en una nación de creciente integrismo que se dirige al desgobierno.

La omnipresencia islámica es total. En este país es frecuente un signo de religiosidad que salvo en Sudán no he visto en ningún otro lado: el callo del creyente. Una rugosidad que brota en la frente de los fieles que frotan obstinadamente sus testas contra el suelo cada una de las cinco veces que se arrodillan a rezar. Funciona como un visible signo de distinción. Aunque también los coptos se distinguen visiblemente. Llevan una cruz tatuada en la muñeca. Es fácil reconocer sus negocios por las imágenes de santos ortodoxos que los adornan. Nadie se esconde.

“¿Por qué habríamos de hacerlo?”, contesta el dueño de un hotel. “Este es nuestro país. Estábamos antes. Sólo queremos nuestros derechos. Llevamos siglos callados, aguantando humillaciones, pero las cosas están llegando a un punto intolerable. Quieren que nos vayamos pero no queremos irnos. Además, ¿a dónde voy a ir? Esta es mi casa y mi negocio. Es mi vida”.

En mi largo deambular por dependencias públicas para importar temporalmente mi motocicleta solo he encontrado un cristiano

Curiosamente, el país parece necesitarlos más a ellos que ellos al país. Como cuenta un pequeño comerciante de Luxor, la función pública cada vez se restringe más a los cristianos. “El Gobierno de Mubarak solo contrataba musulmanes”. En mi largo deambular por dependencias públicas para importar temporalmente mi motocicleta solo he encontrado un cristiano: el ingeniero responsable de la inspección técnica de los vehículos en Alejandría. Ante esta situación, los coptos suelen autoemplearse en pequeñas empresas de hostelería, en farmacias o en gasolineras. Son emprendedores que hacen que el país funcione, que aún se paguen impuestos en un Estado con déficit crónico y una alarmante bajada de los ingresos por turismo.

¿Qué va a suceder a partir de ahora? Shenouda III ha mantenido una política confesional de apaciguamiento hasta el punto de haber condenado al Estado de Israel por su actitud en Palestina y vetar a sus fieles la visita a los Santos Lugares. Sin embargo, nada ha sido suficiente para aplacar al integrismo, que los quieres fuera de Egipto y los acusa de todos los males. Pero las cosas han llegado demasiado lejos. Aunque nadie se plantea una respuesta armada. “Somos gente pacífica. Nosotros no matamos”, asegura una mujer menuda en el patio de la catedral de Luxor, cuyo obispo está confinado en Alejandría, la paciencia de los coptos se ha terminado. También su esperanza en Occidente. “No han hecho nada nunca por nosotros”, asegura uno de los barbados sacerdotes ortodoxos de la gran catedral cuyos cimientos se hunden en la Via de las Esfinges que unía Karnak con Tebas. ¿Y qué van a hacer?, le pregunto yo. Él padre me mira con unos profundos ojos negros que no quieren ser fotografiados por seguridad. “No confiamos en nadie.”, dice, “Ya no. No pedimos ayuda. Nuestro Patriarca y su Sagrado Consejo han decretado que a partir de ahora guardaremos silencio. Durante tres días ayunaremos y rezaremos. Será Dios quien hará algo para ayudar a su gente.”

Salgo de la sacristía. Veo a los fieles rezar, huelo el incienso encendido, escucho la profunda letanía de los antiguos ritos. Desde el altar, contemplado por los serios retablos de santos orientales, un viejo sacerdote bendice a una multitud asustada que busca en sus hombres de fe una respuesta, una salida, una esperanza. Camino por uno de los laterales del templo y alcanzo la salida al calor polvoriento del exterior. El sol ciega. Los policías de la puerta me saludan afablemente Kalashnikov en ristre. A todos les encanta mi motocicleta. Yo les sonrío por cortesía pero en realidad tengo pocas ganas de hacerlo. A pesar de tanta fe, creo que esta vez se han agotado los milagros por una temporada y que el Mar Rojo no se abrirá está vez. Por el bien de todos sus hijos, espero que a pesar de ello aún quede abierta alguna salida al laberinto de los coptos.

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Comentarios (4)

  • MereGlass

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    Me apena mucho lo que cuentas y sin embargo no me sorprende. Las minorías cristianas en los países musulmanes siempre han tenido las de perder, ya ocurrió en Armenia, también en el Líbano… Lo increíble es que aún sigan ahí, incombustibles. Les admiro enormemente porque saben perfectamente “quienes son” y “en lo que creen” y eso les hace más fuertes. Ojalá los coptos corran mejor suerte, rezaré por ellos. Muchas Gracias, de corazón.

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  • MereGlass

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    Disculpa si mi comentario anterior fue algo subjetivo, intentaré ser más neutral la próxima vez. Saludos.

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  • Javier

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    No parece subjetivo tu comentario. Va en la línea de lo que cuenta Miquel, al que se le agradece la sinceridad en tiempos en los que hay temas y argumentos que no son políticamente correctos.
    Gracias MereGlass

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