Bosnia: cuando las balas son souvenires

(…) Entrando desde Split, el territorio bosnio es mayoritariamente croata. En las gasolineras admiten los kunas, moneda de Croacia, y venden alcohol y pornografía. Bosnia no tiene divisa propia, funciona con euros. Hay multitud de iglesias. No indican devoción sino política. Igual que los minaretes, las cruces son banderas…
Cartel electoral
EN LA DISTANCIA

Los Balcanes son denominación geográfica y también concepto léxico, político y hasta moral. El nombre de la península delimitada por los mares Adriático, Mármara y Egeo proviene de la cadena montañosa que la recorre de norte a sur como un auténtico espinazo, que bien podrían llamar algunos del Diablo dada la ancestral historia de violencia que la ha sacudido. La palabra “balcánico” ha adoptado una significación sinónima de irresoluble atomización, desmedida brutalidad y absoluto callejón sin salida según se aplique a comunidades, individuos o conflictos.

Bosnia celebró recientemente unas elecciones que perpetúan un estatus quo de inoperancia institucional y odio interétnico. Los musulmanes gobernarán con un 35% de apoyo, los serbios mantendrán su semiestado independiente y los croatas aspiran a tener el suyo propio. O sea, lo mismo que al terminar la guerra en 1995. Los votos, cristalizados en tres inamovibles nichos, dejan las cosas como estaban. Y es que Bosnia es el Estado imposible. Sin embargo, funciona gracias a las inyecciones de euros que la Unión Europea administra generosamente, quizá para adormecer su mala conciencia por haber permitido tan horrenda infamia.

Pero también hay algo de interés propio. Bosnia es una gangrena mal cauterizada que quizás se esté pudriendo en silencio, pero lo está haciendo a pocos kilómetros del rompeolas europeo. Los soldados de la fuerza internacional siguen aquí, pero los periodistas hace tiempo que se fueron. ¿Lo han hecho también los muyahidines islamistas que acudieron para auxiliar a sus hermanos musulmanes? ¿Está anidando el fundamentalismo en la otrora descreída Bosnia parte de Yugoslavia? Los sufragios obtenidos por el moderado Bakis Izetbegovic permiten creer que el huevo de la serpiente es por ahora estéril. Sin embargo, algunos cifran en nada menos que un 13% los seguidores del wahabismo.

EN LA CARRETERA

Entrando desde Split, el territorio bosnio es mayoritariamente croata. En las gasolineras admiten los kunas, moneda de Croacia, y venden alcohol y pornografía. Bosnia no tiene divisa propia, funciona con euros. Hay multitud de iglesias. No indican devoción sino política. Igual que los minaretes, las cruces son banderas. En el camino hacia Mostar se ven emblemas croatas y cementerios católicos. A Medjugorre acude una enorme multitud de peregrinos para asistir a unas presuntas apariciones de la virgen que se repiten a diario.

Mostar, la mítica ciudad atravesada por el río Neretva. El centro está reconstruido y bulle de vida. Hay bazares, tiendas, restaurantes, hoteles… la reconstrucción ha sido total, completa, inmensa. La guerra se ha convertido en reclamo turístico. En los mercadillos venden todo tipo de recuerdos bélicos y souvenires de la antigua Yugoslavia. Casquillos, cascos, insignias, granadas, emblemas. Pero tan sólo unos metros más allá, el horror bélico aparece. Edificios en ruinas, agujeros de bala, pintadas, cascotes, quemaduras.
De cada cuatro casas, una es puro esqueleto. La limpieza étnica se culminó. Los croatas y bosnios echaron a los serbios. Luego empezaron a matarse entre ellos hasta que se higienizaron las respectivas orillas. Ahora pueden vivir en paz porque se acabó con la mezcla. Las mezquitas y minaretes que se ven en el lado croata son testimoniales. Si no hubiera habido algo presencia musulmana en el centro histórico, no habría habido dinero para la reconstrucción. Y es que el dinero sólo se lo merecen los chicos buenos que cumplen las órdenes de Londres, París, Bonn o Washington.

Desde los altos edificios disparaban los francotiradores serbios a viandantes y conductores. Hoy sólo queda en pie una enorme ruina

La ruta hacia Sarajevo sigue el curso del río entre cañones y lagos. Se entra por la Avenida de los Snipers, llamada así porque desde los altos edificios disparaban los francotiradores serbios a viandantes y conductores. Hoy sólo queda en pie una enorme ruina. Agujereada y llena de pintadas se yergue como un recordatorio incómodo del odio. Los demás inmuebles son nuevos, relucientes mastodontes de oficinas. Al otro extremo, se encuentra el barrio musulmán. Vigilado por altas montañas, fue de los más castigados por los bombardeos del VRS, ejército de milicianos serbios. Bullicioso y multicultural, proliferan nuevas mezquitas y se ven algunos barbados y embozadas. Parece que por aquí se empieza a animar el integrismo auque las urnas ya no le otorguen la alta representación obtenida en las anteriores elecciones.
Nada más abandonar Sarajevo, todavía en la periferia, aparece un cartelón. República Srpska. Es el refugio de los serbios de Bosnia. Su estatus jurídico es complejo. Autonomía para el gobierno bosnio y la comunidad internacional, país independiente para los serbios. En la fantasmal linde hay un oficial austriaco de los Cascos Azules. Asegura que sus jefes son españoles, aunque no sabe pronunciar sus nombres. La república es aun más pobre que el resto del país. Aquí no llega la ayuda internacional con tanta alegría.
Banderas serbias. Alfabeto cirílico. Orgullo nacional herido. Chiquillos caminando por la carretera. El país parece vivir en un mundo dos décadas más antiguo. La carretera es mala y atraviesa una abruptísima zona montañosa donde no se ve ninguna matrícula occidental. No hay bares ni cafeterías. Algo de hostilidad se respira en el ambiente, o quizá es que nadie hable inglés. No se aceptan los billetes de Croacia y los tipos de mostacho y mejillas hundidas me recuerdan a los personajes que dibujara Herge para aquella historia de Tintín titulada El Cetro de Ottokar.
Aquí no llega la autoridad de la nueva policía bosnia, de intachable conducta debido al adiestramiento recibido de la OTAN. Los agentes que me paran por una infracción inexistente son miembros de las antiguas fuerzas de seguridad “yugoeslavas”. Este par de hombres maduros que llevan los ilegales escudos de la República Srpska tratan de colmar su exigua paga con la extorsión sistemática al conductor. Su legitimidad es absolutamente fantasmagórica. El gobierno legítimo de Bosnia pretende la disolución de esta milicia. Lo mismo desea la Comunidad Internacional. Pero las armas de estos dos hampones de uniforme, aunque viejas, disparan balas de verdad. Y en los Balcanes esa plúmbea verdad es la única ley que se respeta.

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