La delirante historia del señor Matsinhe

“¿En qué año estamos?”. Esas fueron las primeras palabras que escuché al Sr Matsinhe. Entré a una reunión a conocer al hombre que iba a llevar mis papeles de residencia en Mozambique y vi a un hombre de mediana edad, unos 50 años, algo orondo y de tono de voz muy débil, que lleva todos los temas laborales del hotel. Entonces escuche: “¿en qué año estamos?” y pensé “!espero que no sea el tipo que me va a arreglar mis papeles!”

“¿En qué año estamos?”. Esas fueron las primeras palabras que escuché al Sr Matsinhe. Entré a una reunión a conocer al hombre que iba a llevar mis papeles de residencia en Mozambique y vi a un hombre de mediana edad, unos 50 años, algo orondo y de tono de voz muy débil, que lleva todos los temas laborales del hotel. Entonces escuche: “¿en qué año estamos?” y pensé “!espero que no sea el tipo que me va a arreglar mis papeles!”. Entonces me equivoqué. Era. En otra ocasión había quedado con él en un bar y se paró en la puerta para preguntarme por dónde entrar. Enfrente tenía una inmensa puerta, a la derecha una valla. Él se quedó quieto delante de la valla. Mi vida en este lugar estaba en manos de aquel extraño señor.

En otra ocasión había quedado con él en un bar y se paró en la puerta para preguntarme por dónde entrar

El proceso de regularización en Mozambique es, digamos, difuso. En cada escritorio que entras tienes la sensación de volver 30 años atrás. Oficinas de madera en las que los papeles y las gentes se acumulan sobre los bancos y las mesas. Lo primero que hicimos es ir a pedir mi número de identificación fiscal. Entramos en una sala y un educadísimo joven nos explicó que no podía dárnoslo porque “hacía una semana que la conexión con Maputo no funcionaba…”. Eso sí, nos aclaro que la informática había conllevado algún retraso pero que, al menos, “ya no damos el mismo número a diversas personas como pasaba antes”. El Sr Matsinhe escuchó, sonrío y contestó: “Vengo mañana”. Y mañana volvió y obtuvo el número.

Después fuimos al notario a legalizar mi nueva empresa. JBranbdoli E. I. El Sr Matsinhe entró conmigo, se saltó una cola de 20 personas que llevaba un milenio allí esperando, habló con un oficial, que habló con otro oficial, que le comunicó algo a otro oficial… y salimos del Registro Notarial con una tempranera cita para constituir mi empresa. Aquel fue el día que descubrí cual es sin duda la afición favorita del Sr Matsinhe: “Hacer fotocopias”. Le gusta hacer muchas, pero le gusta hacerlas de una en una. Vamos a un sitio y le piden una fotocopia del pasaporte, salimos y la hacemos. Irremediablemente pasa que en el siguiente sitio que entramos piden otra fotocopia del pasaporte y hay que volver a salir a hacerla. Así hasta que un día le di dinero y le indiqué al Sr Matsinhe que hiciera 1500 fotocopias juntas de todos mis documentos, algo que después entendí que no le gusta, él prefiere hacer las cosas una a una.

Aquel fue el día que descubrí cual es sin duda la afición favorita del Sr Matsinhe: “Hacer fotocopias”

A la mañana siguiente estábamos en el Notario. Nos recibió un chico joven, desganado, que había escrito a mano los estatutos de mi empresa. Tuve que leerlos en alto, con mi portuñol aún mal entrenado, y firmar diversos formularios. Al salir, el Sr Matsinhe me dice: “Esta chico trabaja muy bien, hizo todo en 24 horas. Se nota que es nuevo”. Calló y cinco segundos después reflexionó: “En un año cogerá el ritmo de los otros y ya no trabajará más”.

Ya estaba casi todo listo, aunque lo malo es que cada día había un nuevo gasto. Regularizarte aquí con una empresa y el permiso de residencia supone un gasto de cerca de 40.000 meticais (1.100 euros), pero las dosis te las dan en goteo. “¿Por qué no me da el precio todo junto en vez de pedirme cada día algo nuevo?”, le recriminé una vez. “Porque cada día las cosas tienen aquí un precio. Si digo que cuesta tanto y luego es más el cliente se va a enfadar”, me respondió él. (Algo que comprobé que es cierto al pedir el DIR, que ha subido 2.000 meticais en dos semanas). Empezaba a entender que la lógica del Sr Matsinhe funcionaba, lento, pero funcionaba.

Mucho son unas cuantas frases entrecortadas, que el hombre es más de contemplar y percibe la mitad de lo que le digo

Entonces llegó el fatídico día en el que tuvimos que bajar al purgatorio, la Oficina de Inmigración de Maxixe, a 300 km de donde vivo. En el camino charlamos mucho de política, su vida, el país. Mucho son unas cuantas frases entrecortadas, que el hombre es más de contemplar y percibe la mitad de lo que le digo. Me contó que vivió en la URSS, y la Alemania Democrática, fue un cargo político de Frelimo (partido del Gobierno) en los tiempos de la Independencia. África se hacía entonces comunista por rebeldía más que por convicción. (¿Qué habrá quedado de toda aquella utopía en la corruptela política actual?).

Llegamos allí y tuvimos que coger una barcaza de madera para 40 personas en la que íbamos 63 para hacer un papel en Inhambane, y esperar a que terminaran una hoja de ordenador que tecleaban con un dedo, y  cambiaron por lenta a la persona y vino una que tecleaba con dos, y volvimos a la barcaza con otras 60 personas, y llegamos a la oficina de Maxixe, y dejamos mis papeles tras tres horas de esperas y fotocopias, y volvimos una semana después, y habían perdido mis papeles, y mi pasaporte no estaba, y me decían que es que no tienen etiquetas porque Maputo no se las manda, y estaba ilegal, y a nadie le importaba, y todos los que estaban alrededor de mí salían también sin documentos, y la cola de gente salía de la vieja oficina donde los trabajadores no atendían porque no les daba la gana, y nadie se quejaba, y trataban mal a la gente, y yo grité enfadado, y el Sr Marsinhe hizo algo parecido a un susurro para mostrar su enfado solidario, y los demás miraban extrañados al extranjero que se enfadaba, y yo no entendía nada, y escuchaba a una imbécil tratarme como un imbécil, y mantuve conversaciones de imbécil, y el Sr Matsinhe sonreía, y entonces entró en un despacho, y salió después de otra sala, y un tipo mientras quería venderme un mapa de toda África en una escena surrealista, y una de las funcionarias me explicaba que el problema era de Maputo, y otra jugaba a las cartas, y yo pensé que nunca iba a salir de aquel lugar, y me reía a carcajadas, y me daba cabezazos, y me dijeron que no podían hacer nada, y de pronto salió el Sr Matsinhe con mi pasaporte en la mano, con un visado, y me dijo que nos podíamos ir a casa.

Entonces me acordé de aquella vez que le escuché preguntar ¿en qué año estamos? Sin él no hubiera hecho nada.

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