La partida de billar y el Gran Fish River Canyon

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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“Él es ahora el amo”. Ésa fue la última frase que escuché en Sudáfrica. Parece una metáfora de la situación del país. Dion, el conductor, un armario empotrado blanco, veía como un policía le tiraba a la basura el cráneo de ñu que había colocado en el frontal del camión. “Llevo ocho meses viajando con ella y no me han dicho nunca nada”, explicaba.

No fue fácil dejar Sudáfrica, la Policía estuvo toca pelotas, riesgos de las fronteras, y querían que yo pagará una multa porque me había caducado la visa. “Llama a tu jefe, le dije, pero ahí pone claro que tengo permiso hasta el 15 de septiembre”. El tipo debió de pensar que me iba a poner pesado y que era más fácil ponerme el sello y que me perdiera por el desierto de Namibia. Salimos.
Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. En la frontera Namibia nos encontramos, en la misma oficina, a unos tipos jugando al billar. Una pequeña mesa destartalada, con dos cruces de cinta aislante tapando los rotos y unos palos que tenían el taco de plástico. “Estoy en África”, recordé, el continente de las escenas inverosímiles. Resulta que los hombres eran presos. Justo detrás de la oficina hay una pequeña cárcel, donde por su buen comportamiento les dejaban salir fuera y jugar al billar o pintar las paredes de la estancia fronteriza, me dice Ines (hombre), que es de Namibia y ayuda con las tiendas de campaña y la cocina. ¿La World Cup del billar?, les pregunto. (Tengo la sensación de que la conjunción Copa del Mundo/español me va a ayudar todo el viaje). Ellos se ríen y me explican que juegan cada mañana. Deben practicar más, las bolas entran en las troneras por casualidad física. Fallan, todo lo que se puede fallar y se ríen (lo dicho, África).

Al volver al camión, la imagen es significativa. Si miramos a nuestra espalda vemos el asfalto sudafricano. De frente, una pista de tierra que prácticamente nos acompañará ya durante los 13 días de estancia en este país. La cabina se llena de polvo en cuanto abrimos las ventanas; sino lo hacemos el calor es sofocante. Nos dirigimos al Fish River Canyon, el segundo cañón más grande del mundo, dicen ellos (hay una cierta tendencia en todos los lugares a decir que tienen lo más grande del mundo. Aquí el truco es que hablan de un cañón que en algunos puntos tiene más de 27 kilómetros de ancho. El largo es 160 kilómetros). Todo el camino el paisaje es parecido: largas carreteras vacías y desierto a los lados.

No hay un atisbo de vida humana alrededor, sólo desierto desparramado ante nuestros ojos.

El camión gira, y cogemos un camino de piedras, en medio de la nada, que nos hace pensar que lo anterior era una autopista alemana. Tras 22 kilómetros, que tardamos en recorrer casi una hora, llegamos a Guest House Farm Fish River Canyon. Un albergue espectacular, con camas para 25 personas, cargado de encanto. No hay un atisbo de vida humana alrededor, sólo desierto desparramado ante nuestros ojos. Una hora después salimos para el cañón. Al llegar la imagen es brutal, de paz impuesta. Bajamos un sendero de unos cinco kilómetros y llegamos al río. El baño en aquellas frías aguas, en calma perpetua, me lo llevo seguro como uno de los momentos del viaje. El sol se pone tras las cortadas que nos abrigan. Dan ganas de hacer un fuego y quedarse allí a dormir, a escuchar la nada. Dicen que por la zona hay leopardos.

Volvemos a la granja. Robert e Ines preparan la comida. A estas alturas del viaje, mi propósito de perder entre tres kilos y 300 kilos ha pasado a la historia. Los tipos cocinan de cojones y cada noche hay festín gastronómico. Ayer fue un plato namibio de arroz, carne y vegetales, como en cazuela, que estaba de pelotas. Hemos decidido que el grupo spanish les cocinará una noche algo típico de nuestra tierra. Lo malo es que se ha pasado de la paella a un arroz con bogavante y, última opción, patatas con almejas. Yo me veo bien para sacar el bimbo de las bolsas. Luego, ya al anochecer, botella de vino al canto y noche de tropezar estrellas. Genial. Muy recomendable este lugar. Por si alguno quiere acercarse a este rincón perdido en la nada, el teléfono es 0026463683005.
Hoy hemos vuelto a comenzar la ruta. 400 kilómetros hasta Luderitz. Siguen las risas y se ha jugado hasta una partida de pocha en el camión (costumbre típica de los viajes con mis amigos). Hemos parado en medio del desierto, cerca de Luderitz para contemplar las manadas de caballos salvajes.

Albert e Ines se descojonaban en la cocina mientras preparaban la comida. ¿Quieres que te enseñe África?, preguntan. Después hacen un gesto como de bajarse la cremallera, entre carcajadas, y de darse golpes en el pecho con las manos a la espalda (hay que pillarlo. Viéndolos parece posible). Obviare las trece mil idioteces que contesté, con miedo, ante la posibilidad de que me pidieran que hiciéramos un concurso de enseñar Áfricas.

Ruta Kananga: www.kananga.com
Teléfono: 93 268 77 95
(Organizan viajes por toda África)

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Comentarios (5)

  • Sonia H

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    QUe envidia. El viaje pinta muy bien, pero tiene pinta de ser bastante caro..

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  • jeff

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    Hola javiar
    Parece que van a disfrutar de este viaje ahora que te queda SA . Ahora sus viajes por África y realmente comienza sus aventuras va ser increíble. Me gustaría estar allí para compartir.

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  • LA BIS

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    Por favor, que verguenza, con la pequeña que la tenemos!!!. No caigas en la trampa de enseñar AFRICA. AFRICA no, a lo sumo, un poco de Europa pero solo el derecho que el izquierdo siempre mengua algo. Besos de tu Bis que te quiere.

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  • Javier

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    Gracias. Es verdad que áfrica es cara, peero espero reducir costes.
    Jeff, cuídate. Nos vemos en madrid.
    Bis,también te quiero

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  • ana

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    No comments… pero da para muchas risas de sofás de cuero

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