Abducido por lagos y montañas sagradas

Por: Juan Ignacio Sánchez (texto y fotos)

Como son 1.200 millones, y yo apenas tengo tres semanas para conocer un porcentaje residual de su territorio, cualquier cosa que diga acerca de China tiene más o menos la validez de lo que diga de Noruega, donde no he estado nunca. Pero la verdad es que esta gente me ha dejado desconcertado. Hemos estado de paso por la ciudad capital de la zona en que nos movemos. La ciudad se llama Kunming, y no os sonará de nada porque es, más o menos, la número 90 en cuanto a población del país. Bien, pues Kunming tiene cuatro millones de ciudadanos, o lo que es lo mismo, el tamaño de Madrid o de Barcelona. Y no hay mucho en lo que vaya a la zaga de estas dos.

Los parques son enormes. Los autobuses tienen, como en casa, voces grabadas que te informan de las siguientes paradas y el tiempo que has de esperar. Las librerías (nada en español y casi nada en inglés) parecen sedes de la Fnac, y por todos lados hay centros comerciales especializado en ropas ultramodernas o en tecnología informática, que les pirra. Si miras para arriba, los rascacielos te llevan a pensar más en Dallas o Boston que en una pequeña ciudad china de nombre impronunciable.

Esta gente no está coqueteando con la modernidad, se la ha cepillado. Otra cosa, y me niego a entrar en debates pantagruélicos, es que ésa sea la dirección correcta. He leído en no sé qué revista que los chinos se han convertido en el primer importador mundial de casi todo, por ejemplo de vino, o de jamón. Me lo creo todo, aunque el jamón aquí no saben cómo comerlo. Y echo de menos el café, porque estos beben más te que los ingleses.

Pero claro, resulta que tanta prisa se han dado en globalizarse, que hay cosas que se les quedan atrás. Por ejemplo, el aseo. O, mejor dicho, los aseos. Aquí, como eso de la independencia personal no les interesa mucho, no ponen paredes ni para cagar. Literal. Entras en un baño y te encuentras a tres chinos congestionaos tratando de sacarse la basura pa fuera. Feo, es feo.

Y en algunos sitios, por ejemplo en los hoteles, puedes visitar un vestíbulo que no tendría nada que envidiar a uno de esos feos y pijos de Las Vegas, y luego si echas un vistazo a la habitación las paredes están desconchadas y por el suelo puedes ver corriendo algún que otro bichito muy salao.

Luego de Kunming nos hemos ido a uno de los rincones más visitados de la China. Se llama Dali, como el gran pintor, y es como meterse de repente en el lejano este de los emperadores de hace 500 años. Brutal, parece que no hubiera pasado el tiempo. El perímetro de la ciudad antigua está rodeado por una muralla con cuatro puertas que se encuentran en perfecto estado de conservación. Las calles pequeñas, adoquinadas. Los edificios de piedra, rematados con esas características formas puntiagudas de los tejados.

En el camino encontramos un letrero que decía que el primer emperador chino encargó a su más fiel general que conquistara Dali y lo añadiera a la corona.

Y, en sus calles, decenas de tiendas de casi todo. Los mejores dulces, la fruta más jugosa, verduras, hortalizas…Y pinchitos. Puedes comer en Dali tranquilamente comprando una cerveza y sentándote en un rincón a degustar una ración de patatas bravas (algunos vendedores preparan una salsa muy parecida) y unos pinchos morunos. Lo hemos hecho, claro.

Dali está limitado al este por un enorme lago sagrado, y al oeste por una montaña, también sagrada. La hemos pateado. En el camino encontramos un letrero que decía que el primer emperador chino encargó a su más fiel general que conquistara Dali y lo añadiera a la corona. El general llegó aquí, y paró a dormir en una posada en la montaña antes de atacar. A la mañana siguiente renunció a la guerra y se volvió a la granja de su familia. Dice la leyenda que la belleza de la montaña le conmovió tanto que no pudo seguir adelante.

Luego, otro día, hemos alquilado unas bicis y nos hemos ido a recorrer los pueblitos del lago, que también son magníficos, con sus pescadores y sus casas invadiendo el agua, y sus pequeños templos cada uno ocupado por una divinidad diferente a la anterior. Y nos han contado que hay una vieja tradición aquí de utilizar a ciertas aves para pescar. Al parecer les atan el cuello, las aves se meten para abajo a comer los peces, y cuando ya los tienen les aprietan el nudo del cuello y les sacan el pez. La verdad, me ha parecido un poco salvaje, y me alegro de no haberlo visto, porque al final no hemos encontrado a nadie…

Un secreto: alquilamos una habitación, por siete euros entre los dos, en una casa que está deshabitada, así que en realidad tenemos toda la casa para nosotros. Y con un salón y películas, y agua para te, y frutas, y un sol deslumbrante que nos despierta temprano… Ibamos a quedarnos un par de días, y ya vamos por seis. Y subiendo. No he estado más a gusto en todo el viaje. Por las noches nos vamos a un bar de una china ultramoderna que está liada con un francés perroflauta y a veces tocan música local, y otras pinchan a Dylan, o a Sprinsteeng.
Qué agustito se está aquí… Yo no me voy.

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