Mi primera mañana en Ciudad de México, enero de 2015, salí a pasear por la calle, y descubrí que estaba en casa. Viví cuatro años en un hogar lejano. No pasa siempre. Hay sitios que me ha gustado mucho vivir, como Bangkok o Maputo, donde también estuve varios años, pero no tuve esa sensación de brasero que tuve en México. No la tengo en el Nueva York que ahora vivo.
¿Cómo explicar México? Les podría hablar de las jacarandas en flor en la primavera del DF -siempre será para mí un poco el DF-; y de los alebrijes de Oaxaca; los muertos de Pátzcuaro, la jaiba a la Frank de Tampico; las calaveras de Pomuch; los burritos de Sonora; el peyote de los huicholes en el Cerro del Quemado; el recuerdo que me quema las tripas del asesinato del Padre Marcelo en Chiapas; los escarabajos que trepan por las empinadas calles de Taxco;los saltadores tristes de Acapulco; las iguanas que corretean entre turistas y piedras en las ruinas de Tulum; las ballenas de Baja California; la cárcel de indígenas de la Sierra de Chihuahua; el azul intenso de Bacalar; mi viaje “imposible” a Comala tras los pasos de Rulfo; mi agobio ante la avalancha de actividades de la FIL de Guadalajara; los refranes de mi amigo Carlos; aquella iglesia de Tlaxcala sobre un ruedo.

Todo eso es México. Quizá el país, tras España e Italia, que mejor conozco. Mi tierra querida donde regreso para recargarme un poco, a recordar que las penas son cantos alegres, que en los taxis se charla.
Entonces tomé un mapa y dudé: ¿por dónde empezamos? Y dude poco, porque para mi Ciudad de México es inicio y fin.
Fue el año pasado, tras acabar la ruta por Namibia, que de pronto pensé en enseñar un país que quiero desde la militancia. Entonces tomé un mapa y dudé: ¿por dónde empezamos? Y dudé poco, porque para mi Ciudad de México es inicio y fin. Supongo que nos quedaremos al menos cuatro noches, y serán pocas para una de las urbes más interesantes que he visto en el planeta. Su mala fama por desgracia se diluye, y la pandemia hizo que los gringos la conocieran huyendo a ese sur al que siempre acuden cuando quieren rentabilizar sus vidas y ahorros.
Los barrios del sur con su toque colonial y sus fachadas de piedra volcánica salpicadas de hiedra de colores. El centro, con sus librerías de lo viejo, sus organilleros y sus murales. Reforma y Polanco, con su castillo de emperador triste de Europa, su museo de todos los mundos posibles, y sus calles de gentes fresas alegres y excesivas. Condesa y Roma, las zonas hípster donde los modernuquis van a los teatros y en las tabernas el mezcal tiene sabores. Y las taquerías de la calle, quizá un concierto, merodear por un mercado, comer picante, andar mucho, trepar alguna pirámide, rezar a alguna virgen o santo.

¿Y luego? Pues seguramente iremos a un sitio muy especial de Tlaxcala que me llevó un amigo justo antes de dejar de vivir allí. Me dijo que no me podía ir sin ir a un lugar al que los volcanes miran de reojo. La finca de Sabino, que hoy lee libros allí arriba, y Paz, gentes cultas y buenas, donde comes gusanos de maguey y los toros bravos sesean, es belleza y calma. Huela a campo de pulque, y a cielo con luces.
Y de ahí iremos a los dominios de los cactus gigantes. Un bosque de espinas y chumberas, y luego unos monasterios, de esos de las películas, coloniales y abandonados entre colinas y dioses paganos
Y de ahí iremos a los dominios de los cactus gigantes. Un bosque de espinas y chumberas, y luego unos monasterios, de esos de las películas, coloniales y abandonados entre colinas y dioses paganos, y al final una ciudad bella, muy bella.
En Oaxaca estaremos varias noches. Es la tierra del mezcal -el aguardiente que sabe a tierra-, y de los alebrijes, animales reales que algunos incautos creen que son mentira. Y de los chapulines, y las viejas calles con sabor a Castilla, y las ruinas de Montebello, y los zapotecas y mixtecos. Se bebe y come muy bien en Oaxaca. Y se aprende. Y se contempla. Y se disfruta.

Y de ahí tomaremos un avión a Mérida. Y de ahí nos moveremos a Campeche. Pero antes pararemos en Pomuch y su cementerio maya. Le hice un reportaje muy amplio hace muchos años. No es un souvenir ese lugar, es cultura. Se ve y se respeta para entenderlo. No es lugar de selfies, es lugar de silencio, de mirar sin cámara.
Y luego está la ciudad, San Francisco de Campeche, a la que tantas veces fui. Me gusta, pequeña, con sus murallas y su plaza con soportales, y sus mujeres que juegan al bingo en las puertas de sus viviendas pintadas de colores. Y su aire tranquilo, amable, y su vieja taberna, Salón Rincón Colonial, a la que siempre voy a tomar una birra y unas botanas. Los amores no tienen un porqué. Y yo adoro ese lugar desde la primera vez que nos tratamos.
Pararemos en Pomuch y su cementerio maya. Le hice un reportaje muy amplio hace muchos años. No es un souvenir ese lugar, es cultura. Se ve y se respeta para entenderlo
Y de nuevo partiremos a las ruinas de Edzna, pero sólo un poco por no empacharnos. Y quizá hayan decidido reabrir la Hacienda Uayamon, que nadie debió cerrar nunca, y podamos detenernos en su restaurante con ventiladores de otro siglo, diría que de otra era. Pero el plato fuerte aún queda más al sur: las ruinas de Calakmul.

Llegamos por la tarde. Dejamos las cosas, y nos iremos a la cueva de los murciélagos a ver salir cientos de miles de alas que emergen de las tripas del mundo justo al atardecer. Salen cuando se pone el sol, y regresan tras el atracón de comer que se dieron por la oscura selva. Y uno está allí, quietito, mientras miles de quirópteros te rozan la cabeza.
Y cuando ellos regresen a su hogar a la mañana siguiente, nosotros estaremos camino de las ruinas de Calakmul. He tenido la suerte de ver muchas ruinas mayas en México y Guatemala. Diría, incluso, que pude ver muchas ruinas de muchos pueblos prehispánicos en México. Mis favoritas son las de Calakmul. Un monumento, una ciudad, que brota de la selva. La última vez que estuve, en 2018, no iban apenas turistas. Llegamos a verlas una vez solos tres amigos. Nos subimos a una pirámide y vimos llegar a lo lejos una tormenta. Estaba a cientos de kilómetros de nuestros ojos. Y de pronto, empezaron a chillar los monos aulladores, y estaba justo encima escupiendo como un manantial las babas de los dioses. Tengo muchas ganas de volver. Lo haré ahora. Mi reloj de arena dice que será el jueves 12 de febrero.
Pude ver muchas ruinas de muchos pueblos prehispánicos en México. Mis favoritas son las de Calakmul
Y por último, girando por debajo del mapa, para rodear a los turistas, iremos a la laguna de Bacalar con sus aguas azules como el mono de los albañiles. Huele a azufre, a baños de lodo, a liquido caliente con la espuma de los volcanes.
De ahí se va hasta Mahahual. Es una playa hispster, marihuanos que dice mi amigo Carlos, donde salir a navegar al arrecife y meterse en el Caribe. A Mahahual va menos gente, menos cuando llegan los cruceros y su playa estrecha se llena de bermudas y sandalias. La idea es acabar allí el viaje, pero quizá sea en Tulum.

Conocí Tulum hace 25 años. Voy y voy. Y me enfado. Porque la veo cada vez más pija, más para instagramers con sus propinas del 20%. Pero luego resulta que su arena es blanca como el Word sin letras, y sus ruinas puede que sean uno de los espacios más bellos que nunca haya contemplado: un “castillo” maya y el mar que acaba en Lisboa de fondo.
Y salgo este 1 de febrero a hacer todo ese viaje. Que hice ya mil veces, pero hace meses o años. Porque en VAP cada ruta que ofrecemos es de algo que conocemos, que podemos aportar algo. No contratamos a terceros, ni pasamos un rato y nos disfrazamos de expertos. Nos aseguramos de que no nos mientan nuestros recuerdos, de que una cosa es viajar con amigos o tu pareja, y otra ser responsable de que ocho personas disfruten lo que nosotros tantas veces hemos disfrutado.
Del domingo 8 al sábado 21 de noviembre. En esas fechas, día más o menos, pretendo encajar todo lo que ahora les he contado.

