Mi madre nos llevaba de viaje y, durante las largas horas de coche, en los paseos hacia unas ruinas o simplemente durante las comidas, nos contaba historias. De los viajes en sí apenas conservo memorias vívidas, pero cada lugar está unido a un cuento. Recuerdo esas historias y la emoción que me provocaban como si me las hubiera contado ayer.
Mi padre se comunicaba a través de la música y de relatos fantásticos de su vida en el Congo. Nos hablaba de animales, de montañas de malaquita, de aventuras imposibles que, sin embargo, parecían haber ocurrido todos los días de su vida allí.
Cuando mi madre y mi padre no estaban para saciar mi hambre de otros mundos, tenía la biblioteca de casa, repleta de clásicos, que me ayudaban a ser. Las historias que rodearon mi día a día me lo habían dado todo.
Le confesaba mi adicción literaria a un rey de un reino esteafricano que ha sobrevivido a guerras sucesivas, a distintos regímenes coloniales y a la reescritura constante de sus fronteras, mientras aquel día curioseaba los libros de mi casa en Heidelberg.
—Tienes libros un poco peligrosos —dijo.
—¿Qué clase de libros tienes tú? ¿Qué clase de libros lee un rey?
—Me gustan los libros de viajes —contestó.
Unos días antes había lanzado una pregunta a algunos de mis amigos más cercanos: ¿por qué, en estos tiempos, alguien querría tener una editorial de viajes?
Unos días antes había lanzado una pregunta a algunos de mis amigos más cercanos: ¿por qué, en estos tiempos, alguien querría tener una editorial de viajes? Él aún no me había contestado hasta ese momento.
—Hay que escribir sobre viajes porque es una literatura que registra y delata nuestra mierda como humanos. Quiero decir: la mayoría de los libros de aventuras que hemos consumido de pequeños están llenos de ideas coloniales, de paisajes exóticos y funcionales, narrados por blancos en posición de poder. Y personas como yo somos personajes secundarios, decorativos o estereotipados.
Entonces me miró, divertido.
—Vamos a jugar a ser escritores de viajes coloniales —me propuso—. Empiezo yo: voy a escribir un libro sobre mi estancia en Heidelberg y el día que comí en casa de una escritora blanca que tiene ketchup en la nevera y se cree muy exótica e interesante.
—Sigue.
—Y cocinó el peor cordero que he probado en mi vida.
—Sigue.
—Pero es mi amiga y me siento a su mesa sabiendo que probablemente escribirá sobre mí, porque escribir sobre blancos como ella le aburre sobremanera.

Lo del cordero me ofendió. Me había pasado unas cuantas horas cocinando antes de que viniera y había seguido paso a paso la receta que encontré en Instagram.
—Tu turno —me indicó.
Vale.
—Voy a escribir un texto sobre el día que un rey con alfombras de piel de león en su palacio vino a mi casa, se inventó que yo tenía ketchup en la nevera sin haberla abierto e inspeccionó mi biblioteca mientras decidía por qué títulos mandaría que me cortaran la cabeza en su reino.
Se rió.
—No te cortaría la cabeza. Te los quitaría para leerlos y a ti te contrataría como contrabandista de libros prohibidos —me corrigió.
—¿Tienes libros prohibidos en tu reino?
—En mi reino no; en el país, probablemente. Además, no te cortaría la cabeza. Eso es terriblemente blanco: guillotina, hacha, cadalso, plaza… no, no. Qué práctica tan decimonónica e insulsa. Te lanzaría a los cocodrilos que viven en mi piscina y luego haría un plumero con tus cabellos.
Te lanzaría a los cocodrilos que viven en mi piscina y luego haría un plumero con tus cabellos
Entonces nos reímos hasta que a mi amigo le entró dolor en el cuerpo y se acordó de que estaba enfermo, de una dolencia nada exótica. Dijo que ojalá morir riendo y no atontado por la morfina en un hospital tan lejos de su tierra.
Entonces se sentó en mi sofá y me habló de su tierra; me dijo que así le gustaría que alguien escribiera sobre él. Me habló de su gente y de la resistencia. Me explicó su reino como si fuera una alternativa al salvaje norte global.
—Sois furiosos como animales —me acusó.
Me dijo también que por eso cree que es necesaria la literatura de viajes hoy en día: porque es una literatura que se mueve despacio, pero nunca es la misma. Siempre hay miradas radicalmente distintas sobre un mismo lugar. Que quizá por eso las editoriales de viajes son tan improbables como los reinos africanos: bellas y necesarias, aunque mucha gente no las entienda.
Aquellas palabras me hicieron sonreír.
Termino el año escribiendo sobre la importancia de la literatura de viajes porque empezaré el nuevo formando parte de esta editorial, que ha sido mi casa durante años. Pienso en los escritores valientes que publicaremos. Pienso en las personas que me han invitado a formar parte de este proyecto, a las que admiro profundamente.
Pienso en los viajes que tenemos por delante, no para buscar nada nuevo, sino para desobedecer el relato, para oponernos a las voces omniscientes, para contar lo no cartografiable
Pienso en los viajes que tenemos por delante, no para buscar nada nuevo, sino para desobedecer el relato, para oponernos a las voces omniscientes, para contar lo no cartografiable. El mundo no necesita ser descubierto, pero quizá sí recontado.
—Mirar es también una forma de poder —me recordó el rey la última vez que nos vimos en la fría Europa—. Los que miran tienen más poder que los reyes.
Quizá por eso sea necesaria la literatura de viajes; es una de esas cosas románticas que, si se hacen bien, pueden ser revolucionarias. Como el amor. Como la amistad. Como la fe.
Una de esas cosas románticas también es creer, cada 1 de enero, que todo empieza de cero y que todo va a estar bien.
—Lo daría todo por mi reino —me confesó antes de irse.
—Yo también.
Ninguno de los dos hablaba de fronteras.
