Tenía diez minutos antes de recoger a mi hija y me metí en un café abarrotado, uno de esos cafés modernos que sirven café medio frío y caro y todo lo que venden lleva aguacate. Hasta los bretzels van rellenos de aguacate. Tienen también estas mesas largas en las que te sientas junto a desconocidos y acabas escuchando conversaciones de otros que no deberías y, al final, sales de ahí doblemente estresada, pero es el único café en esa zona y mi alternativa es esperar de pie en la calle mientras empiezan a caer copos de nieve.
Me senté y me bebí el café de un trago para evitar que se enfriara más de lo que ya estaba y empecé a leer un libro. Entonces, una mujer de unos 45 años me preguntó si se podía sentar enfrente de mí. Claro, dije. A nuestro lado, una madre dejaba que su bebé destrozara un trozo de tarta y dos americanas revisaban el Tinder de una de ellas e iban pasando perfiles con la rapidez de quien sabe perfectamente a quién busca. La mujer de enfrente hizo lo mismo que yo: beberse el café rápidamente antes de sacar una libreta y ponerse a escribir como si le fuera la vida en ello.
No estábamos en el ambiente más idílico ni para la escritura ni para la lectura. Yo me rendí primero; dejé el libro y me dediqué a mirar a mi alrededor, especialmente a la mujer que escribía, que en un momento alzó la cabeza y me sorprendió mirándola a ella y a su libreta. Me miró largamente a los ojos y después sonrió y dijo que había sido una semana muy larga. Yo asentí. Esta semana he descubierto que empiezan a salirme canas, me han aceptado un artículo científico en una revista de prestigio (con revisión por pares, Q1), y mi hija me ha preguntado de qué está hecha la tristeza y si está hecha de un material distinto del miedo, y esa es una de esas preguntas que hay que tomarse más en serio que las canas y que los artículos científicos y que el desastre geopolítico que nos rodea. Pero no le dije eso a la desconocida.
Solo le dije:
Sí.
Y ella no apartó la mirada.
Y entonces le pregunté qué le había pasado esa semana.

Y me dijo que los garbanzos le habían explotado en el microondas y que no conseguía limpiarlo bien. Y me dijo que hacía mucho que la fruta no le sabía a fruta. Y me dijo que todo iba bien, en realidad. Ah, y que había firmado los papeles del divorcio.
Le dije que en DM, una de las tiendas alemanas por excelencia, había encontrado un spray para limpiar hornos y microondas que funcionaba bien. Y que enhorabuena. Me sonrió y siguió escribiendo.
Yo cerré el libro y me puse de pie. Me puse primero un jersey. Las americanas seguían dale que dale descartando chavales sin camiseta. Después me puse una chaqueta y la bufanda. El bebé había destrozado la tarta de su madre, pero era feliz. Me puse el abrigo y el gorro, y los guantes.
—Qué ganas de primavera —susurré.
Y las americanas alzaron la mirada a la vez que la mujer que escribía y a la vez que el bebé y su madre, y todos menos el bebé dijeron: “sí, sí, qué ganas de primavera”. Una de las americanas dijo que esta semana volvería el frío extremo y yo dije que no se preocuparan, que en general la primavera siempre empezaba en marzo, y que marzo aún existía, y pensé que sería magnífico que siguiera existiendo si Trump dejaba de jugar a volatilizar el mundo entero.
La mujer que escribía dijo:
—Gracias por este momento.
—Gracias a ti —contesté.
Porque una mina antipersonas le hirió de gravedad. Porque ha visto morir compañeros. Porque le han roto el corazón unas cuantas veces. Y, aun así, sigue siendo un tipo con la generosidad intacta
Y cuando salí a la calle ya había anochecido y me sentí asustada y no sabía por qué. Vi que tenía un mensaje de mi amigo Jochen, que es el alemán más alemán de todos los alemanes que conozco. También es líder de combate, piloto y entrenador de paracaidistas en la escuela militar (además de apicultor en su tiempo libre). Es la persona adecuada que cualquiera necesitaría a su lado en caso de miedo. De miedo racional o irracional en cualquiera de sus intensidades. Porque una mina antipersonas le hirió de gravedad. Porque ha visto morir compañeros. Porque le han roto el corazón unas cuantas veces. Y, aun así, sigue siendo un tipo con la generosidad intacta y la convicción de que quiere ser testigo del miedo de otros, porque sabe cómo aliviarlo.
“Te contesto en un momento, que me subo al avión para saltar en paracaídas”, dijo como quien dice: “ahora vuelvo, que voy a darme una ducha”.
Un poco más tarde recibí unas fotos de pésima calidad que había hecho mientras se lanzaba al vacío. Me parecieron hermosísimas.
Entonces le pregunté:
—Oye, oye, escúchame, Jochen, ¿qué haces cuando las personas a las que entrenas tienen un miedo terrible antes de saltar?
—Entender que cualquier intento de razonar no funciona contra el miedo. En ese momento, lo único que una persona reconoce es tu tono de voz, no lo que dices, así que eso es lo que utilizo para calmar y acompañar —dijo.
—¿Y tú ya no tienes miedo cuando saltas?
—No —dijo—. Porque reconozco y acepto los riesgos. Y reconozco y valoro mi experiencia.
—Entonces, ¿qué te da miedo a ti?
—Las arañas, claro.
Y me hizo reír tanto que el miedo me desapareció sin hacer ruido.
Me fui a dormir aquella noche agradeciendo muy fuerte a la vida por la belleza de la gente. La belleza de los conocidos y de los desconocidos. A la mañana siguiente desayuné con mi hija y le dije que buscaríamos juntas la respuesta a su pregunta. Y le conté que quizá el miedo está hecho de muchos “¿y si…?” y la tristeza de exceso de “ya no”.
—Me refiero a qué saben, mamá. Yo me imagino que la tristeza sabe a dulce que se acaba y que el miedo sabe a medicina.
—¿Y a qué sabe la felicidad? —le pregunté.
—A huevo frito con patatas —me contestó con toda la convicción del mundo.
En eso estuve de acuerdo.
(Dentro de poco publico un libro-cuaderno de notas en el que recojo mil miedos y mil formas en las que la gente que me rodea es bella. Y mil formas de caer, también. Y sobre cómo viajar sin perder el norte, pero teniendo muy en cuenta que lo importante también está en la cuneta y en los caminos cortados. Y sobre la amistad y el amor. Sobre eso, sobre todo.)
