No he empezado a escribir este artículo y ya siento que ha quedado viejo. Para empezar, no es un artículo, es un post ¡que no me entero! Y desde este momento siento que me sobra la pipa y la máquina de escribir, y es que así me veo cuando escribo sobre expediciones a los confines de la selva. Aún recuerdo a aquel chaval de 25 años desplegando un mapa, como quien abre una ventana para ventilar el corazón.
Pero hoy me sobran los pergaminos con cruces marcando tesoros. Me sobra la brújula y el tiempo que imponían los libros. Me sobra el café con un amigo al que explico mi proyecto de aventura, su sonrisa cómplice, la emoción de la incertidumbre en la que quiero perderme. La cerveza que venía después…

Me sobra el periodismo que iba a buscar a las esquinas del planeta. Me sobra el desafío. Hubo un tiempo en el que soñábamos con dar vueltas al mundo. Éramos muchos: jóvenes recién licenciados, mochileros sin relojes, amantes despechados, emuladores de Indiana Jones o lectores de Shackleton, Pigafetta o Manu Leguineche; hambrientos del mundo, contadores de historias, locos y valientes que sólo con posar el índice en un punto del mapamundi ya olíamos a salitre y a arena, a las nieves perpetuas o a la densa humedad del Amazonas.
Sentí nostalgia del tiempo en que los jóvenes querían ser esos exploradores
A finales de 2023 me escapé en pleno corazón de Madrid, para colarme en el Amazonas. Una exposición de Sebastião Salgado mostraba imágenes de pueblos indígenas en la selva. Me quedaba impávido, observando los ríos voladores entre las montañas de Roraima, así, literalmente con la boca abierta, como los niños o como los locos. Y hay que ser un poco ambas cosas para desear perderse entre los Yonomami, para vibrar de emoción pensando en los días de selva y cerbatanas. Sé que no soy el único que lo siente así, pero también siento que cada vez somos menos. Sentí nostalgia, no de aquellas expediciones de hombres adentrándose en la selva en busca del contacto con las tribus más recónditas. Sentí nostalgia del tiempo en que los jóvenes querían ser esos exploradores.

Mucho antes de visitar la exposición, allá por 1999, recuerdo buscar información sobre un tal Vicente Plédel y a una tal Marián Ocaña que seguían la Ruta de los Imperios. Veía las fotos de su Mitsubishi Montero recorriendo valles y desiertos durante cuatro años. ¡Cuatro años! Aún hoy es posible visitar la web viajera más antigua de España: www.ruta-imperios.com. Y yo sí quería ser un poco ellos, quería arrancar un coche, qué sé yo, en Palencia, por ejemplo, y darle la vuelta al globo, sin más urgencias que las que me fuese pidiendo la curiosidad. Y quería viajar con un equipo de entusiastas y las cámaras retratando historias que mereciesen la pena. Deseaba con tantas ganas emprender aquel viaje que no podía albergar la posibilidad de no hacerlo, era así de sencillo.
Pero ahora, con todo el 2026 por delante, me sobra el preámbulo. El mágico preámbulo de los días que están por venir. A nadie contagio ya con mis relatos de comunidades perdidas de los Andes, ni con los últimos esquimales de Groenlandia. A nadie le seduce la imagen de otra tribu desnortada, de otra historia de jungla y plantas alucinógenas, de mujeres guerreras o panteras negras. A nadie convenzo ya para que inviertan en mis quimeras.
Mi emoción se ha ido apagando de tanto golpear las puertas, nudillos desgastados en los despachos. Ya no quieren apostar por veteranos de látigo y sombrero, o de gorra y brazos alzados, sin cien mil seguidores en Instagram. De tanto escrutar los mapas, olvidé reclutar amigos digitales.

“Llévate a algún famoso a tus viajes”. Esa frase, de una originalidad sobrecogedora, la habré escuchado un millón de veces durante los últimos 25 años. “Si no estás es en las redes, no existes”, otro aforismo, veredicto de nuestra realidad social, pronunciada con frecuencia por personas que aspiran a existir solo como un avatar. Personajes cuyo objetivo es alimentar a esos personajes.
Un youtuber que me pareció bravo y entusiasta, un buen tipo enamorado de Sudamérica, me confesó una vez, que dedicaba el 75% del tiempo de sus viajes a editar el material que grababa el 25% del tiempo que le quedaba.
Eso le permitía actualizar sus viajes, aliviar la sed de sus fans y seguir viajando con el ordenador bajo el brazo, contando más seguidores que historias, viviendo en directo, para los otros, esclavo de su éxito, cronista a tiempo real.
“Llévate a algún famoso a tus viajes”. Esa frase, de una originalidad sobrecogedora, la habré escuchado un millón de veces durante los últimos 25 años.
He visto otros viajeros 2.0 que se cuentan constantemente a ellos mismos. Han convertido el mundo en un photocall gigante donde enmarcarse. Con frecuencia subliman la anécdota a la categoría de historia y en ningún caso, jamás, ceden el protagonismo, porque ellos, o ellas, son el viaje. El destino deja de tener importancia. Por no hablar de las comunidades que visitan.
Muchos han decidido que la carretera es su historia y la montura el hilo conductor. Más allá de esos márgenes no hay nada. No se salen del camino, no vemos el país, solo el barro como salsa para la aventura. Accidentes, peligros, amenazas de robo… La adversidad es su formato, la épica siempre el final.
Hay demasiado ruido de motores, música enlatada, imágenes en vertical imposibles para encuadrar las estepas de Mongolia. Gente vendiendo seguros, agencias, ropa… mientras pasan frío o se bañan en aguas turquesas. Hay demasiada velocidad, o seré yo, que me hago viejo. Y aquí estoy, compartiendo en redes sociales este artíc… perdón, este post, desconcertado, admito, en este rebaño gigante de gente contando cosas.

Y yo lo que quería era contar la serenidad del mundo, dignificar las comunidades indígenas, por ejemplo, escuchar su voz, vivir una aventura a largo plazo. Después me gustaba dejarla reposar, las historias han de madurarse del mismo modo que se cura el jamón ibérico. Hay un punto de artesanía que acerca el periodismo a una vertiente cinematográfica que es lo que define al documental. Y entonces, llega la música original y el guion escrito a fuego lento, el cálculo de la edición, el toque de color, el timbre en la narración y el sonido para escuchar como rugen los géiseres o las mareas.
Y yo lo que quería era contar la serenidad del mundo, dignificar las comunidades indígenas, por ejemplo, escuchar su voz, vivir una aventura a largo plazo.
“Olvídate. No te compliques. Eso ya no funciona así. ¿Un año de viaje? ¿Qué dices? Busca algo más corto. Lo que tienes que hacer es diseñar una estrategia digital y alimenta las redes sociales, eso es impepinable. ¿Por qué no haces un True Crime viajero? Ahora es lo que se está pidiendo… Piensa en el algoritmo. Y tú, tienes que salir tú, mucho más. Olvídate de tribus y de historias, tú tienes que ser tu propia marca. O no, espera… ya lo tengo… mejor llévate a un famoso…”
Y así toda la vida.
Me han dicho tantas veces lo que tengo que hacer -con todo el cariño, ¿eh? que yo sólo quiero ayudarte-, me han hablado de la moda tantas veces, de las tendencias, del ruido de hoy…
Todo lo que yo planificaba en años se me precipita en directo, con prisas y sin demasiado contexto. Todo al alcance de la mano.
Pero en este estruendo de sensaciones, saltos por las cornisas, bailes sensuales, reguetones, gritos, derrapes, gatitos y viajes frenéticos… no me encuentro, la verdad.
La fantasía de esas tribus que aún no he contactado aparece en el scroll de un móvil, con alguien sonriendo en directo junto a hombres tatuados, negros y desnudos. Todo lo que yo planificaba en años se me precipita en directo, con prisas y sin demasiado contexto. Todo al alcance de la mano.

No hay un rincón del jodido planeta sin su influencer o su youtuber o su tiktoker, -o como quieran llamarse, pero en cursiva…- sonriendo o sufriendo, da igual, cada uno con su rollo, pero siempre un careto tapándote el paisaje. O una moto embarrada o un gesto de condescendencia en el tercer mundo. O en el cuarto, cuanto más empobrecido, mejor.
Y entonces llega la Inteligencia Artificial, una herramienta asombrosa que nos ahorra aún más tiempo, para que no tengamos que pensar. Se puede prescindir de la voz de un narrador, curtido en años de matices y registros, para contar tu travesía. La IA ahora ¡reproduce el guion con tu propia voz! ¡Qué bien! Es más, te puede escribir incluso el guion. Pero qué digo, puede recrear paisajes, o mejor aún, puede recrearte a ti en imagen real ¡que no vas a notar la diferencia! ¿Para qué quieres viajar? ¡Ya no hace falta! Puedes quedarte en casa y la IA, agárrate, te hace unos vídeos fabulosos en el lugar donde tú quieras, con tu avatar y ¿sabes qué…? Lo mejor de todo: ¡vas a conseguir un millón de seguid…!
“¡Para! ¡Para! ¡Por Dios!” …necesito respirar…

Y entonces recibo un mensaje de mis amigos Vicente y Marián. Han vuelto a la carretera. En realidad, llevan viajando desde su Ruta de los Imperios. Es decir, toda la vida. Me envían una foto maravillosa desde una playa desierta en Marruecos. La foto no es necesariamente de hoy, ni de ayer. No tienen prisa, publican algunas cosas en Instagram sin la necesidad de conseguir seguidores. Viajan como quieren, sin condiciones. Ellos cortaron las redes y son libres. Tienen un camión camperizado, que es su hogar. Sacan una mesa en cualquier orilla, abren una botella de vino, se sientan a contemplar el arco iris. Inician una conversación con un lugareño que acaba invitándoles a cenar. No hay móviles ni cámaras ni relojes. Una hoguera, quizá…
Yo quiero viajar así, otra vez, como ellos. Sin más ruido que el del crepitar de un fuego. Quiero volver a ser aquel chaval que desplegaba un mapa, como quien abre una ventana para ventilar, una vez más al menos, este viejo corazón.
