Ruanda: buscando gorilas en la selva de los pigmeos (II)

Por: Raúl García (texto y fotos)
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La montaña sigue empinándose y las botas están llenas de barro. La lluvia no cesa, pero gracias a los frondosos árboles nos cae encima muy poca agua. Miro el altímetro y marca 2.800 metros de altitud. A mí, que vengo de una isla, me obliga a medir las fuerzas en cada paso, sin derrochar energía. Sabemos que a estas alturas la concentración de aire es menor que a nivel del mar, con lo que nos llega menos oxígeno a los pulmones, el oxígeno que alimenta a nuestras piernas.

Estamos cerca. Estoy sudando, noto los pies húmedos, muy húmedos. Los picores producidos por las ortigas no me abandonan

Después de tres horas caminando, varios resbalones que nos hacen perder pie en el barro y una buena cantidad de ortigas alcanzamos a los rangers que persiguen diariamente a las diferentes familias de gorilas. Estoy sudando, noto los pies húmedos, muy húmedos. Los picores producidos por las ortigas no me abandonan, aunque no quiero rascarme porque sé que es peor, aunque no resulta fácil.

Caminábamos sobre el barro que, en algunos puntos, nos llegaba hasta las rodillas. Paul, el hombre que, machete en mano, nos abría paso por la frondosa selva, nos alertó de que estábamos cerca. Tras cinco minutos de silencio, se abrió ante nosotros la verde maleza y pudimos verlo por primera vez. Un lomo plateado.

En cuanto veo al primer gorila las penalidades anteriores se esfuman. Una vez los hemos encontrado tenemos un tiempo límite para estar con ellos, una hora. Debemos mantenernos muy quietos y en silencio, procurando no mirar a los ojos al macho dominante si nos cruzamos con su mirada. Este gesto puede ser considerado como una provocación y obligaría al macho a darnos un “aviso”.

Me siento como si fuera un invitado en su casa. A penas nos han mirado, pero saben que estamos ahí

No puedo creerme que esté con más de una docena de ejemplares de gorila. Me siento como si fuera un invitado en su casa. A penas nos han mirado, pero saben que estamos ahí. Además, guardamos la distancia de seguridad que el guía cree conveniente, alrededor de ocho metros. Siguen ignorándonos, haciendo lo mismo que antes de que llegáramos.

El lomo plateado está apartado del grupo, comiendo lo que tiene alrededor, algunas hojas, tallos y brotes. Hay algunas hembras con sus pequeños gorilas. Los bebés miran curiosos al animal que se yergue frente a ellos sobre dos patas y con poco pelo. Algunos adultos juegan a pegarse entre ellos, se tiran del pelo o pasan disimuladamente al lado de alguno, le golpean y rápidamente salen corriendo. Son comportamientos humanos, pero en animales en estado salvaje. Sentimos que estamos delante de nuestros antepasados más cercanos.

Hay algunas hembras con sus pequeños gorilas. Los bebés miran curiosos al animal que se yergue frente a ellos sobre dos patas y con poco pelo

Pasamos tan inadvertidos que uno de estos juguetones choca con nosotros en su huida. Nos llevamos un sobresalto, pero después nos damos cuenta de que somos como las plantas que les rodean: están ahí y no molestan.

Cuando se acaba el tiempo, volvemos sobre nuestros pasos y, siete horas después de salir de aquí, llegamos de nuevo a nuestros 4×4, no sin antes ver cómo bajaban a una señora en camilla de la montaña, previo pago de 400$ (el precio final depende de la distancia, el peso y la altura de la persona).

Tuve la suerte de poder compartir dos horas, repartidas en dos días, con estos animales. Nuevas sensaciones, experiencias y vivencias. Un sueño cumplido.

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