annapurnas

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El beso de Dios a 5.416 metros de altura

Dicen los que saben de la montaña que, para poder cruzar el paso de Thorung La, hay que llegar antes de las nueve de la mañana. Después se desata un viento tan salvaje que no hay forma humana de atravesarlo sin poner en riesgo la vida. Es por eso que la última escalada, la definitiva, comienza a las tres de la madrugada.

Ghyaru, el valle de las hadas y los dragones mágicos

Una cosa que me encanta de la montaña es que todas las mañanas se puede re-desayunar sin cargo de conciencia. Uno se levanta temprano y dolorido, se pone ciego a café, cereales, muesly, porridge, fruta, dulces, pan tibetano con miel y cosas así… Y a medio camino de la jornada, para y se vuelve a llenar hasta arriba.

Ascenso al cielo de los Annapurnas

Una de las cosas más sobrecogedoras de la montaña es su silencio. Anoche, de madrugada, desperté acuciado por la vejiga, y acabé sentado, protegido por doce mantas, disfrutando de la nada y mirando al cielo con unos prismáticos de poca enjundia que compré en Pokhara.

Annapurnas, el desafío de la montaña

“¿Pero dónde van a ir ahora, si son las cuatro de la tarde y a las seis y media es de noche? No se creen problemas y duerman hoy aquí. Mañana andarán lo que les apetezca”. El hombre tiene la cara curtida por los zarpazos de la montaña, y enfatiza su argumento disparando a bocajarro: “Además, viene una tormenta”.
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