El beso de Dios a 5.416 metros de altura

Por: Juancho Sánchez (fotos Gustavo Castelao)
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Día 10. Thorung Pedi -Muthinak. Dicen los que saben de la montaña, que, para poder cruzar el paso de Thorung La, hay que llegar antes de las nueve de la mañana. Después se desata un viento tan salvaje que no hay forma humana de atravesarlo sin poner en riesgo la vida. Es por eso que la última escalada, la definitiva, comienza a las tres de la madrugada. Yo, sinceramente, lo agradezco. Porque la noche ha sido infernal. Nos metimos en la cama a las diez de la noche, y mi compañera Ro, insensible al mal de altura, se durmió enseguida. Yo, luego de escribir el diario, trate en vano de conciliar el sueño. Imposible. No puedo transmitir la desesperación de esta noche, la tercera que paso sin pegar ojo. El agotamiento es sublime, y el frío más aún. Pero en cuanto me tumbo empiezo a notar la falta de aire. Doy grandes bocanadas, pero no entra nada. Así que paso en vela, medio recostado, las horas previas al comienzo de la ascensión.

Hemos sufrido, antes de empezar, un contratiempo gracioso. Hemos cerrado la puerta de la habitación dejándonos las llaves y el equipaje dentro. Cuando se lo hemos dicho a los dueños del albergue nos han dado un cuenco con unas 200 llaves y nos han dicho que no saben cuál es. Pero la Ro lo ha resuelto rápido… Ha cogido una al azar y…eureka, ésa abrió la puerta.

Un desayuno abundante, catorce capas de ropa, el frontal encendido porque es noche cerrada y…al camino. Desde abajo se ve la fila de compañeros de viaje que, como hormiguitas, avanzan de forma lenta, cansina, carretera arriba.

No puedo transmitir la desesperación de esta noche, la tercera que paso sin pegar ojo. El agotamiento es sublime, y el frío más aún. Pero en cuanto me tumbo empiezo a notar la falta de aire.

Cada paso, cada movimiento cuesta un esfuerzo titánico. Gustavo, uno de los bomberos, lleva un reloj que marca la altura, y a cada tanto nos va diciendo cómo vamos, tratando de animar. Siento el respirar fatigado de Gustavo, y de Alberto, y mi corazón late con fuerza. Pum, pum, pum. Me pregunto si resistirá.

A cada curva del camino aparece una nueva cuesta. Intento no pensar. A media jornada tomamos un te, y alguien me da una barra de proteínas que agradezco como si fuera un beso de Dios. Seguimos. Los míos están alegres, pero apenas podemos hablar. No hay oxígeno. Los primeros rayos de sol reconfortan. El frío nos da una pequeña tregua.

A las ocho de la mañana, por fin, llegamos al paso de Thorung La, 5.416 metros de altura, lo máximo que alcanzaré jamás, estoy seguro. Hay unas cuarenta personas, felices, haciéndose fotos. A la mayoría les hemos ido conociendo en el camino, y nos abrazamos. Yo no tengo fuerzas ni para sonreír. Una australiana se desmaya. Los bomberos la reaniman. Valen para todo, estos chicos. Otra brasileña ha necesitado que la lleven en brazos el último tramo. Tiene convulsiones y los labios amoratados. Un grupo de franceses, bastante mayores, se han visto obligados a alquilar burros para subir a sus lomos. Este trekking lleva al límite. Entiendo que lo puede hacer cualquier, pero cualquiera que lo haga tiene que saber que va a llegar al límite de sus fuerzas.

 Quedan aún muchas horas de belleza, como la del valle de Marpha, escondido entre cañones, con el Daulagiri, de 8.127 metros, marcando el camino.

Llega mi amiga Ro, llega el resto de personas de mi grupo. Nos hacemos las fotos que veis arriba, pero aquí el frío, y eso que no hay nieve, es glaciar. Así que pronto iniciamos el descenso. Vamos a bajar 1.700 metros de desnivel. Las cuestas son aún más enormes desde el otro lado. Me he caído un par de veces. Ya no me quedan energías. Al final, a las doce de la mañana, nueve horas y 3.000 metros de desnivel después, llevamos a Muthinak. He comido algo y me he acostado. Por fin, tres días después, he podido concilar el sueño. Esta noche haremos una gran fiesta para celebrarlo. Cervezas, comida típica nepalí, marihuana, alegría.

Quedan aún seis jornadas de descenso hasta llegar de nuevo a Pokhara. Quedan aún muchas horas de belleza, como la del valle de Marpha, escondido entre cañones, con el Daulaghiri, de 8.127 metros, marcando el camino. Y campos de trigo que se mueve con el viento como piel de terciopelo regalándonos un baile hipnótico. Quedan estrechos pueblos misteriosos donde hay una gran cantidad de población afectada por algún tipo de enfermedad hereditaria que les hace parecer extras de una película de Stephen King. Quedan ríos que vadear, y un lugar, Gorepani, desde el que se ve todo el frente de montañas de los Annapurnas.

No sé si habrá en la tierra algo capaz de igualar los 16 días de paisaje, belleza y ejercicio para el cuerpo y para el alma. Pero desde luego, si hay que hacer un concurso, yo presentaría el trekking de los Annapurnas seguro. Espero que en estos días de relato os haya podido transmitir un poco al menos de la pasión con la que yo lo viví. Y que hayáis pasado un rato divertido. Para mi ha sido un placer contároslo, como siempre.

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Comentarios (3)

  • ricardo

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    Sensacional colofón para una sensacional y detalladísima crónica del trekking de los Annapurnas. Enhorabuena de verdad! Ojala algun dia me la lleve en la mochila para seguir tus pasos en el querido Nepal..

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  • javier

    |

    Aquí queda un relato del trekking que es un un consejo, un mapa, un aliento. Lo que has contado en VaP ha sido apasionante, la misma pasión con la que yo he seguido tu ascenso. Gracias Juanchito y gracias al resto del grupo, especialmente Ro, también.

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  • Juancho

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    Qué bien lo pasé entonces, y qué bien lo he pasado ahora recordándolo. Un placer, ya os lo he dicho muchas veces, escribir para todo el que quiera a través de VaP. Y no penséis que os vais a librar tan facilmente de mis historias, algo se me ocurrirá para volver. Mientras, disfruto de vuestras historias, como las últimas de Lhasa y Malaespina. Javier, te prometo que aunque no vaya, yo te mando las gotas del dragón ese, y ya verás a partir de ahora tu en las pistas de karts no va a haber quien te venza… 😉 Un abrazo, amigos.

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