Escalaba una planicie entre los 3000 y 4000 metros. ¿Pueden creerlo? Como si el mundo pudiera ponerse boca abajo sin que cayera nada. El tren soltaba humo y nosotros vida. Desde nuestra ventana contemplábamos Los Andes y su estepa de hierbas de lluvia y gentes de piel curtida por el sol frío.
Tres semanas de viaje en 4x4 hacia el Sur de África menos conocido. Parques Nacionales, playas vírgenes, islas paradisiacas y con historia, grandes ciudades, navegar por un lago, tomar un tren africano, cruzar un gran cañón, bucear... Un viaje de autor para vivir África en todo su esplendor.
cuando imaginé todo este proyecto no imaginé viajar con ocho personas de la categoría de Víctor Hugo, Amaia, Txarli, Rosa, Irene, Martín, Lino y Mónica, Viajé con ocho buenas personas que quisieron compartir un sueño, yo era sólo uno más, el que escribe este texto, y por tanto soy Javier, la novena parte de este grupo que se cruzó Sudáfrica, Malaui y Mozambique.
Las paradas del convoy se hacen eternas y nos dan tiempo a recorrer los vagones. El siguiente al nuestro es como un campamento de refugiados, gente cocinando en el suelo, un par de lonas extendidas bajo las que una criatura de pocos meses dormita entre el tremendo jaleo de su madre hablando a voz en grito y las radios con música a todo trapo.
Ya he comido frutos secos, dos cafés, mordisqueado un poco de piña picante y tragado una empanadilla de atún y patata. Estoy gordo y feliz. Seguimos ganando altura, y la selva se va despejando, dejando paso a los campos de té. Cascadas, mujeres que recogen hojas, factorías blancas, pueblitos minúsculos y templos hindúes.
En los vagones de carga se sube la mercancía, en los de pasajeros ves gente colgando casi de las ventanas y carreras para asegurar la venta. Es África es estado puro. Ves pasando niños que llevan gallinas vivas que entran por las ventanillas tras rápidas transacciones.
Crucé la frontera entre Zimbaue y Zambia andando. El taxi me dejó al otro lado del río y desde allí más de dos kilómetros, tras cruzar el puente que une a ambos países, a pata y con África entrando en vena.
Las ciudades tienen siempre un olor personal. Una especie de bofetada nasal que no se te olvida. Siempre que vuelves al mismo lugar recuerdas el olor característico que allí aprendiste a masticar. Ciudad del Cabo no me olió a nada.