Vuelvo a África. Vuelvo quizá a la menos África de todas las Áfricas imaginables. En mi África, en su piel, hay bares en los que se lucen mechas, restaurantes de servilleta de hilo y líneas pintadas en las carreteras. Todo eso me espera de nuevo en Ciudad del Cabo: la tez europea que, sin embargo, guarda un alma negra.
El viajero contempla una roca que nace de las mismas tripas del mar. En lo alto de aquella masa de piedra se sujeta un castillo, Dunnottar, ya derruido
El desierto tragado por el agua. El placer de escuchar a los hipos escondidos entre la nada. Naturaleza en estado puro. Noches de candela. El Okavango.
No importa dónde vaya, no importa qué haga, no importa dónde duerma y donde coma, ni con quién toque pasar el día o las horas de la cerveza al caer el sol