Un café en India

Por: Alicia Sornosa (texto y fotos)
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El camino por el sur del país era increíble. Acababa de dejar atrás la turística Goa, con su ciudad antigua repleta de blancas catedrales, de calles a la portuguesa, de bonitas callejuelas que me recordaban a mi lejana península Ibérica. El camino hacia el sur desde Bombay había sido pesado por la humedad, peligroso por el interminable tráfico de sus únicas vías de unión entre ciudades, pero como en la India, colorido por los magníficos saris de las mujeres y divertido por las caras de asombro de muchos hombres y muchachos que cuando paraba y me quitaba el casco, comprobaban que era una mujer la que conducía esa gran moto roja, mi BMW F650GS “Descubierta”.

Durante ese viaje al sur, la brisa marina refrescaba el sofocante calor, toqué la costa, vi el mar, ese Mar Arábigo que cerca de la costa toma el nombre del Laquedivas. Crucé anchos ríos llenos de verdes palmeras en sus orillas, campos de arroz cultivados sin maquinaria, sólo con la ayuda de las manos, los pies descalzos y los infatigables bueyes.

Crucé anchos ríos llenos de verdes palmeras en sus orillas y campos de arroz cultivados sin maquinaria

Y en uno de esos ríos paré para disfrutar de las vistas, me quedé contemplando embobada una barcaza de juncos con tres pescadores sobre ella. Eran jóvenes, tiraban de una caña mientras, por el otro lado de la barca, uno de ellos se zambullía en las turbias aguas de ese anchísimo río. El puente se movió bajo mis pies, temblando de arriba abajo por el paso de un pesado camión. El movimiento me espabiló, dejé de llenarme de verde las pupilas y subí a mi BMW. Mi querida moto con la que ya llevaba más de cinco meses de camino. Mi hogar durante este tiempo y lo que quedaba por venir.

La lineal carretera escondía camiones tras camiones que, justo al momento de mi cruce con ellos, se desplegaban en dos e invadían todo el asfalto. La estrecha carretera india se ampliaba por arte de magia para que los tres vehículos cupiésemos sin peligro de rozarnos una y otra vez. “Tienen vida”, pensé.

El puente se movió bajo mis pies, temblando de arriba abajo por el paso de un pesado camión

Y poco a poco el camino por la costa en la región de Karnataka se abrió para llegar a ver de nuevo el mar azul, espumoso y bordeado de las flexibles palmeras. Un camino a la derecha indicaba una playa. Lo tomé. Era tarde y necesitaba descansar y comer. Llegué a la playa de Oms, que significa “oreja de vaca”, nombre definido por la forma de este pedacito de la costa, uno de los reductos aún casi virgen tras el asalto a Goa de la música electrónica y las drogas de diseño.

Las vacas caminaban por la playa al atardecer, las barcas de pescadores ilegales escondían bajo las redes pescados amarillos de vivos colores (“yellow spnapper”) que asaban por unas rupias escondidos dentro de una chocita hecha con juncos. La playa era muy hippie y el regateo para conseguir una habitación fue largo, pues eran los días previos a la Navidad. Pero lo conseguí. Tendría una ducha para mi sola: un pequeño barreño para tomar el agua de un balde y rociarla por mi cuerpo. Qué gusto da cuando hace calor y la humedad todo lo pega.

La playa era muy hippie y el regateo para conseguir una habitación fue largo, pues eran los días previos a la Navidad

Por la mañana otro paseo por la playa entre las piedras suavizadas por el roce de las olas, las vacas que volvían, o iban, nunca lo supe. Los perros delgados y pulgosos que olisqueaban cerca del “hotel”, los israelís veinteañeros que copan estos mágicos lugares, algún guiri quemado por el sol…Disfruté de tener mis pies descalzos, sin las botas de la moto, todo un placer multiplicado por cien debido a mi condición de moto-viajera.

Tocaba volver, tendría que llegar a Madrás en dos días y para eso me adentraría en el interior, de Mangalore a Bangalore cruzando las interminables montañas donde me esperaba una grata sorpresa.

Los coches que me precedían se pararon y me hicieron caer

Subiendo el puerto de montaña comencé a sentir el fresco que regala la altura. Las palmeras se habían transformado en árboles y arbustos de bonito porte. Las hojas comenzaban a estar amarillentas, el invierno tropical estaba en marcha. En la parte alta del puerto, la carretera comenzaba a serpentear demasiado, las curvas tenían contra-curvas y el asfalto desaparecía justo en ellas por el peso de los gigantescos camiones que frenaban o aceleraban para superarlas. El tráfico de coches y camiones se hizo mucho más denso. Los coches que me precedían se pararon y me hicieron caer al no llegar mi pie al suelo debido al agujero sobre el que me detenía.

Mi moto tendida en el suelo y yo mirando como la larga caravana que me seguía se detenía. Los coches, como pequeñas hormigas, comenzaron a esquivarme y aprovechar el parón de los camiones para huir lo más rápido posible. Me reí, estaba allí, sin fuerza para levantar mi pesada moto y nadie me ayudaba. Grite dos “heeeelp” con todas mis fuerzas y salió un conductor de uno de los camiones, me ayudó a levantar a “Descubierta” y ponerla en pie de nuevo. Comenzaba de nuevo la marcha; mirando hacia los lados empecé a comprender el porqué de los pesados camiones. Eran plantaciones de café. Poco a poco, el tráfico se disolvió y volví a disfrutar del camino. Antes de la bajada paré en un lateral, una vereda ancha de arena pisada, con palmeras bordeando la entrada…

Grite dos “heeeelp” con todas mis fuerzas y salió un conductor de un camión y me ayudó a poner en pie a “Descubierta”

En la vereda escuché las voces de unas mujeres. Iban vestidas con camisas de algodón de hombre, usadas como trajes de trabajo, y disponían de unas grandes bolsas de tela tipo canguro en sus laterales. Unos pañuelos de algodón tapaban su cabeza, aunque dejando bien visible una línea en el medio del cabello, su cara con el punto rojo entre sus cejas y unos ojos llenos de khool negro. Me miraron entre asustadas y curiosas. Me bajé de la moto y me acerqué sin el casco puesto.

Por señas y en un pobre inglés, tanto ellas como yo, nos comunicamos. Eran trabajadoras de esa plantación de café. Me enseñaron los dos tipos de fruto que guardaban recolectándolos a mano: café verde y café rojo. Entre los cafetales, enredaderas de pimientas y naranjos. Un cultivo artesanal con abono natural gracias a la caducidad de las hojas de estas últimas plantas. De pronto, me señalaron el camino, la avenida de bonitas palmeras. Un señor alto, gordito de pelo blanco, con buena pinta, se me acercaba. Era el dueño de la plantación.

Un señor alto, gordito de pelo blanco, con buena pinta, se me acercaba. Era el dueño de la plantación

Me presenté y me invitó a pasar a su casa. Puede ver los secaderos de café y achicoria que se recolectan a mano y se dan la vuelta con los pies para que se sequen al sol. Tras una agradable charla y un paseo por los cafetales, me invitaba a pasar a su casa (siempre descalza) y tomar un café con su señora. Una bonita tarde para un duro día. Pero aún me quedaba bajar el puerto y llegar a Mangalore y de allí a Chennai.

El café llegó a la India en siglo XVIII de la mano de un musulmán que peregrinó a la Meca. Al pasar por Etiopía y comprobar su efecto energizante al masticarlo, lo llevó de vuelta hasta su país.

 

Vídeo: https://vimeo.com/66923301

Cómo llegar: Desde Bombay a Bangalore hay varias carreteras, pero deberás tomar las principales. Recuerda que en India se conduce por la izquierda.

Qué ver y comer: en India, sea cual sea la región podrás disfrutar de comida variada desde pollo a pasta o arroz siempre con mucho vegetales y picante.
Templo de Benur, los cafetales y la antigua ciudad portuguesa de Old Goa, merecen la pena ser visitados.

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