Caos místico en Ulán Bator

Por: Daniel Landa

Mongolia presume de soledades, de estepas que apuntan a la nada, de horizontes en voz baja, donde nadie lamenta tanto desierto porque, sencillamente, no hay nadie. Es como un país en coma inducido por sus paisajes yermos, un lugar de paso, el eco de los pastores, que no se detienen, tal vez para no sentir de golpe el desamparo.

Toda esa calma contenida estalla en la ciudad de Ulán Bator. La capital del país del cielo azul escupe el humo de sus fábricas con despecho. El claxon perpetuo suena para acallar el viento de la llanura, la paz de los nómadas se torna aquí en tráfico nervioso, donde el ansia lo ocupa todo, de repente.

Siempre he pensado que los mongoles aún no han decidido si quedarse con el legado soviético o con el espíritu budista.

La ciudad concentra un tercio de la población de Mongolia. Es un lugar feo, sin más gracia que la de alternar raperos y ancianas venerables en las mismas aceras sucias. Siempre he pensado que los mongoles aún no han decidido si quedarse con el legado soviético o con el espíritu budista. Algunas estatuas aún recuerdan el pasado de la hoz y un martillo que derribó templos sagrados. Pero otros monumentos ensalzan a Buda con más gracia. Hay campanas sonando con solemnidad y pañuelos azules que ondean al viento de los sueños.

Ésta es sin duda una ciudad rara, tan llena de contradicciones que se diría que anda peleada consigo misma. La luz ocupa todo en el verano cegando hasta la miseria, más amable sin abrigos, pero en invierno, los más pobres del más pobre de los países olvidados, lejos del mar, buscan refugio en el subsuelo. Las cloacas de Ulán Bator se llenan de durmientes resguardados y el vodka alivia las noches muy bajo cero.

Muchos pasean las calles de la capital con mascarillas, mientras en el resto del país el aire es tan puro que dan ganas de embotellarlo.

La polución amenaza a sus habitantes. Muchos de ellos pasean las calles de la capital con mascarillas, mientras en el resto del país el aire es tan puro que dan ganas de embotellarlo.

Colisionan las dos realidades, pero la confrontación más visceral es la que tiene en el recinto sagrado de Gandan. Es el limbo dentro del caos. Un lugar que está como flotando, porque allí los niños son monjes y los fieles son felices. Los templos se decoran con techos llenos de filigranas y hasta tienen un Buda de 25 metros tan dorado que duele mirarlo. Aquí Ulán Bator se reconcilia con otro tiempo, con una época donde se levantaban estupas y se ahuyentaban los miedos rezando al cielo.

Mongolia es un lugar único en el mundo. Ha sufrido tiranías terribles, invasiones violentas e influencias diversas. Hoy, quien pasee por su gran ciudad, entenderá que sigue tratando de definirse, sin un destino claro, ni una mirada que le dedique el resto del mundo. Están tan en mitad de la nada que a nadie le importa. Y ellos, los que concentran lo que queda de Mongolia, sobreviven en esa especie de caos místico llamado Ulán Bator.

  • Share

Comentarios (2)

  • María

    |

    Lo más feo de Ulan Bator, los llamados “niños rata” que viven en las alcantarillas de esa ciudad y que no podemos pasar por alto…..

    Contestar

  • Noel Leyva

    |

    Hace Años me dio curiosidad y un fuerte deseo conocer esta ciudad
    no se porque, extrañamente al ver este video, como me la imaginaba en cierta manera así era…lindo video, lindo escrito! saludos

    Contestar

Escribe un comentario

Últimos tweets