Pasión por las estaciones de tren

Por: Sergio Gonzalo (texto y fotos)
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Viajar en tren es uno de los placeres más grandes de los que he podido disfrutar a lo largo y ancho de mis viajes. Es, más que un medio para llegar a un lugar determinado, un fin en sí mismo, algo que se basta y se sobra para hacerme disfrutar, con el mero avance entre paisajes y ciudades variados, con el simple sonido que el tren produce al avanzar por los raíles, con el impredecible ecosistema que casi siempre alberga en el interior de sus vagones. Me emocionan cosas tan simples como esperar ver desde un andén las luces del tren que me ha de transportar a mi siguiente destino o escuchar por la megafonía el anuncio de este o aquel tren que se dispone a entrar o efectuar la salida de la estación en la que me encuentro.

Hasta tal punto llega mi pasión por los trenes, que ha llegado un momento en que se ha convertido en una tradición -y casi en una obligación- la visita de las estaciones de tren de las ciudades que visitamos, incluso si no vamos a tomar ningún tren, como si del más bello y ornamentado monumento se tratase. En efecto, ver los paneles informativos que anuncian todos los lugares a los que hay trenes desde la estación en cuestión, visitar la sala de espera o, allí donde es posible, pisar el andén, se han convertido en pequeños placeres que nos llenan tanto como sorprenden a mis habitualmente atónitos compañeros de viaje.

Visitar la sala de espera o, allí donde es posible, pisar el andén, se han convertido en pequeños placeres que nos llenan

He visitado varias de las estaciones de tren de Moscú (Rusia), donde cada una recibe el nombre de la principal ciudad que es destino de los trenes que parten de ella. Desde la estación desde la que sale el Transiberiano hasta las estaciones que dan salida a los trenes que llevan al viajero a ciudades tan remotas como Astaná o Tashkent, en Asia Central el abanico es amplio.

En Ammán (Jordania), desde donde solamente salen trenes a Damasco una vez por semana, la estación se encontraba cerrada a nuestra llegada. Sin embargo, alguien advirtió nuestra presencia desde dentro de la estación, e intrigado por la curiosidad de ver a dos extranjeros fisgoneando por los alrededores en un día sin salida de tren, salió a preguntarnos qué deseábamos. Tras exponerle brevemente nuestra pasión por los trenes y las estaciones, y ya más con la intención de marcharnos que otra cosa, fuimos amablemente invitados a entrar, para ver de cerca los andenes, las vías, e incluso un pequeño museo que albergaba algunas curiosas locomotoras reliquia, de nacionalidades diversas, entre otras, belga y alemana.

En Ammán, nuestra pasión por los trenes nos abrió las puertas de la estación, pese a que estaba cerrada

En Senegal, no fue fácil hacer comprender a nuestro guía el interés en conocer la, probablemente más decrépita y ruinosa estación de cuantas he visitado. Tuve la oportunidad también de ver, en uno de nuestros viajes por el país, la desolada estación de tren de Tambacounda, por la que circulan trenes de mercancías dirección a Mali y a Burkina Faso.

Ya en un rol menos de turista y más de usuario de los servicios ferroviarios locales, acumulo otra serie de vivencias curiosas en estaciones de tren, como la experimentada en El Cairo (Egipto), desde donde queríamos tomar un tren a Alejandría, no tardando en  comprobar que, solamente conseguir comprar los billetes en la caótica estación de Ramsés II -en aquel momento, en obras- iba a ser una auténtica odisea. Finalmente, más con la ayuda de un policía -que sin duda extendió gustosamente la mano para ver recompensada su ayuda al turista occidental- que de los carteles e indicaciones (que solo figuraban en árabe), pudimos conseguir nuestro objetivo.

Siendo previsor, en Ucrania decidí transcribir al cirílico nuestra ciudad de destino antes de comprar los billetes

En Ucrania también tuve que sacar lo mejor de mi ingenio para conseguir adquirir billetes de tren, teniendo en cuenta, de nuevo, lo diferente del lenguaje local -que se expresa en un alfabeto tan diferente al nuestro como el cirílico-. Siendo previsor, y anticipando las dificultades para entenderme con las personas de la oficina de venta, decidí transcribir al alfabeto cirílico la ciudad que deseábamos como destino (Chernihiv). Donde no llegó mi previsión, fue a indicarle a la vendedora que, ya que éramos dos personas -mi compañera de viaje no se separó de mi lado en momento alguno-, necesitábamos dos billetes, y sobra decir que allí donde no llegó mi previsión, tampoco llegó su capacidad de deducción. Como sobra también decir que, una vez impresos los billetes, no era posible para alguien que desconoce totalmente el alfabeto cirílico como era nuestro caso, entender nada que nos hubiera podido hacer saber que habíamos adquirido billete para una persona en lugar de para dos.

Del mencionado contratiempo nos dimos cuenta al día siguiente, cuando en el momento de acceder al tren, al revisor le resultaba extraño que los dos nos subiéramos al vagón (pensando como debía pensar que el uno acudía a acompañar a la otra o viceversa). Una vez resuelto el malentendido, tuve que agradecer enormemente mi acertadísima costumbre de llegar a las estaciones de tren con un tiempo considerable de antelación, lo cual me permitió volver a la billetería y adquirir ese segundo billete que tanto se nos había resistido el día anterior.

La estación de Atenas no tenía a nuestra llegada más que folletos de información en griego

En Grecia, pudimos comprobar el nivel de desarrollo del sistema ferroviario es sorprendentemente bajo. La estación de Atenas, más propia de una población de quince mil habitantes que de una capital europea, por no decir la cuna de la civilización occidental, no tenía a nuestra llegada más que folletos de información en griego -con el agravante, nuevamente, de la diferencia de alfabetos-. Otra muestra del paupérrimo nivel del sistema ferroviario que tanto nos sorprendió, es que nuestra llegada a la estación de Kalambaka, hubimos de esperar alrededor de media hora, hasta que el tren que allí nos había transportado se marchó, para poder salir de la estación, puesto que dada la inexistencia de un túnel o un paso elevado, no era posible salvar el interminable convoy de forma adicional alguna.

En Lao Cai (Vietnam), donde llegamos habiendo hecho previamente una reserva de billetes a Hanoi teniendo solo que recogerlos en la estación, tuvimos que pasar unos momentos de incertidumbre hasta que pudimos conseguir ese objetivo. La persona que había en el mostrador en cuestión, nos decía que aún no podía facilitarnos los billetes, aunque no era demasiado explícito a la hora de exponernos el motivo. Como nos instaba a volver algún tiempo después, volvíamos cada cierto tiempo para ver si ya había ocurrido aquello que debía ocurrir para poder conseguir los dichosos papelitos, pero el resultado era el mismo una vez tras otra.

En Lao Cai, el encargado de la taquilla se negaba a vendernos los billetes, todo un enigma

Como el tiempo pasaba y la hora de salida del tren se aproximaba, llegó un momento en el que una de mis compañeras de viaje se personó nuevamente en el mostrador, esta vez indicando que hasta que no se nos entregasen los billetes no nos íbamos a mover de la primera fila del mostrador, sin permitir así a ninguna persona más acercarse a pedir o consultar nada. Ante semejante medida de presión, el empleado de la compañía ferroviaria decidió finalmente darnos los billetes, demostrando que no había ningún motivo para no haberlo hecho anteriormente. Por qué lo hizo permanecerá para siempre como una de esos enigmas siempre comunes en los viajes.

A veces las dificultades o novedades en las estaciones no las traen ni el idioma ni las personas, sino el sistema de organización, ya que por ejemplo en India, es importante que los turistas sepan que deben comprobar que sus nombres aparecen en unos interminables listados que son puestos a disposición de los viajeros en el andén, como requisito previo al embarque en el convoy.

Son una serie de vivencias y anécdotas que dan una buena muestra de qué diferente puede llegar a ser algo tan cotidiano como moverse por una estación o tomar un tren, en las distintas partes del mundo.

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