Aquí se toma a las seis de la tarde, por lo que sea. Es el té del desierto. A las puertas de Chingueti, una de las ciudades más fascinantes del Sahara, decidimos esperar al atardecer. Los habitantes de Mauritania siempre consiguen pausar el tiempo, alargar la tarde con un té azucarado que parecen escanciar una y otra vez hasta convertirlo espumoso. Ese ritual rodeado de dunas, con el sonido del té pasando de vaso en vaso resultó ser uno de esos momentos en los que uno añade un Post-it mental con un “para recordar en el futuro”. Años después sigo sintiendo el sabor dulce del té, la brisa del Sahara y el silencio de aquella tarde.
¿A quién carajo le importa ya el Covid-19?
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