Yosemite, la gran obra del Félix Rodríguez de la Fuente americano

Por: Juancho Sánchez (Texto y fotos), Daniel Landa (vídeo)
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«El gran espectáculo es eterno. Siempre, por algún lugar, deslumbra el sol; nunca el rocío llega a secarse del todo; cataratas se deslizan sin pausa desde las alturas. Eterno sol, atardecer eterno, eternas albas, crepúsculos eternos. Así es Yosemite, como un mar, como un continente, como un archipiélago que gira al ritmo del mundo”.

Son palabras de John Muir, naturalista arrancado en la infancia de su Escocia natal y trasladado, como tantos, hasta la radiante Tierra Prometida, allá por la segunda mitad del siglo XIX. En una época en la que Darwin escandalizaba al mundo explicando que no era Dios, sino su capacidad de adaptación al entorno, la que hacía triunfar a unas especies animales y extinguirse a otras, éste barbudo Félix Rodríguez de la Fuente en versión americana recorría a pie las inmensidades del “nuevo mundo” clavando, aquí y allá, la recién inventada bandera del ecologismo.

Para cuando Muir llegó a California, y descubrió maravillado la inmensidad del parque de Yosemite, ya había terminado el temible hombre blanco con todas las tribus de indios Milwock que durante 4.000 años habían vivido en armonía con la ingobernable naturaleza de este confín del mundo.

Muir, al fin, consiguió, en 1890, que Yosemite fuera declarado Parque Nacional, y pasara a la Historia como el primero del planeta en recibir tal tipo de protección.

No pudo salvar a los hombres, pero decidió entregar su vida a las especies animales, al granito vertiginoso, a la flora inabarcable. Escribió libros, proclamó vehementes discursos, se marchó a vivir en al corazón de Yosemite, el valle por el que discurre el río Mercedes… Y su humilde cabaña se convirtió pronto en lugar de peregrinación de quienes, entregados a su filosofía  acudían a rendirle culto y a escuchar sus enseñanzas.

Y Muir, al fin, consiguió, en 1890, que Yosemite fuera declarado Parque Nacional, y pasara a la Historia como el primero del planeta en recibir tal tipo de protección.

Posiblemente es gracias a él, y a otros héroes cuyos nombres no caben en este reportaje, que pudimos quedarnos petrificados cuando, a punto de empezar a  perdernos entre sus ¡más de 1.200 kilómetros! de caminos aptos para el senderismo, sentimos el hachazo de la mirada profunda de un lobo. O cuando, de vuelta ya tras una larga jornada, decidimos dar otro rodeo hasta el coche para no asustar a una auténtica manada de ciervos que trasteaban tranquilamente entre los restos de basura de un campamento cercano.

Nosotros no los vimos, pero al volver a España alguien me contó que, tras bañarse, en pleno verano, en el río que atraviesa el Parque, se encontró en la orilla la toalla y un simpático oso   pardo de unos quinientos kilos.

A punto de empezar a  perdernos entre sus ¡más de 1.200 kilómetros! sentimos el hachazo de la mirada profunda de un lobo

El autor de las imágenes que acompañan a este texto, Daniel Landa, tiene escrito en su libro aún en pre-publicación un párrafo que reproduzco aquí para tratar de recrear la sensación del viajero en esta parte del mundo. Dice así: “California es una tierra abusiva, lo quiere todo. Al margen de sus ciudades, tiene los bosques más frondosos, las sequoias más grandes, los valles más espectaculares, los glaciares más antiguos, las cascadas más altas, las playas más deseadas, los viñedos más cotizados, los únicos Joshua Trees del mundo, y también tiene dunas. ¿Cómo es que un lugar tan hermoso ha estado gobernado por Terminador?”  

Y de entre todo lo espectacular, Yosemite destaca por espectacular. Os daré solo algunos datos. Este Parque Nacional tiene 3.000 kilómetros cuadrados, lo que significa que ocupa  seis veces la superficie de la Comunidad de Madrid. Ni soñéis con visitarlo sin coche, a no ser que tengáis un mes para hacerlo -y no dudo de que habría un plan distinto para cada día-. Nosotros apenas estuvimos dos, así que solo pudimos intuir la magnificencia de un lugar en el que campan a sus anchas más de 400 especies salvajes de animales entre aves, mamíferos, anfibios y peces. Un parque que tiene más de diez montañas que superan los 3.000 metros, y cuyo techo, el monte Lyell, sobrepasa los 4.000.

Y si sobrecogen los animales y los paisajes de granito, qué decir del impacto de encontrarse con los representantes del ser vivo más voluminoso de la tierra: la sequoia.

Un parque cuyo corazón, el valle central, fue durante milenos un glaciar que al retirarse creó a capricho las más vertiginosas paredes de granito, de cuyas arterias brotan decenas de cascadas, especialmente abundantes en mayo y junio, la época del deshielo. Los acantilados más fotografiados se llaman El Capitan –así como suena, en español- y The Half Dome. Más de cuatro millones de personas pasean cada año por el Valle, y visitan el lago del Espejo, para ver estos colosos a desde una privilegiada posición.

Y si sobrecogen los animales y los paisajes de granito, qué decir del impacto de encontrarse con los representantes del ser vivo más voluminoso de la tierra: la sequoia.  Quien no se haya sentido un pequeño gnomo delante de una de ellas, con su perímetro de 20 metros y su altura de 80, que apunte ésta como una de las cosas que aún le quedan por hacer antes de morirse.

Es Yosemite, diremos para concluir, un lugar en cuyo interior no tiene uno que buscar milagros… Los encuentra.

Las sequoias más grandes, dicho sea para los amigos de la estadística, están en King`s Canyon y en el Sequoia National Park. Nosotros no llegamos, y a fe que pesa.

Pero volvamos a Yosemite para cerrar este texto con algún dato más para el viajero. El Parque Nacional tiene tres áreas de acampada: Wawona, al sur; Tuolumne, al este, y el Valle, en el centro. En total, hay plaza para unas 1.450 tiendas de campaña a lo largo y ancho de Yosemite. Y más de 1.700 camas en los distintos alojamientos. Dormir en algún pueblito a las afueras podría abaratar costes y llevar a lugares muy auténticos.

Ofrece también el interior de Yosemite–y aquí conviene no olvidar la capacidad de venderse y mitificar de los estadounidenses-, un teatro en el que cada día se representan escenas de la historia del parque y de la vida de su gran protector, J. Muir.  Y un centro histórico que reconoce el enorme trabajo de los pioneros, con interesantes diseños de diligencias, pozos y salones muy del gusto del peliculero Far West.

Es Yosemite, diremos para concluir, un lugar en cuyo interior no tiene uno que buscar milagros… Los encuentra. Aunque a veces sean en forma de ojos de lobo, y acojone.

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Comentarios (6)

  • Rosa

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    Como siempre, impactantes paisajes y espléndido relato. Sigo pensando que habéis sido privilegiados en poder visitar tantos lugares y que nosotros, quienes lo vemos a través de vuestras imágenes y leemos a través de tus palabras, también somos afortunados.

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  • javier brandoli

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    Los miles de nuevos lectores de este proyecto no han leido a Juan Ignacio Sánchez, pero en 2010, cuando echamos a andar y éramos pocos en esta aventura, escribió un blog genial de su viaje por el sudeste asiático. Además, hizo una detallada descripción por capítulos de su ascención a los Annapurnas. Todo está en el background de VaP, como publicamos ayer en nuestra sección de «Tres años de VaP». Un placer volver a leerte amigo.

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  • Daniel Landa

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    Estoy de acuerdo, el relato de hoy es espléndido, gracias al fenómeno Juancho!! Ah! y las fotos también son suyas. También aprovecho para recordar que la mayor parte de los planos que aparecen en el vídeo son de otro crack: Alfonso Negrón.

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  • Charles

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    Increíbles fotos de un Yosemite invernal que conocí en verano. Con otra cara, eso sí, aunque igualmente espectacular -salvo por el lago espejo, que no pasaba de charco grande-.
    ¡Qué pasada y qué recuerdos!

    Ojo a ese lobo amenazante, pero a dos tipos que van en descapotable en invierno no hay quien les chiste 😉

    Muy buen texto. ¡Grande, Juancho!

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  • Juancho

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    Gracias Rosa, Dani y Javier por vuestras palabras! Qué bello eso de vivir y contar en VaP el paso de los Annapurnas!

    Charles! No te mofes de mi por haber visto «solo» un lobo! No todos tenemos la suerte de encontrarnos un oso al salir del agua!

    Abrazooooos

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  • Lydia

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    Rosa ya ha expresado lo que pienso. Y espero algún día ver una sequoia de cerca. Debe ser una sensación increíble.

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