Etosha por la puerta de atrás

Conseguimos un permiso especial, un billete para una fiesta salvaje sin turistas. Entramos en Etosha por la puerta de atrás, esa que llevaba a caminos desiertos, sin turistas ni guardas ni controles, como adolescentes en sábado noche sin padres y sin horarios. Era un buen plan.

La libertad de un coche rodeado de animales resulta emocionante y aquí uno se vuelve temerario por instinto. Cruzar el Parque Nacional de Etosha es comparable a recorrer Galicia de punta a punta, pero en vez de pazos u hórreos, uno se puede encontrar gacelas y elefantes.

Nuestra condición de idiotas nos hacía parar para orinar junto a los arbustos, porque era obvio -pensábamos-, allí no había nada.

Nuestra condición de periodistas nos permitía apuntar con la cámara a los bosques cuajados de jirafas y de cebras y nuestra condición de idiotas nos hacía parar para orinar junto a los arbustos, porque era obvio -pensábamos-, allí no había nada. Nada a la vista, claro. Un minuto después de descargar la ansiedad de un camino desierto, apareció un rinoceronte al galope, corriendo hacia la nada con la querencia de un prófugo. Cruzó el camino sin mirar, porque no hay lindes ni señales para las bestias. No volvimos a bajar del coche en varias horas. En Etosha, uno entiende que la sorpresa es rutina. Unas veces eran las gacelas thompson, saltando como si intentaran volar en cada amago. Ellas son la expresión más explícita del estrés de la sabana. Otras veces, eran los ñúes, siempre en estampida. En ocasiones aparecían las jirafas, corriendo en cámara lenta, sin acabar de entender que hacía un monstruo plateado a cuatro ruedas en esos parajes.

Los animales vivían con los sobresaltos de siempre: un león entre la maleza, un leopardo cabreado, un grupo macarra de perros salvajes… lo normal en esa parte de África, pero ninguno contaba con la presencia de un Toyota. Estábamos, más que nunca, fuera de lugar, porque en la parte occidental del parque no había otros humanos asomados a la ventanilla.

Fuera del coche éramos tan sólo un plato a la hora del almuerzo, sin una garita en la que preguntar a un guía, sin una caseta en la que comprar postales.

Etosha se extiende en una llanura, con un lago salado, árboles secos y estómagos hambrientos. Fuera del coche éramos tan sólo un plato a la hora del almuerzo, sin una garita en la que preguntar a un guía, sin una caseta en la que comprar postales. Así durante horas. Y llegamos a una poza artificial, un oasis que reúne a los búfalos y a los monos y a las aves y a los cocodrilos y los periodistas sin rumbo con ganas de palpar África.

A lo lejos, la trompa de un elefante se acercaba con la serenidad de un anciano, sin prisa, porque el agua no se mueve y sin miedo, porque nadie se atreverá a atacar aquella mole. Pero nada irrita más a un animal salvaje que una presencia inédita, que un ser desconocido. Allí estábamos Jose Luis y yo, de nuevo a la intemperie de un paraje lleno de colmillos. Miramos al elefante que se acercaba. Contemplamos su andar de polvo, su determinación. Lo vimos llegar como quien espera una tormenta sin paraguas. Y entonces agitó su cabezota, nos avisó, como antes lo hizo el rinoceronte a la carrera. “Fuera de aquí”, vino a decir con un gesto elocuente. Y arrancamos el Toyota.

Allí estábamos Jose Luis y yo, de nuevo a la intemperie de un paraje lleno de colmillos.

Más tarde nos mezclamos con una manada de cebras angustiadas por el ruido del motor. Saludamos a las cebras desde el coche y después paramos para grabar un grupo de orix,  emblema de esta tierra de Namibia. Volvimos a apuntar con la cámara a un elefante que miraba de reojo con el desprecio del que ni si quiera te considera una amenaza.

Y poco a poco abandonamos el parque llenando la retina de estampas salvajes. Sin embargo, durante todo el día habíamos sido nosotros los bárbaros. Habíamos interrumpido las manadas, habíamos acelerado las carreteras y habíamos sonreído a un mundo que no admite demasiadas bromas.

Tuve la absurda ocurrencia de que una vez fuera del parque, los chacales, las cebras y los elefantes se reunieron para hablar de nosotros. Tal vez comentaron a su manera nuestra visita, sin acabar de entender por qué íbamos con prisas, por qué nos asomamos a su mundo, por qué les mirábamos con asombro, por qué les hicimos fotos sin aportar absolutamente nada.

 

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Comentarios (4)

  • Pablo Strubell

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    Si Etosha ya es impresionante de por sí, encima visitar las partes alejadas del ruido de otros coches, es un lujo mayor… Gracias por compartir las imágenes…

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  • Margarita Novoa

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    Que increíble la belleza de la naturaleza; Y es mas impresionante cuando estas a unos pasos de ella, Gracias por compartir las fotos es bellisimo……

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  • Lydia

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    Desde luego, fuisteis muy afortunados consiguiendo ese permiso. La comparación con la sensación del adolescente en sábado noche, sin padres ni horarios da una idea muy clara de cómo os sentiáis y no es para menos. Me gusta mucho la idea de la reunión de los animales.

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  • Alex

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    Buenas… La gacela de Etohsa no es la Thompson (que se distribuye por el este de África) sino la saltarina o Springbook.

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